“Si el pecado es ignorancia de lo que es el bien, y alguien lleva a cabo lo que es el mal porque ese alguien desconoce el bien, ningún pecado ha ocurrido.”   Kierkegaard

I

El banco cerraba exactamente a las cuatro y media.  Eran las tres y cuarenta y dos por el reloj de la pared que estaba sobre la entrada de la bóveda principal.  Elisa miró por detrás del cristal de su puesto las dos caras silenciosas y  ya conocidas que tenía delante de ella.  Un viejo calvo con unos espejuelos de armadura negra y una muchacha joven, gorda y con un suéter color mostaza.   En el preciso momento en que llamó al viejo para atenderlo, sintió detrás de sus espaldas el leve toque de una mano.

-La quiere ver el supervisor de las cajeras ahora mismo- le había dicho una de las secretarias de administración.

-Debo atender a este cliente.

-Usted vaya.  Yo buscaré quien lo atienda.

Elisa se levantó de la banqueta, cerró la caja con dos vueltas completas de llave.  Apretó la boca con cierta delicadeza para que se emparejara lo poco de creyón labial que le quedaba entre los pliegues de los labios y sacudió la cabeza doblando el cuello un poco hacia abajo para así facilitarle al cabello rizo una soltura indefinida de negligencia premeditada.  Caminó por el largo pasillo que llevaba a las oficinas de la administración pasando por la hilera de escritorios que reculaban unos contra otros por un hato de  espacios sin rumbo.  De vez en cuando el reducido ángulo del movimiento tropezaba con unas paredes enormes pintadas de un gris monótono y enmarcadas por pisos cenizos careados de los mordentes rasguños de las suelas de los zapatos.     Llegó hasta una puerta pintada de amarillo con el número 23 sobre uno de los travesaños.  Tocó dos veces. Oyó la voz cilíndrica que con tonos bajos se escapaba por las hendijas de la madera.

-Entre.

Elisa entró a la habitación y se posicionó detrás de una butaca forrada con una tela de damasco azul oscura.  Inspeccionó con varios grados angulares de su vista estereoscópica los detalles más sobresalientes del lugar.  Nada le llamó la atención, excepto la figura lejana del hombre que parado junto a una ventana con las cortinas abiertas la miraba en  su silencio.   La invitó a sentarse en la butaca.  Él se sentó detrás de su escritorio y extrajo de una de las gavetas una carpeta desplegable llena de papeles.  Se limpió la garganta tragando saliva seca.  Elisa respiro lentamente del olor a humo de pipas que se enlazaba en el lugar.

-Señorita Foderol, usted lleva quince años trabajando para esta empresa.  Quince años en que ha existido una relación excelente entre usted y sus superiores y entre usted y la clientela del banco.

Elisa asentó con la cabeza.  El supervisor cerró la carpeta y se paró de nuevo junto a la ventana.  Sacó la pipa del bolsillo derecho del saco.  -¿Usted fuma?- le preguntó a la mujer.

-No, no fumo.

El supervisor se registró los bolsillos del pantalón y sacó una caja de cerillos. Prendió la pipa y se movió con mucho cuidado hasta quedar al un lado algo distante de la mujer.

-Estamos muy contento con su trabajo.  Por lo que hemos decidido – y digo hemos porque ha sido una decisión en consenso de la junta directiva- ascenderla a la posición de jefe de cajeras comenzando la próxima semana.

Elisa dejó salir de entre los labios una sonrisa delgada y tan efímera que casi se podía decir que nunca hubiera existido en boca viva, después se arreglo la saya de guarandol con las dos manos y regresó la mirada hacia el supervisor.

-¿Tiene algo que añadir?

-Le agradezco mucho su confianza en mí.

El supervisor se volvió a sentar detrás de su escritorio tomando una posición más distante entre el diálogo hablado y el grosor cinéreo de la habitación llena de humo.

-Es usted la primera cajera en muchos años que siempre ha cuadrado sus balances diarios y que jamás ha faltado a trabajar un solo día.  Su expediente es envidiable.  Y sucede señorita Foderol que en un trabajo como este nuestro hay que analizar el modus operandi con varios lentes de aumento a la misma vez y sobre todo, se debe proteger la estabilidad de la empresa contra robos y desfalcos.

Elisa mostró una sonrisa simétricamente sólida entre el rojo demacrado de sus labios y se rascó la barbilla.

-Créame, es cierto.  Usted no sabe la cantidad de dinero que se pierde en esta institución a manos de los empleados. Por fallos legítimos o ilegítimos.  Es difícil disponer de la responsabilidad de los sucesos individualmente.  Si no fuera por los seguros estaríamos en bancarrota hacía muchos años.  Desgraciadamente, la gente no cuida el dinero ajeno aunque esto signifique el poner en peligro su propio empleo.

-Comprendo-, dijo Elisa en un tono casual.

-Eso es todo lo que tenía que decirle.  Nosotros estamos seguros que usted desempeñará sus labores impecablemente.

El supervisor sacó un papel de la carpeta plegada. Se lo dio a leer a Elisa.  Elisa movió con rapidez ceremonial sus ojos sobre las líneas escritas.  Cuando hubo terminado, puso el papel sobre el escritorio del supervisor.  Éste le entregó una pluma y ella firmó el documento.

-Felicidades- le dijo el supervisor general.

Elisa se levantó de la butaca y caminó hasta la puerta dando unos pasos cortos que podía medir con la lentitud del mundo estancado de la oficina.  Abrió la puerta y salió afuera respirando de un solo golpe un buche de aire nítido que entraba por una de las ventanas abiertas al final del pasillo.

 

 

II

 

Elisa llegó a su casa a las cinco y cinco de la tarde.  El desasosiego  que se alzaba en su conciencia no tenia un espacio circunscripto con la tranquilidad que buscaba su mente paradójica, porque sí bien era cierto que la oferta del nuevo puesto abría un abismo infinito de mejores condiciones a su supervivencia, éste no dejaba de ser un  abismo.  Ella comparaba estas periódicas alteraciones de la realidad a un pedazo inconcluso de una meta un poco  menos humana con el fin de llegar a una existencia más definida. Ya que para ella, trabajo era trabajo y si este venía envuelto en nuevas responsabilidades, perdía entonces ese triunfo las ganas de quererlo saborear.

Entró a su casa y se dirigió de inmediato a la cocina. Saludó a su madre plasmándole un beso en la frente. En ese instante la mujer pelabas unas papas para hacer un fricasé de pollo.  No le dijo nada de la promoción.  Optó por hablar sobre la muerte reciente de una tía de su padre en un accidente ferroviario.

Subió las escaleras que llevaban a su cuarto. Dejó a un lado la cartera y se quitó el suéter que llevaba puesto.  Se metió en el baño y se aseó un poco.  Pensó en las cosas que necesitaba para el nuevo empleo.  Su empleo, sin escapes.  Había cometido el error de firmar el documento sin haberle dicho al supervisor general que ella tenía que pensarlo mejor o cualquier otra excusa adecuada.  Por mal o por bien ya la decisión se había llevado a cabo.  ¿Quién podía saber a plenitud los desenredos de estos tejemanejes humanos?  Ella era de las que creía firmemente que había un camino que se ampliaba delante de cada ser viviente y había que tomarlo quisiera uno o no.  Era como una multiplicidad  de muchos deseos disímiles pero con un fin irreversible: el de hacerlo a uno lo que era y nomás.            Se paró junto a la ventana de su cuarto y le pareció de pronto que veía en el cristal enmarcado la silueta del supervisor general.  Un hombre tosco, de mirada tosca, de gestos toscos, pensó ella.  Típicamente frío, de eso no había dudas.  Por eso no pudo con todo el bagaje que exudaba la presencia del hombre y aceptó, sin decir palabra, la oferta.  Era una buena excusa para justificar un poco su culpa.

Regresó  con la mirada a las paredes de su cuarto.  Notó el color de la pintura verde mar palideciendo con los reflejos de la luz de la tarde.  Pensó en los años que había pasado allí.  Llegó a la conclusión que era toda una vida.  Porque a los treinta y dos años de vivir en el mismo lugar, se van desdibujando los límites de la supervivencia. Y en realidad, dejando preocupaciones y filosofía baratas a un lado, todo lo que ella necesitaba en ese instante era un creyón labial, dos o tres pares de medias de nylon y una cartera nueva. Nada más.

Fue al espejo de la cómoda y se miró de soslayo.  Se quitó la blusa, la saya y toda la ropa interior y se puso sólo un vestido largo y ancho hecho de una tela estampada en rayas verdes, amarillas y moradas.  Un collage de desesperación, pensó.  Era su vestido favorito para ir de compras.  Con él puesto, sin nada más entre la tela y su existencia perdía la identidad y no tenía porque temer a los pasos mal dados.  Se calzó unas sandalias de cuero negro y sobre la cabeza se amarró un pañuelo gris con un dibujo de gaviotas aleteando una región árida de la tela.  Tomó una cartera grande de paja que llevaba siempre cuando salía de compras y bajó las escaleras al primer piso.      Se despidió de su madre.  Llegaría antes de la siete y media para la cena.  Sabía que a su padre no le gustaba que lo hicieran esperar en la mesa.  Volvió a tocar los estribos del color de la tarde de primavera en la calle.  Se dirigió a la parada y esperó por el ómnibus que iba para el centro de la ciudad.

 

III

Sentada en el ómnibus analizó en su mente toda la rutina que tenía que llevar a cabo.  No podía perder tiempo y  tampoco quería llegar tarde a su casa.            Se bajó del ómnibus y se puso sus gafas de sol.  Caminó una cuadra  larga hasta llegar a la esquina de la Calle Treinta y dos y Octava Avenida y entró en una quincalla.  Se dirigió con cortos pasos hasta el fondo del establecimiento para buscar lo que necesitaba.  Dio varias vueltas sin rumbo fijo por todo el pasillo para sentirse invisible en su cometida.  Notó  que había en el lugar dos dependientas y una cajera.  Las dos dependientas estaban ahora ocupadas con unos clientes mientras que la cajera mascaba un pedazo de algo con los ojos en la nada.

Tomó el creyón de labios en las manos.  Experimentó el frío del envase de metal.  Un sudor delicioso comenzó a correrle  cuello abajo.  Sintió como las piernas se le entumecían de un horror fresco.  Apretó los labios.  Sin mirar a lugar alguno echó de pronto el creyón de labios en su cartera.   Después se dirigió al puesto donde estaban las medias de mujer.  Vio tres pares perfectos: dos color carne y otro par en negro.  Eran su talla.  Me gusta el calado, pensó para ella misma. Tomó las tres juntas con la mano derecha.  Sintió que tenía a alguien detrás de sus espaldas.  Era una de las dependientas.      Se hizo la que examinaba la textura de las medias a través del celofán.  La dependienta le sonrió y siguió de largo hasta el final del establecimiento. Un ardor poderoso le contagió los ojos.  Sintió lágrimas corriéndole por las mejillas.  Era el último dolor de todos los dolores: echó los tres pares de media en la cartera y acto seguido hizo como que las depositaba de vuelta en el puesto con sus manos vacías.  No miró hacia lugar alguno.  Se supo henchida de libertad cuando tomó la puerta de la calle.

Caminó por un rato respirando  trozos gordos del aire de la media tarde.  Se paró en un timbiriche anónimo y pidió una frita de carne.  Se la comió con rapidez.  Se limpió el sudor de la frente con la servilleta.   Cruzó al otro lado de la calle y vio el letrero de: Carteras y Accesorios de Cuero.    Entró al lugar persiguiendo la embriaguez que posee el olor a res despellejada: su olor preferido.  Un olor extinto que moriría también con el uso diario de la cartera, pero que la llenaba de una divinidad absoluta al tenerla colgando junto a los sudores de su cuerpo.  Caminó despacio hasta familiarizarse con el lugar.  Había solo un dependiente y una cajera.  El dependiente hablaba con la cajera cuando ella entró al establecimiento.

-No, -dijo de sopetón- no necesito ayuda.

-Si necesita ayuda me llama- dijo el dependiente.

En una pared del costado del comercio pendía un calendario.  Era jueves veinticinco de marzo.   Ella pensó por un momento que el día actual no le sabía a jueves, sino a lunes.  Llegó hasta la pared del fondo.  Volvió a respirar para llenarse del gusto mordente de la alquimia de los cueros curtidos.   ¡Ah, si ella hubiese sido hombre le hubiera gustado ser zapatero!    Vio una hermosa cartera color gris con un atractivo broche de metal plateado semejando una mariposa.  Ésa era su cartera.  No había dudas.   Cerró los ojos detrás de las gafas de sol.  No sabía por qué el mundo parecía corto de espesor en ese instante.  Le temblaron los labios cuando tomó la cartera en una de sus manos.  Primero la palpó, después la olió.  Dejó que su lengua saboreara el gusto del metal del broche.  Entonces se la colgó del brazo y ensayó una ligera caminata.  El sudor de la entrepierna le corría de los tobillos hasta las sandalias.  Estaba tan mojada que parecía que había salido de la ducha.     Miró hacia la cajera al mismo tiempo en que entraban dos mujeres por la puerta del establecimiento. Sin pensarlo echó la cartera gris dentro de su bolso de paja.  El dependiente caminaba junto a una de las mujeres que acababan de entrar y le murmuraba algo.  La cajera se miró una uña del dedo de la mano izquierda.

-No, no tienen lo que yo busco- dijo al salir por la puerta de la tienda.

Apuró sus pasos con una facilidad inestable hasta que llegó a un restaurante al doblar la esquina.  Pidió al dependiente la llave del baño.  Se sentó en la taza del inodoro y orinó por un largo rato mientras apretaba la cartera gris contra su cara.  Después cogió un pedazo de papel sanitario y se secó entre las piernas y por detrás de las rodillas.   Salió del restaurante y se dio cuenta que el ómnibus se acercaba a la parada.  Entró al vehículo y pagó la tarifa.  Se sentó junto a una ventanilla y cerró los ojos mientras pensaba en la nueva oferta del banco.