A Rafael,

                                                                                       sobre el último peldaño de la vida

 

El disparo —dolorosa soledad del que parte—

Nunca pensé que un disparo podría ser la salvación, un disparo y se acabó. 

Cuatro hombres bajaron por la calle con la caja sobre los hombros. El cadáver era mi padre, mi padre muerto por un disparo.

Detrás Benito, Cosita y Pancho Guina toman aguardiente. Detrás tío Raúl también toma aguardiente, mira para la caja y grita:

—¡No me importa que te hayas muerto, en definitiva, fuiste un cobarde!

Otros murmuran: «Fue buena gente cantidad», «Buena gente ¿de qué?, ¡perro chivato lo que era!», «En el reino del Señor, todo el mundo es bueno»…

Detrás las hermanas, las tías, las abuelas desdentadas. Detrás mi madre sin llorar, sin una pizca de dolor. Detrás todos con tremendo bayú. 

La escuela —moradores de un futuro incierto—

Estoy entrando a la escuela, a lo que llaman escuela y le ponen nombres de mártires caídos heroicamente en cualquier combate contra cualquier enemigo, pero que es un relajo llena de muchachitas que sonsacan a todos. Una escuela que, a pesar de todo, la llaman escuela. Yo voy entrando y todos me conocen y me chiflan y me gritan:

—¡Mariposita de primavera!

—¡Cuidado con la niña de mamá! 

—¡El Rafa es…!

Yo los miro con sus gritos sórdidos y me da mucha vergüenza. De todos modos, entro. No les hago caso y entro, total, siempre va a ser igual. Siempre la misma escuela, los mismos profesores haciéndose los desentendidos. Siempre será lo mismo, hasta que termine.

Todos los de esta escuela son una mierda. Todos los de mi aula son una mierda. Excepto Yoel que me mira y se muerde los labios. Percibo su instinto de caníbal y olvido la suciedad del piso, el techo erupcionado, las obscenidades de los profesores retumbando entre las paredes. Nervioso me pongo de pie.

—Voy al baño —dije.

—¿A qué? —me preguntó el profesor.

—Al baño.

Seguidamente, Yoel me imitó:

—Voy al baño.

—¿No puedes esperar a que él regrese? —le preguntó el profesor.

—Estoy apurado.

—Vayan y no se demoren.

No hay comentarios, pero todos nos miran. 

Estamos en el baño. Yoel se acerca y me dice:

—Tú me gustas.

—Cállate.

—¡Hazme una paja!

—Cállate.

Se me tira encima y nos besamos. Y me baja el pantalón y me dice que me quiere. Ya todo está vacío. Están vacío los pupitres, el aula, la escuela, tal vez el mundo. Su respiración bajó por mi espalda y de forma desesperada comenzó a penetrarme.

Todo permanecía vacío. Eso pensamos, que estábamos solos y que el mundo permanecía horizontal y que las gentes pasaban y miraban sin mirar. Pero, bajo el marco de la puerta, permanecía el profesor de mierda junto al resto de mis compañeros de mierda reclamando por una moral inexistente:

—Si tú padre se entera, ¡te mata! 

—Apenas diecisiete años y ya es maricón. 

—La papa podrida hay que sacarla del saco, sino…

Quedamos atravesados por una lanza ensordecedora, la desesperanza.

Peregrinación —absurda complicidad—

Decidí salir detrás de ellos, que caminaban con pasos lentos y la cabeza baja, como si sobre sus hombros llevaran el féretro de un ministro y no mi padre, sin su uniforme militar y silenciada su voz de mando.

Las abuelas desdentadas me miraban con la curiosidad que se mira a un insecto, se sacudían la nariz con un trapo y seguían sollozando. La más vieja y fea se me acercó.

—¿No te da vergüenza estar aquí? —me preguntó.

—No.

—Se mató por la vergüenza, por tu culpa.

—Petrona, él se mató por pendejo, por eso mismo que ustedes saben —gritó tío Raúl.

Mi madre los miró, con los dedos de la mano derecha se sacudió la nariz y después de limpiárselos con un trapo negro que llevaba sobre la cabeza, dijo:

—¡No quiero oír más de lo mismo, coño!

Yo los veía afilarse las lenguas, no reconocer que Dios perdona a todos por igual y no hay más que ser uno mismo.

Ellos continuaron culpándome. La gente quedándose en cada esquina, en cada bar que se encontraba abierto.

Servicio Militar —goce imantado del deseo—

—¡Firme! —gritó un sargento. De la faja del pantalón sacó una pistola, la desarmó y la puso sobre una mesa de madera. Llamó a un soldado, le quitó el fusil que llevaba colgado al hombro, lo desarmó y también lo puso sobre la mesa. Cambió las piezas de lugar y me dijo:

—Vamos a ver en cuántos minutos las armas.

Yo no daba con aquel rompecabezas. Mis manos y mis pies temblaban, y el sargento sólo sabía decir:

—Flojo, muy flojo. ¡Firme!

Volvió a gritar con voz varonil. Se me acercó y disparó a quemarropa:

—Aquí los hombres vienen a prepararse para la guerra, a morir si fuera necesario. Hoy vas a marchar hasta que aprendas.

Y comenzó un canto robusto, digno de un hijo de la patria vestido de verde oliva:

—Un, dos, tres. Al. Coge el paso. Un, dos, tres. Al. De nuevo y canta conmigo: Solo los cristales se rajan…

Y yo sudando, igual que un animal embestido, por la estupidez de un comemierda perdido en un éxtasis sin reposo.

—Los hombres mueren de pie. Un, dos, tres. Así es, dale. Vivo en un país libre…

Sus gritos lastimando mis oídos, desgarrándome la carne. Ya ni siquiera tengo la certeza de ser Rafael, si he regresado a mi casa o continúo en una guerra imaginaria. O quizás yo nunca haya existido y sólo sea el sueño de un soldado que en estos momentos se muere ante un sargento incapaz de darse cuenta que soy un débil maricón, que no resisto más y me voy a desmayar. Entonces pienso en Yoel, en su mirada tenue, en sus manos sobre mi cuerpo, interrumpidas por el fervor moralista del profesor y el resto de sus corderitos. Un teniente flaco y jorobado vino hasta nosotros.

—Sargento, ¿un recargo de servicio? —le preguntó.

—No, pero tú te imaginas lo que es no saber armar la pistola y el fusil.

—¿Y?

—¿Cómo qué y? No te das cuenta que se está cayendo sin sonar el primer disparo. 

El teniente me miraba. Sus ojos estaban dotados del don de amar. Sus ojos lo delataban.

—Yo soy Laguart, el político —me dijo.

—Gracias.

—Yo pasé por eso.

—Gracias de todos modos.

—A la noche pasa por a mi oficina, que yo no me voy hoy.

Desde el albergue veo la luz de su oficina y siento no poder distinguir el rumor de los que me rodean, el dilema del ser o no ser, o la incomprensión de los que no aceptan que dos hombres existan y se amen en un punto donde el tiempo y el espacio puedan converger. Observo a los demás. Escucho sus historias de amor y desamor. Y pienso en el filo del odio, de los sueños frustrados y la soledad acompañada por una tristeza sólo bendecida por el silencio. Y decido ignorar la rigidez de cuántas órdenes me quieran imponer y salgo al encuentro de Laguart con una intención: exhalar suavemente los latidos de su corazón hasta sentirlo que se apaga, vivir toda la vida en ese único instante.

—Pasa.

Me dijo sin camisa y su cuerpo lo vi hermoso. En dos vasos echó aguardiente y se sentó a mí lado. Bebimos sin hablar. El silencio se hacía tenso y sus ojos brillaban.

—Cómo podré bendecir este encuentro —le dije.

Me quitó el vaso de la mano, lo puso a un lado y mientras me besaba, murmuró:

—Ya está bueno de tanta mentira, del prestigio y del qué dirán. ¡Quítate todo eso!

—¿Y mañana? —vacilé.

—Mañana vivimos juntos y nos creemos que somos felices, que vivimos en un país donde a nadie le importa nada.

Y nos desnudamos.

Y nos amamos.

Y soñamos con una calle en dirección al mar, con una casa y un huerto, donde juntos veíamos llegar el amanecer.

—¡Laguart y compañía! —gritaron desde afuera—, los estamos esperando.

Bajo de una carga de improperios contra nuestro deshonor abrimos la puerta. Un gordo se acercó a Laguart, le arrancó las charreteras de los hombros y comenzó una oración que parecía interminable:

—Traidor. Mereces que te corten los huevos. Para defender la patria hay que ser macho. Estás botado por maricón.

Pasado cinco días en el calabozo, me dieron la baja.

El cementerio —monólogo del orador—

Apenas ocho personas llegamos al cementerio para enterrar a mi padre. Un viejo lleno de pelo tomó un trago de aguardiente de un pomo plástico, limpió un hueco en la tierra, volvió a tomar otro trago, este más largo, y comenzó a hablar de forma incoherente:

—Después del nacimiento de Jesús nada ha sido igual, pero aquí estamos despidiendo a un gran hombre…

Yo miraba aquel viejo sucio y medio borracho. Lo veía mentir por una botella de aguardiente y veinte pesos. En realidad, todos mentían. Mentía mi madre, mis abuelas, sus hermanas, los pocos que llegaron y decían ser sus amigos.

—Que Dios tenga en la Gloria a este hombre, amigo de sus amigos, buen marido, buen padre.

Excepto tío Raúl, los demás caminaron hasta el hueco y mientras bajaban la caja dejaron caer flores sobre ella. Yo quedé alejado de todos. Tío Raúl se me acercó, echó un papel en el bolsillo de mi camisa y me dijo:

—No lo leas hoy, hazlo mañana.

Pasadas veinticuatro horas leí el papel. «Mario nunca tuvo el valor para enfrentarlo y siempre se ocultó detrás del uniforme. Mario era maricón», decía.

 Nostalgias en el tiempo —otra paz sumergida en el polvo—

La distancia va borrando los rostros, las huellas de las interrogantes que un día nos invaden y quedan sin respuestas.

Hoy veo distinto el mundo. Tal vez porque sea más viejo lo vea distinto y un golpe de recuerdo va rompiendo mi memoria, las imágenes que se han quedado al borde de una luz que hoy define mi soledad.

Ya no me muevo como antes y solo alcanzo a ver una fotografía en la pared con la imagen de dos jóvenes sonrientes. Uno flaco y jorobado, otro que llamaban Charles.

Tengo los ojos cerrados para no cambiar la historia.