Me pongo a pensar que el timbre se relaciona con nosotros desde época tan temprana como la del colegio: timbre para asistir al matutino escolar, timbres de comienzo y final del recreo, timbre cuando termina la sesión de clases de la mañana, timbre para comenzar las clases vespertinas, timbre para la salida del colegio…

Ocho timbres diarios que llegarán a 1 600 por curso. De modo que cuando uno se gradúa de Sexto Grado ha oído no menos de 11 200 timbres.

Otra buena cantidad de timbres nos esperan en la secundaria, el preuniversitario o el tecnológico; con los cuales se llega perfectamente a no menos de 30 mil timbres.

Supongamos que cada uno sonara durante diez segundos, ¿a cuántos días timbres se expusieron nuestros oídos durante la época estudiantil? Respuesta: nuestros oídos percibieron vibraciones equivalentes a tres días y medio de timbre permanente.

Después de los años de estudiante uno cree que se libró de los timbres, pero es cuando de verdad el timbre dice aquí estoy yo. Porque empieza la época laboral, y el primer timbre con el que tenemos que vérnosla es con el del reloj despertador.

Nunca un reloj es más despreciable que cuando, el pobre, tiene la gentileza de avisarnos que debemos levantarnos de la cama para ir a trabajar. Si además a esa hora uno recuerda que el salario del día no llega a la mitad de lo que cuesta un pomo de aceite, más bravo se pone con el timbre.

Ese timbre de cinco o cinco y media de la mañana tiene un efecto de hecatombe cerebral. Sin embargo, cuán oportuno y generoso es. A veces uno quiere desentenderse de él y saca la mano debajo de la sábana para acabar con la insistencia del despertador. Pero esto no vale de nada, porque a esa hora empiezan a sonar concatenadamente los timbres de los relojes de la barriada, más el canto de los gallos que uno entonces descubre que los vecinos tienen en sus casas, que te obligan a dejar bruscamente la cama.

Hay timbres más populares que otros. Por ejemplo, todos los que anuncian comienzos de jornadas laborales son muy pesados, aunque seamos laboriosos. Por lo general este timbre vibra hasta dos y tres minutos para que a los empleados les moleste mucho y prefieran incorporarse a su puesto de trabajo lo más rápido posible con tal de no escucharlo más.

No sucede lo mismo con el timbre del receso, que es más breve y anuncia que la gente puede dejar su puesto de trabajo para tomar un café y conversar.

Mientras el día transcurre, los timbres suelen ser más gratos para los trabajadores cuyo régimen laboral está marcado por estos peculiares sonidos.

Este es el caso de los timbres de almuerzo, los cuales gozan de tantas simpatías que todo el mundo desea ansiosamente que suenen. Este tipo de timbre ejerce una gran influencia en el organismo, pues apenas los oídos lo perciben, inmediatamente a los empleados les surge en la boca un manantial de saliva y sus estómagos son invadidos por una avalancha de jugos gástricos formando un concierto de tripas.

Un timbre aún más esperado es el de fin de la jornada laboral. Es el timbre más apreciado, pero nadie se lo demuestra, pues apenas suena y ya la gente está en la calle. Sin duda el timbre es una de las cosas más subestimadas de la Tierra. Solo nos damos cuenta de su justo valor en ciertos momentos culminantes de nuestra vida, como cuando quedamos encerrados en un ascensor y tocamos el botón del timbre de auxilio y no suena, y uno grita y grita y nadie lo oye o no quieren oírlo.

Hay timbres de muchas clases. Uno de los peores es ese que toca el magistrado de un tribunal para avisar que se dictará sentencia, y al procesado se le ponen los pelos de punta…, y no es para menos.

Está el timbre que rompe tensiones, como el de esas terminales de trenes donde uno espera y espera a que le vendan el boleto de pasaje y ya no tiene modo de acomodarse en ese asiento duro con el que llega a establecer una especie de lucha cuerpo a cuerpo, hasta que por fin toca el timbre que avisa la venta de boletines; aunque de ahí a que uno salga de viaje en el tren corra otro par de horas.

Existe el timbre providencial, ese que cuando menos uno lo espera, suena, y uno coge el auricular del teléfono creyendo que se trata de una llamada de rutina. Pero de pronto escucha la voz del pariente que vive en el extranjero y grita de alegría, porque además de acordarse de la familia, esta persona anuncia que mandará un poco de dinero, lo cual a cualquiera le cambia el paso de bolero a rumba.

Sin embargo, está ese timbre de quien llama porque no tiene en qué entretenerse: suena el teléfono y cuando lo descolgamos diciendo seriamente oigo, alguien nos tira una trompetilla.

Uno se pone a pensar en los timbres, como yo esta mañana que no tenía nada que escribir, y descubre que es un tema de lo más profundo y diverso. Y también de los más raros. Por ejemplo, hace pocos días me sentí mal y fui a ver a mi otorrino, el doctor Ricardo Villar (una persona y un profesional francamente admirable). Mientras esperaba en el salón a que me tocara la consulta, me pongo a conversar con el paciente que estaba a mi lado, quien de pronto me pregunta.

—¿Y usted qué tiene?

—Me duele mucho la garganta. ¿Y usted?

—¿Yo? Un timbre de teléfono en el oído.

  • No. Tenía que estar tomándome el pelo, o era un paciente de Psiquiatría que se había equivocado de consulta. Pero daba la impresión de ser un hombre equilibrado.

—¿Cómo que el timbre de un teléfono? —le dije para que me argumentara.

—Un timbre. ¿Usted nunca ha escuchado un timbre? Eso es lo que tengo allá dentro —me pareció que me respondió un milímetro molesto.

Me quedé hueco. Tuve deseos de preguntarle si era operario de ETECSA. A lo mejor eran gajes del oficio. Pero lo dejé tranquilo.

Qué cosa tan rara. Yo no sabía que los timbres también llegaban a sonar dentro de uno. Después dicen que yo invento. No hace falta: la vida cotidiana tiene un montón de cosas increíbles.

Ahora soy yo el que siento un timbre y una voz muy dulce que me dice.

—Señor Sabater, pase, su psiquiatra lo espera. Suena un timbre y se cierra la puerta detrás de mí.