Un siglo después de haber sido pronunciada, bajo todas las implicaciones que trajo al pensamiento internacional, la famosa sentencia de Nietzsche “Dios ha muerto” se ha vuelto una frase sin sentido para el nuevo espíritu transgresor. Ya no hace falta revivir a Dios. Tampoco matarlo. Ahora lo representativo no es señalar si Dios ha muerto o vive para avanzar en el espacio abierto, sino reconocer que durante ese periodo de avance el hombre se ha visto interpelado por sucesivas muertes, como la de la libertad. Como no hemos sabido lidiar con la libertad, en base a lo que fuese, le ha llegado el turno a otro movimiento aniquilador en la palestra del poder.

En otras palabras: la libertad, que llegó para establecer la idea de la muerte de Dios y de los grandes condicionamientos metafísicos, ofreciendo la apertura de nuevos espacios para la creación y el cuidado del hombre, se ve ahora amenazada por los nuevos titiriteros del teatro de operaciones de la sociedad posmetafísica. Nos precipitamos sin saberlo hacia otro vacío, cuyo nivel de desesperanza será mucho más cruel que el de antes debido a que este se decide en los hilos del reconocimiento.

Si antes mirábamos con sosiego hacia arriba, al cielo, al infinito para buscar protección simbólica, ahora la vista se dirige con alevosía hacia adentro, señalando con ello un guiño exaltado para ser reconocidos. En el reconocimiento a la parte más débil de nosotros mismos hemos plantado el nuevo campamento para levantar el plan “identitario”, para ser protegidos. Se abre así un abismo entre la libertad y el poder del reconocimiento. De ahí que surja la perentoria declaración “la libertad ha muerto, el hombre es un títere”. ¿Un títere por qué?

Hay un detalle en la obra de Rudolf Steiner, La filosofía de la libertad, que no encaja; no solo cuestiona el origen moral y ético de la libertad, sino que esconde, a través de la antroposofía, un problema ontológico de largo alcance: la libertad posee, en su naturaleza intrínseca, una epistemología (teoría del conocimiento) y una realidad (fenomenología), pero no aclara de qué trata esa duplicidad, esa acción teórica y empírica que se vuelve una conjura contra el observador libre. Y el reconocimiento es el nuevo agresor de la libertad. De hecho, es una de las implicaciones más relevantes en la declaración de Nietzsche en La gaya ciencia, “Dios ha muerto y el hombre es libre”. Implicación porque subyace en ella la presencia de quien ha sido agresor de la libertad desde la libertad. La muerte de Dios es la muerte del observador por las teorías de la libertad.

La sentencia de Nietzsche ha quedado en el pasado, pero un siglo después cabe una transgresión de valores: la libertad ha muerto, el hombre es un títere. Hay que destacar a grosso modo, en lo adelante, que cada acción humana en función de arribar a cualquier estado de libertad o liberación se erige como un atentado contra ella. Todas las teorías sobre la libertad nacen de esa agresión al testigo de lo libertario. Testigo que ha estado observando siempre la caída de la libertad. De modo que, en nombre de la libertad, todos los subjetivismos, los idealismos, los espiritualismos y los materialismos, han atentado contra la Libertad.

Esto revela que la libertad solo tiene existencia en un plano trascendente, en la lejanía, en el horizonte improbable. Si hoy se habla con propiedad de que el hombre tiene miedo a ser libre en las sociedades que lo representan, se debe comprender a partir de unas agresiones en las que se configura la huida de la pura observación hacia las teorías y las fenomenologías libertarias. No voy a enumerar concretamente a los agentes agresores –podríamos empezar por Spinoza, Hegel y Marx, y luego con los emblemáticos padres de la patria–, sino por el momento dos tendencias generales en las que se registran la mayor parte de estos agresores. Una tiene que ver con la “autogestión de la libertad” (los estoicos, los místicos, los virtuosos, los artistas, los intelectuales) y otra, la más abarcadora, instrumenta una biopolítica estatal para masificar la libertad entre los hombres. Ambas corrientes llegan hasta nuestros días, con una diferencia de matices, desde la Ilustración. Pero es la primera la que mayor impacto causa sobre el destino de la libertad. En función de estas dos tendencias podemos resumir la historia de la libertad.

Julius Évora, quien no dudó en girar hacia el espiritualismo (incluso hacia el esoterismo más individual), da fe en Rebelión contra el mundo moderno de la caída estrepitosa de los valores de la libertad. Accede a la religión para dar un salto hacia atrás y, en su misma morada, darle la estocada final a la víctima ya abatida, moribunda. La libertad se entiende como una búsqueda esencial en uno mismo. Y otro problema es que la libertad no constituye para nada un ente abstracto, tal y como se ha pensado hasta ahora. Tiene su esfera bien delimitada.

Hay una imagen de la libertad nada abstracta. Cuando Zaratustra declara “el hombre es libre” se refiere a la creación de un espacio para el rendimiento tanto epistémico como existencial. La libertad, en este sentido, ha generado demasiados problemas; quizás es la fuente, natural, de todos los problemas humanos. La realidad es que allí donde hallamos libertad encontramos problemas insolubles, porque no sabemos qué hacer con sus espacios. Estar libres de Dios, de la historia, de la tradición, es emprender el camino hacia la creación u ocupación de espacios. Por falta de una compresión profunda del término “libertad”, hemos llegado a someternos a los titiriteros.

Libertad es una imagen abstracta, no es real, tampoco existencial. Se construye mediante epojé, en una retirada subversiva a favor de la muerte. Sin embargo, una vez inventada, en un estado de disimulado fallecimiento, se cuela como un espectro del lenguaje para sustituir otra imagen dentro del discurso acrobático y metafísico. Sustituye a Dios como atractor hacia las alturas. Comienza a jugar el rol de una importante fuerza para poner en función el flirteo con el hombre ante el problema de la muerte.

Fue la escuela estoica de Zenón y sus derivados los que dieron forma a la palabra y la devolvieron al mundo en el preciso momento en que se avistaba la muerte de Dios: libertad contraía una fuerza invisible, una cantidad hechizada.

Decir, por añadidura, que tenemos que algún día ser libres por absoluta convicción, constituye un craso error. Pedir, por caso, la libertad de Cuba, o de un espacio territorial cualquiera, es ad absurdum. La libertad, en sus principios, llamados a conquistar mayores alturas, rendimientos, capacidades, formas y vidas fitness. Libertad es el ardid perfecto para superarnos a nosotros mismos. Si antes era Dios el que nos insuflaba poder, deseo, fuerza, orgullo para escalar las alturas soleadas de la libertad, ahora libertad hace la misma función, pero sin estar obligada o sujeta a algo. Ahora estamos libres de compromisos, pero obligados a escalar, a movernos, a crear desde nuestros pies.

Resulta hechizante el problema, la contradicción en sí misma que representa para el hombre, para el individuo. Como individuos, barren el suelo con nosotros para presionarnos a superarnos libremente. En este sentido, cabe un fenómeno que se ha hecho contagioso dentro de las comunidades políticas y sociales modernas: el amor propio se abre paso una vez Dios es retirado del escenario de fuerza.

Con la palabra libertad los antiguos y los nuevos próceres de la independencia nos han engañado sutilmente. Nos han sometido a creer que la libertad y la independencia configuran la existencia del destino y la trascendencia. De hecho, lo han logrado, han injertado en el tejido cultural de la sociedad una nueva forma de venganza entre los individuos. Han hecho de la fascinación histórica y el progreso una escalofriante narrativa ideológica del nacionalismo y los gobiernos totalitarios.

El liberalismo tenía, por su parte, su cuota metabólica de libertad. E incluso el anarquismo había creado la figura del perdedor, del sometido ideológicamente a partir de esa noción libertaria en la que se erigió el poder del Estado. Cuando te enfrentas a la obra de un pensador liberal como Ludwig von Mises, rápidamente caes en la cuenta de que la libertad tiene un sentido simbólico. Pretende conquistar nada. Su método era la praxología, un concepto de la acción derivado de la ascetología nietzscheana. En el libro La acción humana: Tratado de economía, Mises sigue al pie de la letra el enunciado de la ascesis libertaria, que traducida al lenguaje corriente se proponía establecer un tipo de regla (reglamento) para las libertades económicas.

El mercado funge en la praxología como un hechizo invisible para motivar en los sujetos económicos la libertad del rendimiento y la eficiencia económica. En Cuba no ha cambiado, en esencia, la idea no se conquista. Ni se apela. Mediante la fuerza simbólica de la palabra libertad, estamos que se ha tenido sobre la libertad. Tal y como el esclavo de la plantación cañera huye al monte para establecer un palenque (un nuevo espacio de convivencia), la idea de los cubanos de hoy es similar: la huida hacia el “palenque de la modernidad”. Otra cosa que no ha cambiado respecto a la libertad (política) es la construcción de un ditirambo libertario que goce de simpatías dentro de los espacios de huida, tanto dentro como fuera de la Isla.

Es lógico que este fenómeno de la huida hacia nuevos espacios posea una estructura de larga duración y se aviste hoy con ribetes relampagueantes para el futuro de Cuba. Si algo verdaderamente ha estado retornando una y otra vez como forma y modelo de la llamada “identidad cultural” cubana, es la doble tendencia de la huida hacia la convivencia y el discurso político.

Los palenques modernos tienen sus basamentos en la huida hacia espacios de convivencia fuera de Cuba. Los ditirambos más acuciosos y atractivos se centran en la base del excéntrico discurso de la independencia nacional. Pero cada tendencia mencionada constituye una huida, una fuga, paradójicamente, de la posible libertad. Es como atribuirle al hombre el falso decreto de que su constitución humana es la libertad. Por este malentendido constitucional sobre lo que es la libertad, la huida se ha convertido en un hecho paradigmático. A través de los espacios de convivencia y los ditirambos políticos jamás el hombre ha visto la libertad. Ha visto la heroicidad, el martirio, el aprovechamiento, el apoderarse del momento, pero la libertad ha sido para él una ausencia perenne.

La libertad no se gana, no se obtiene, no se arrebata. No es un objeto en la construcción de espacios sociales y culturales, sino una creación en espíritu. La libertad yace como el anhelo artístico de la existencia. No está en el hombre, pero el hombre puede crearla. ¿Cómo? No lo sé. Pero lamentablemente, la historia del pensamiento cubano no ha hecho nada a fin de crear libertad.

La ingeniosidad del cubano, si alguna tiene, está relacionada con su capacidad para el plagio. El cubano se plagia a sí mismo. De ahí ese retorno al origen, al palenque y al ditirambo. “Le toca a cada cubano reconstruir su vida”: es una frase que leí en algún lugar y que sobrevuela diariamente los espacios humanos de dentro y fuera de la Isla, anunciando un mandato: la libertad no está en la tierra, en la geografía ni en la historia. La libertad se aleja de la tierra porque el hombre (el cubano) se ha aferrado a vivir en la tierra, en la patria. La libertad es el espíritu suspendido en la estrella más lejana. Así rezaba un dicho matriarcal en una comunidad antigua donde una mujer levantó los brazos y señaló al cielo.

Empecemos: ¿existe una sociedad civil en Cuba? La ingenuidad nos hace pasar gato por liebre. Solo existe sociedad civil cuando sus vínculos existenciales están ligados al estado-nación que lo representa. ¿Existe en Cuba este vínculo causal y concretamente? El vínculo no es civil –si se entiende lo civil democráticamente–, sino “autocrático beligerante”. Ninguna sociedad auspiciada por el totalitarismo encuentra formas simbólicas para desarrollar un auténtico espacio civil. Se trasluce un espacio de fuerza autocrático, eso sí, en el que la guerra simbólica aparece matizada y, por qué no, disfrazada con la apariencia de un espacio civil.

Estos son referentes para atestiguar que en Cuba no existe una sociedad civil concreta. La sociedad en términos de sociedad no es una sociedad, porque la civilidad no confluye con el poder de la nación. ¿Qué bienestar busca una nación como la cubana sobre la población? Ninguna. De ahí que el término de sociedad civil esté desarticulado y marginado de acuerdo a sus referentes esenciales.

Por otro lado, iniciativas como “Por otra Cuba” debían de entenderse como un esfuerzo por reconstruir simbólicamente esa sociedad civil que aún no existe. Corresponde tanto a la ciudadanía como a su “ascesis” replantear el problema desde una autoconsideración beligerante. Forzar las cosas establecidas para abrir puertas y espacios concretamente sociales y civiles. Pero no basta con un conocimiento de la civilidad, porque partir de una supuesta teoría en la que la sociedad civil simboliza el espacio para luchar y poner en orden ese vínculo con la nación descrito más arriba, nos hace parecer ingenuos. Yo diría que a Cuba le falta un orden, o un estado simbólico, que haga inmunes a sus ciudadanos frente al totalitarismo político.

La cultura constituye, a merced de otras definiciones, un sistema inmunitario, de regla, cuya gramática no puede ser transgredida por ningún concepto. En cada fase de la civilización surge un sistema inmunitario particular de defensa social y espiritual.  Cuando este sistema es agredido, sin poder defenderse de los ataques de los nuevos invasores, la cultura secular colapsa. Witol Kula ha descubierto que en la economía feudal polaca del siglo XII al VIII fue constantemente amenazada por los intentos proto-burgueses de la reforma métrica, pero la resistencia feudal anti-reforma pudo alargar el proceso de vida. Para la economía agraria feudal el sistema no convencional de pesas y medidas constituía un sistema inmunitario que llegaba a dar forma también a la vida espiritual.

Cuando el sistema métrico decimal se instauró a punta de bayonetas por la Revolución Francesa, comenzaron a aparecer los engendros titánicos del futuro totalitarismo. El suelo, la tierra, la vida agraria permanecía en poder de la antropometría. La tierra y los productos para el comercio interior eran medidos y pesados bajo una variedad infinita de formas que provenían de las medidas del cuerpo humano (pies, codos, manos, antebrazos, voz). Pero todas esas medidas fueron con el tiempo a parar al baúl absoluto del poder de un sistema abstracto de medición: sistema métrico decimal. Seguir la formación y la evolución de este proceso de las medidas y las pesas nos confirmaría la avidez de un sistema abstracto del poder y la sumisión.

Se sorprenderán: Lezama saco de las interpretaciones del SMD el funcionamiento del sistema poético del mundo. Luego de siglos de lucha contra los universalismos, la modernidad retrocede y recata a Platón para imponerse. Las reglas de la gramática monacales y de las órdenes religiosas quedan abolidas por el universalismo del SMD. La cultura de la gramática del trabajo y los ejercicios son desvalorados.

Tríptico, entre otros temas, es un libro que intenta acercarse a la noción de sistema inmunitario como forma cultural de vida. Lo que hoy sucede en Cuba en materia política y espiritual, por ejemplo, es el desmoronamiento de la secular inmunidad de la cultura totalitaria de la revolución cubana. En 1982, después de abolir el mercado agropecuario por cuenta propia, Fidel Castro estableció la última tentativa reformista del sistema métrico decimal en Cuba para regular al máximo las pesas y las medidas.  Para potencial el fuera de la Isla, anunciando un mandato: la libertad no está en la tierra, en la geografía ni en la historia. La libertad se aleja de la tierra porque el hombre (el cubano) se ha aferrado a vivir en la tierra, en la patria. La libertad es el espíritu suspendido en la estrella más lejana. Así rezaba un dicho matriarcal en una comunidad antigua donde una mujer levantó los brazos y señaló al cielo.

La sociedad civil en Cuba aparecería en este sentido, en el orden simbólico que aún no posee. El día que el hombre se dé cuenta, y acepte con responsabilidad, que lo que ha estado llamando “mi identidad cultural”, “mi pasado”, “mi historia”, es tan sólo materia muerta, entenderá la frase de Marx según la cual “los muertos entierran a los vivos”. A su vez, Marx hablaba del peso de la religión sin entender que el propio “destino histórico” que esgrimía era también una carga sobre los hombros de “los vivos”.

Como diría Francisco de Quevedo, “los vivos viven a través de los muertos”.

Los vivos no saben que viven, pero aun así viven. Y este es el milagro alcanzado por todas las culturas: que no dejan morir a sus miembros, pero los condicionan a vivir como materia muerta, los subordinan a una relación con el mundo inconscientemente. Nietzsche decía que esta supeditación es la causante de que el hombre no aspire a más y se conforme con la identificación de nombres y palabras. El hombre habla de la libertad, pero en el fondo teme asumirla. Es así como un “proceso cultural” –la tradición– se incuba en la mentalidad colectiva. Incuba memes culturales como materia muerta.

Lo que suele denominarse “cultura cubana” o “cubanía” no es otra cosa que la identificación con nombres y palabras, conceptos y símbolos. Fernando Lles es el único pensador cubano que ha reconocido esta acertada aseveración de Nietzsche, y que manejaría en su gran libro El individuo, la sociedad y el Estado. Pero la tradición del pensamiento cubano nunca lo ha tomado en serio.

El cubano dentro y fuera de la isla vive a través de sus muertos. Vive de materia muerta. Soslaya la realidad. El cubano no está perdido en la realidad, sino extraviado en las palabras, los símbolos y el lenguaje. Estos sustitutos no le dejan ver la realidad. Y así funcionan las cosas en el campo de la literatura y el arte. Es muy visible la identificación con el pasado, que es una muralla de palabras. Decimos que trabajamos por la “cultura cubana”, cuando es legítimo decir “trabajamos para nuestros muertos”. Echamos el fertilizante adecuado en nuestros cementerios. Si un pintor decide pintar un cuadro, ha de imaginar primero, visualmente, lo que ha sido “vivido”. El cuadro se convierte en símbolo e imagen. Si un poeta se dispone a escribir un poema, inmediatamente surge en su mente el “difunto”, estableciendo la inspiración. Es imposible ver por este medio la realidad. Y por esta dificultad de ver la realidad, las culturas han prevalecido como materia muerta.

A los muertos los desenterramos, y admiramos el discurso nacionalista que nos anima. No hay nada en la literatura cubana que esté desvinculado del lenguaje y los símbolos del pasado. Y así andamos, pensando que somos justos con la realidad. Abordamos la creación artística con la aspiración de seguir soñando con lo mismo, con el pasado.

La gente en este mundo anda “memetizada”, infectada con la idea de que el amor y la invocación al Universo la salvarán. Para corroborarlo, asumen a partir de esta erótica espiritual cualquier tipo de religiosidad. En el plano de la retórica, José Martí lo confirma: “No hay nada más grande en este mundo que el amor”. Es el primer sofisma, junto a los aducidos por los trascendentalistas intelectuales, de la literatura americana.

De tanto repetirse y de tanto enseñarse qué es el amor –prácticamente como un lema a lo largo del siglo XX–, nuestra cultura ha provocado la pérdida de la autenticidad existencial. Más que una realidad, el “amor” ha pasado a constituir un fenómeno lingüístico, una estructura verbal, una alabanza mítica. Y es en este ditirambo donde se esconde la causa verdadera del miedo a la libertad.

¿Por qué no invocar, entonces, la ira de Aquiles, la furia de Atlas, la fuerza de Hércules? Si miramos correctamente en el interior de cada uno de nosotros, el amor y la paz de Arjuna se ven marchitados por la sobreabundancia de la ira y el estado de la forma física, y mental, de Aquiles. Para superarnos a nosotros mismos, para alcanzar la individualidad y la libertad deseadas, la ira es el único impulso real con que contamos.