Las obsesiones de Terry Gillian han moldeado su obra y le han otorgado una peculiaridad singularísima. Sean buenas, regulares o malas, sus piezas han logrado alcanzar la cúspide existencial del arte: poseer un carácter propio y reconocible. Sus personajes enajenados que bordean el precipicio de la esquizofrenia, futuros terribles donde se enseñorea el más oscuro de los pesimismos, gestas proféticas que elevan la pequeñez del hombre a un grado superlativo, se cuentan entre sus manías y obsesiones.

He visto hace unas horas “The Zero Theorem”, que lógicamente sigue la misma senda de sus obras anteriores, y hay que reconocer que Gillian ya no es el mismo geniecillo que trajo en vilo a buena parte de la humanidad hacia el último cuarto del siglo pasado. Ahora, el más brillante de la camada de Monthy Phyton, en mi opinión, se repite en demasía y hasta ha perdido el toque estético que antes se le daba como cosa natural.

Recordemos que tras la magnífica y desquiciada “Monty Python and the Holy Grail”, Gillian eslabonó una cadena de grandísimas obras que comenzó en 1985 con “Brazil”, aquella psicótica denuncia al poder del estado, y que continuaría con dos piezas maestras: la primera de ellas es “The Fisher King” (1991), una historia tremenda en la que un suicida y antes exitoso locutor radial (Jeff Bridges), se hace amigo de Parry el homeless (Robin Williams), hombre esquizofrénico, antiguo profesor, que busca desesperadamente lo que él piensa que es el Holy Grail de la mitología cristiana. La segunda obra es, por supuesto, “Twelve Monkies”, probablemente la distopía más brillante jamás filmada, donde un presidiario del futuro (Bruce Willis) es enviado al pasado a investigar cuál fue la causa del fin de la humanidad, lo que lo lleva a un hospital psiquiátrico, en donde conoce al esquizofrénico Jeffrey Goines (Brad Pitt en un brillante performance), que lidera a un grupo de fanáticos conservacionistas, conocido como Los Doce Monos.

Pues bien, en “The Zero Theorem” (2013), Gillian intenta reflotar una carrera que poco ha relucido en las últimas décadas, y vuelve a sus preocupaciones primigenias. Un brillante operador de computadoras, que vive en un futuro apoteósico y paródico, recibe el encargo de demostrar la existencia del teorema cero, es decir, la comprobación de que la existencia es finita y de que la vida no atesora sentido alguno. Y en el camino, a pesar de su aislamiento social, sostiene una curiosísima relación con la hermosísima Bainsley, representada por Mélanie Thierry en estado de gracia. Es precisamente la narrativa de esa relación la que redime en cierta manera el trabajo de Gillian, pues el resto de la cinta es repetitiva, poco espontánea y definitivamente no muy brillante en cuanto a la representación de personajes y conceptos. Quizás “The Zero Theorem” funcione más como caricatura y remedo que como visión profética, el fuerte sin dudas del viejo Terry. No estoy diciendo que su obra previa carezca de cinismo y humor, principal virtud reseñada por críticos y especialistas a lo largo de su carrera. Lo que apunto es que ese cinismo y ese humor no calza acá de la manera en que sin dudas antes lo hacía.

A pesar de los ripios y falencias, a pesar de la degradación estética y conceptual del trabajo de Gillian, el esfuerzo creativo que visualizamos en “The Zero Theorem” posee el afán de la trascendencia, y quizás por ello, solo por ello, la pieza supere a la aborrecible “The Imaginarium of Doctor Parnassus” (2009), poniéndose al nivel de la muy decente “Tideland” (2005), si acaso. ¿Significa ello que estamos asistiendo al renacer creativo de Terry Gillian? ¿Ha vuelto el dominador de locos, el oscuro apóstata de la historia futura, a retomar el puesto que alguna vez sostuvo? He de responderles que probablemente no, que el peak imaginativo del director inglés ha quedado atrás, porque a veces los años cuentan y porque la dosificación de la insania suele estar vinculada a rachas de inspiración y suerte que muchas veces nos resultan inexplicables.

*Pie de foto: Mélanie Thierry en “The Zero Theorem”