Una de las voces más melodiosas y bellas de la canción pop norteamericana.

 

En la desapacible noche del 4 de febrero de 1983, en uno de esos impersonales y fríos cubículos cercados por cortinas verdes y atiborrados de equipos electrónicos, es declarada muerta, por los médicos del servicio de urgencias del Hospital Comunitario Downey, ubicado en un suburbio de Los Angeles, California, una muchacha de 32 años de edad que han traído inconsciente un par de horas antes.

La causa inmediata del fallecimiento se diagnostica como un fallo cardiaco agudo, pero llama la atención de los facultativos que la atienden el avanzado estado de emaciación, la delgadez extrema de su cuerpo y los edemas que presenta la occisa en las manos, los tobillos y las piernas.

¿Qué podría haber llevado a aquella joven, por lo demás aparentemente sana, a un estado de derrumbamiento físico semejante?

¿Quién le hizo semejante cosa?

En la autopsia, que se lleva a cabo casi inmediatamente en el departamento forense del centro, se habla de un cuerpo de apenas 75 libras de peso, una piel áspera y amarillenta, pequeñas lesiones producidas por los salientes óseos, mucosas que comienzan a atrofiarse, líquido en los pulmones, inflamación y congestión del hígado y el bazo y un tubo digestivo distendido, flatulento (lleno de aire y gas) y con depósitos en el estómago, también disminuido de tamaño, de un material ya seco que se identifica como hojas de té a medio digerir.

Una gran cantidad de hojas de té y nada más, ni tan siquiera los jugos digestivos habituales que todos, o casi todos, tenemos.

Conversando con los familiares que han concurrido en tropel al hospital, el doctor Edwards, que es el médico encargado del caso, se entera que aquella muchacha tomaba hormonas tiroideas en cantidades exageradas, tóxicas, a despecho de que no tenía padecimiento alguno de la glándula tiroides, e ingería también emetina (ipecacuana) varias veces al día para procurarse el vómito. Y eso no era todo, increíblemente se administraba, ella misma, varios enemas rectales por jornada.

Por supuesto que tampoco comía, y cuando decimos esto no nos referimos al lugar común para comer poquito, no, queremos decir lo que decimos literalmente, nada. Desde el punto de vista estrictamente médico, científico aquella joven murió por una intoxicación cardiaca ─con una arritmia irreversible subsiguiente─ causada por la mortal combinación de la emetina y la tiroxina.

Pero, aunque comprendemos las explicaciones de los galenos, todos sabemos que en realidad esa joven se murió de hambre.

El nombre de esta en otro tiempo agraciada joven, destruida físicamente por su propia mano, era Karen Carpenter (1950-1983), una de las voces más melodiosas y bellas de la canción pop norteamericana. Una muchacha inteligente y precoz que además de cantante ─cantante de verdad, de las que no abundan─ fue una gran baterista, no solo entre las pocas mujeres que han tocado con éxito ese instrumento, sino entre todos los bateristas de primera línea reconocidos a nivel internacional.

Una instrumentista que andando el tiempo reconoció que prefería cantar, y lo hacía como los ángeles, escondida detrás de la batería para que el público no pudiera verla.

Junto a su hermano Richard formó, en 1969, el dúo The Carpenters, con el que recorrerían el mundo y colocarían, en solo siete años, dieciséis canciones en el primer lugar del hit parade nacional e internacional, vendiendo, en los años que grabaron juntos, alrededor de cien (100) millones de discos.

Karen Carpenter, una mujer de alta estatura —casi un metro ochenta— y que lo más que llegó a pesar en toda su vida fueron 140 libras, se veía a sí misma como una de esas jóvenes pasadas de peso, en fin, digámoslo claro, como una gorda.

Quizás ella comprendía intelectualmente, y lo verbalizaba a menudo, su situación real. No solo eso, ella era incluso una persona de gran inteligencia y muchas luces para otras cosas, pero al verse en el espejo, no importa cuán delgada estuviera, la imagen que este le devolvía era la de una mujer obesa, deforme, y las feroces dietas y las sesiones extenuantes de ejercicios se renovaban con nuevos bríos.

Faltaban aún años para que las neurociencias comenzaran a develar, mediante el estudio de las todavía no bien comprendidas «neuronas espejo» y las investigaciones con equipos de resonancia magnética funcional, los laberintos cerebrales de estos gravísimos y no muy comunes trastornos de la percepción y la identidad.

En 1975, en la cima de su carrera, los apoderados de Karen tuvieron que suspender una gira a Japón, país donde ya había obtenido antes un éxito apabullante y donde sus canciones ─las de The Carpenters, pero ella era el alma del dúo─ se escuchaban todo el tiempo en la radio y las caseteras.

La gira estaba vendida al completo, pero se hizo imperativo «aplazarla» debido a la extrema debilidad que manifestaba la cantante y a su imagen física de «campo de concentración», tal y como la describió en una reseña un periodista de farándula muy leído y particularmente cruel e insensible.
Este fue el inicio público del problema, pero en los siete años que le quedaban de vida a Karen las cosas irían, con breves mejorías intermedias, empeorando cada vez más.

Pasando revista a esta tragedia de magnitudes griegas, llegamos a la conclusión de que Karen Carpenter nos dejó dos importantes legados al morir: su bellísima voz, que sigue y seguirá ahí para nosotros, y la publicidad que dio su desolador fallecimiento a una condición, hasta entonces casi desconocida y muy mal comprendida, denominada por los científicos síndrome de anorexia nerviosa.

Los que la conocieron de cerca y vivieron junto a ella su calvario, recuerdan con un estremecimiento la frase que Karen, con la tristeza retratada en el rostro, les repetía a los médicos que intentaban administrarle líquidos y nutrientes por vía intravenosa durante sus cada vez más frecuentes crisis de desnutrición aguda:

“You win, I gain pounds”.

Nunca buscó el tratamiento, pero tampoco nunca se resistió a él. Solo esperaba con apatía a que la dejaran sola y recomenzaba sus maratónicas sesiones de dietas de hambre y ejercicios físicos extenuantes.

No podía evitarlo.

La relación entre la obesidad por un lado y la anorexia nerviosa y la bulimia por el otro, los dos últimos, trastornos neuropsicológicos severos de la imagen corporal, no está clara hasta el momento. Pero es indudable que ambas condiciones, quizás dos formas de la misma entidad (el llamado «síndrome de atracones nocturnos» sería una tercera forma) se han incrementado exponencialmente desde los años cincuenta, precisamente cuando el sobrepeso y la obesidad se han disparado alrededor del mundo.

Sea como sea, ambos son trastornos sumamente graves y muchas veces muy mal comprendidos por la familia y el entorno cercano de las víctimas, que suelen ser en su gran mayoría adolescentes y muchachas jóvenes.

No sabemos la razón de por qué estas condiciones son mucho más frecuentes en las hembras que en los varones.

La letalidad de estos trastornos es muy alta ─el caso de Karen fue muy severo, pero no fue una excepción─ y requieren, inexcusablemente, un diagnóstico médico certero y un tratamiento precoz y muy especializado para evitar complicaciones que suelen llevar al deterioro orgánico severo y en no muy largo tiempo a la muerte.

Y no es para nada extraño que las víctimas de estas catástrofes psiconeurológicas estén relacionadas con el mundo del arte, las alfombras rojas, la farándula y la moda. El caso del modelaje comercial, el de las grandes casas de alta costura, ha llegado a extremos donde incluso la ley ha tenido que intervenir.

Siluetas de delgadez inconcebible, —esqueletos armónicos— como se dijo ya en el siglo XVIII, son la imagen de la Top Model. Las modelos de pasarela que ganan salarios fabulosos, pero a costa de una vida extenuante y totalmente disfuncional son víctimas frecuentes de estos serios problemas. Quien no sabe qué artistas de cine, presentadores de televisión, bailarinas de ballet clásico y moderno, hasta las reporteras y «muchachas del tiempo», son sometidos a presiones enormes para que bajen y bajen cada vez más de peso.

Algunos lo soportan, otros no, pero los que logran sobrevivir pagan precios altos por mantener la forma. La relativamente reciente película Cisne Negro del director Darren Aronofsky trata tangencialmente el problema, pero para la prensa, sobre todo la sensacionalista, es un tema común.
Como acotó una vez la socialite Wallis Simpson:

Nunca se es suficientemente rica ni se está suficientemente delgada.

 

(Este artículo es un fragmento de un libro en edición de Venus a Botero: Breve historia de la Obesidad)