El mundo está lleno de gente cuerda que hace las locuras más grandes del mundo.

El Caballero de París

 

Estoy preocupada. A mí alrededor suceden cosas insólitas, a veces siento ladridos, maullidos. Y no existe perro ni gato. ¿Estaré enloqueciendo?

Otras veces, cuando amanece, miro el espejo y me veo con la boca llena de tinta, lo más insólito es que también siento el sabor de la tinta. He visto psiquiatras, psicólogos, analistas, y me dicen que todo esto es normal. Los he mirado muy bien para no recurrir nuevamente a ellos… ¿estaré enloqueciendo?

Hace escasamente unos días, observaba detenidamente a mi vecino y quedé estupefacta. Ya tiene dientes, muelas y colmillos. Y, para colmo, conversa, corre y se ríe batiendo las manos. Esto también es insólito. Mi vecino solo tiene cuatro meses.

He comprado un ratón blanco llamado Sir George. Lo hice con el propósito de aliviarme este nerviosismo, pero Sir George ni me mira, lo único que hace es jugar ajedrez. Ayer le dije que lo botaría si no conversaba conmigo y solo respondió colocando sus piezas en jaque mate.

Para colmo, me ha dado por coleccionar cuchillos y los tengo en exposición. Enfundados en sus vainas de cuero, por toda la casa. ¿Estaré loca?

Tengo una amiga que todos los días me aconseja que vaya a ver a un espiritista, está preocupada, dice que tengo alucinaciones extraterrenales. ¿Será cierto?

A mí me encantaba rezar. Pero la hora del ángelus la he convertido en horas de coito. Ya busco esa hora, con manía, y me entrego sin rezar, sin persignarme. ¿Estaré enloqueciendo?

Orlando tiene mucho que ver con este asunto tan insólito. No falta el día que no pelee. Pelea por el coito. Pelea por los cuchillos. Pelea porque abro huecos en la mancha de semen que tiene nuestra sábana. Orlando está muy nervioso. Eso es todo. Quiere cuidarme tanto, que por eso me mima con esos arranques de histeria. El otro día se alteró porque me encontró quemando mariposas en su estudio, dice que me llevará para un manicomio. ¿Estaré loca?

Mi amiga viene por las tardes. Ella sabe que debe ser así porque la hora del ángelus es sagrada para mí. Se encierra con Orlando en el estudio, y siento conversaciones, risas y maullidos. Mi amiga es muy buena, está muy preocupada. Orlando la quiere mucho y dice que no tengo mejor amiga que ella. ¿Será cierto?

Jimmy también viene. Es el mejor amigo de Orlando, siempre que llega, me aconseja. Se sienta, con sus piernas abiertas en la banqueta, y conversa pasándome los dedos por los pezones. Después, me dice que es mejor estar de pie. Pero yo sigo sentada en el piso, a él le encanta que yo reciba sus consejos con mi cabeza dentro de sus piernas. Es un amigo ejemplar. Cuando se va, coloca una tableta de chocolate dentro de mi huequito de orinar, dice que esto me dará suerte. El pobre… ¡siempre tan preocupado! ¿Será cierto?

El otro día, Orlando se quejaba porque mi tío ya no viene por la casa, ni trae a Sultán. A mí no me gusta que ellos vengan, porque en cuanto llegan, Orlando me lleva para el jardín, con mi cuaderno de pinturas, diciéndome: «no te muevas de aquí… vamos a domesticar a Sultán». Y mientras, él le dice a Sultán: «ven, pónmela aquí. No, así no, más despacio. Rico, Sultán, rico…». Yo me entretengo con Clody, el jardinero. Clody siempre tiene un chiste para mí. Se baja los pantalones y me dice que tome refresco de vainilla. Cuando Clody termina de darme su refresco, aúlla como el perro Sultán cuando finaliza su adiestramiento. Después de todo, no lo paso tan mal y llego a casa con el estómago repleto.

Nunca oigo la voz de mi tío Pepe cuando viene. Le he preguntado a Orlando y siempre dice que tío tiene la boca llena. Come mucho.

Mi amiga Rosa, al fin, ha encontrado un espiritista para que me vea. Lo trajo enseguida y, en cuanto llegó, conversó con Orlando, este nos dejó a los dos solos en casa. El espiritista es muy ameno. Me desnuda, ata mis manos, mis piernas y me quita el daño con una fusta que tiene, de lo más bonita. Cada vez que me consulta, también él se desnuda, riega miel sobre mi cuerpo y, dándome algunos golpecitos con la fusta, pasa su boca sobre cada pedacito de mi cuerpo.

A tal extremo he mejorado, que el niño del vecino ya no viene a la casa, pues con la vela que deja encendida el espiritista, le doy candela a toda su ropita. Yo lo veo tan bonito envuelto en ese color llamarada. ¿Estaré enloqueciendo?

Orlando sigue peleando. Todo lo que hago le molesta. Ya le dije que estuviera tranquilo, que iba a hacer todo lo que él dijera. Pero para castigarme, se desaparece a la hora del ángelus y yo tengo que llamar a Clody, porque me cae una sed que no puedo resistir. Una vez, regresó muy rápido para quitarme el castigo y me vio tomando el refresco de Clody. Trajo un maletín muy grande y solo dijo que me enviaría a un viaje en un carro muy bonito. ¿Será cierto?

Yo estoy muy preocupada porque Orlando no piensa ir conmigo en el viaje. Y qué haré tan lejos de él y de Clody, a la hora del ángelus. ¿Estaré enloqueciendo?

Pero Orlando es bueno y me prometió que, antes de irme, jugaríamos a los bandidos. Le gané en el juego, porque mi cuchillo era más grande y la cosita que tenía Orlando entre las piernas fue lo primero que le corté. No la guardé en el maletín, como pensaba, me la comí frita con pan. Después, él no tuvo más remedio que perdonarme.

Cuando tenía bien ordenado el maletín, llegó el carro bonito. Me vistieron de blanco y me fui contentísima porque escondí a Orlando dentro del maletín, para que no me lo quitaran… ¿Habré enloquecido?