Podría dividir mi exilio en dos partes:

El inicio a finales de los ochenta cuando aún habitaba la isla y creía en la posibilidad de los amaneceres, que poco a poco fueron desvaneciéndose hasta que la decepción se apoderó de todo, de forma tan impiadosa que el futuro no cabía en más promesas.

En ese despiadado tiempo supe que solamente existía una posibilidad si quería ver la luz antes de llegar al final del túnel. “Escapar”, huir de ese presente sin mañanas; de las consignas que inundaban -todavía inundan- lo que ahora es pretérito.

Solo había un problema -accidente geográfico- qué es una isla sino un cáncer expulsado de un continente. Estar rodeado de agua no te convierte en anfibio, simplemente te obliga a convivir con la inmensidad del azul; a entender la grandeza de Sócrates cuando dijo: “Hay tres clases de hombres: los vivos, los muertos y los que se hacen a la mar”. De esos últimos están llenos mis ayeres, cada ola tiene el nombre de alguien que intentó fugarse de la prisión tropical, y murió en los deseos.

Después de leer los párrafos anteriores, ya deben imaginar que quien escribe es un sobreviviente -un descendiente de Ulises- que no sueña con volver a Ítaca, pues sabe que después de veintiún años de invisibilidad, no queda nadie que lo reconozca. Penélope se cansó de esperarlo y sus ojos mudos la impiden tejer; sus amigos también tomaron el camino de las aguas, y su perro murió antes de volver a olfatear al más querido de sus ausentes.     

 Llegar solitario a una tierra desconocida es el peor de los naufragios, lo sé porque lo sufrí en carne propia, pero tuve la suerte de recalar en una nación, que desde el primer instante sentí mía. Era como si hubiese llegado al país de “Los Lotófagos” y comido la fruta del árbol de los olvidos. Cuba ya no era pasado –acababa de morir-.

Viví mis mejores años entre el portugués -esa música hablada-; futbol; churrascos y samba. Ahí alcance todo lo que me fue negado del otro lado de los recuerdos, por eso nunca imaginé que tuviese que volver a emigrar, hasta que una serie de indeseados acontecimientos me obligaron una vez más a izar vela. En ese instante donde todo se rompió comienza el más difícil de mis exilios.

 

PARTE II

 

El anterior más que imprescindible, era una cuestión de vida o mar, pero en este los motivos eran otros y los deseos tenían los pies atados a esa tierra que hoy me pertenece.  

 Al arribar a Miami -ese apéndice de aquel error geográfico-, que era el menos imaginado de mis destinos, pero el predestinado para la mayoría de los nacidos en la otrora perla del Caribe percibí que me es muy difícil convivir con los sobrevivientes de ese espacio inacabado donde el salitre y las mentiras parecen inmortales.

Las enardecidas manifestaciones -a favor o en contra- de algo que me resultaba tan distante, y que había olvidado en los años que viví en la brasiliedad -la mejor época de mi vida- volvieron a hacer parte de mi cotidianidad.

Descubrí, no sin tristeza que después de cincuenta y ocho años de dictadura, el mayor éxito de la misma es haber logrado dividir a los nativos de ese espacio donde el sol amanece violento, sin importar de qué lugar provienen los aullidos.

Ya han pasado cinco años desde que encalle en esta nada -reino de la melancolía-, y solo quiero tratar de entender en qué momento nació esa necesidad casi implícita de agredir y denegrir a todos los que no estén ideológicamente en tu misma acera.

 Será esto una incurable enfermedad de los oriundos de ese espacio donde el odio se enseña en las escuelas o es que como el pueblo hebreo llevamos a cuesta todos los sinsabores heredados a pesar de tantos años de ausencias. La respuesta está con ustedes.