De los muchos poemas que aparecen hoy, ya en publicaciones virtuales, ya en las tradicionales,  ¿cuántos, en realidad, acaparan nuestra atención, nuestro interés?, ¿cuantos dejan una impronta, no ya perdurable, sino siquiera inmediata, en la memoria? No voy hablar por ningún otro lector, pero mucho me temo que mi experiencia se repite: cuando leo la lírica que se estrena hoy, suele sucederme no recordar lo que he leído en una página, apenas acometo la siguiente (y la mala memoria no es, exactamente,  mal que me aqueje, ni bien que me asista).  A mi juicio,  buena parte de la escritura que contemporáneamente se propone como lírica constituye mera fabricación verbal  que  aspira a ser ingeniosa,  y que así logre su  aspiración,  no acierta siquiera a entretener, ni mucho menos consigue conmover. Se trata de textos que no surgen tras ese “sacudimiento extraño que agita las ideas”, o ese “volcán que sordo anuncia que va a arder” a que se refiriera Bécquer, a fin de describir la inspiración.  En la narrativa y la ensayística, la inspiración puede y suele presentarse durante la marcha de la escritura, mas en la lírica, ese singular llamado a la creación  ha de preceder y marcar la marcha de la escritura. Ignoro cuántos poetas aún comparten la idea de que la inspiración ha de ser heraldo de  su escritura; pero resulta evidente que el autor de Retrato desde la cuerda floja lo entiende así. Esto lo puedo decir  no porque conozca las circunstancias en que ha escrito Joaquín Gálvez sus poemas; lo digo por inferencia: la fuerza emotiva, los matices tonales,  los aciertos trópicos, la honda exploración de la sensibilidad y el pensamiento, y la facultad eminentemente lírica de aprehender y transmitir lo esencial de una idea, un sentimiento o una situación,  apuntan en su obra no a la disciplina de un autor que, confiando en su ingenio y su oficio, se sienta diariamente a fabricar par de poemas; apuntan, antes bien, a “la embriaguez divina” de la inspiración.

Por supuesto que lo que he dicho no implica que  baste el numen, que baste el espíritu exaltado, para escribir poesía. La inspiración es, sí, señal del talento poético, como también lo es un intelecto poderoso. Pero poeta no es meramente quien nace tal, sino quien nace y se hace. A ser poeta, quiero decir, se aprende. Se trata de un oficio que no excluye la gramática, la métrica ni la preceptiva, pero que exige, sobre todo,  la  intimidad entre el creador y el arte literaria, entre el poeta y la tradición poética a la manera en que la entendió Eliot, sin fronteras temporales ni lingüísticas. La poesía de  Gálvez no sólo trasluce ese imprescindible encuentro entre el autor y una tradición que desconoce lindes de tiempo o nación; evidencia asimismo que de ese depurador encuentro no emergió un escritor con escuela u oficio, sino una personalidad autoral plenamente consolidada: un estilo. “Ni romántico ni  modernista” decía de nuestro autor  Ángel Velázquez Callejas, a lo que yo, evocando a Machado, añadiría: simplemente un poeta que, en su amplio y atento recorrido por la literatura,  aprendió a distinguir voces de ecos y a escuchar entre las voces una, la suya. Simplemente Joaquín Gálvez, esa voz singular.

Con el  título de Retrato desde la cuerda floja,  Gálvez nos ofrece una antología personal que reúne poemas procedentes de los cuatro poemarios que ha publicado hasta la fecha, a saber: Alguien canta en la resaca (Término Editorial, 2000), El viaje de los elegidos (Betania, 2005) Trilogía del paria (Editorial Silueta, 2007) y Hábitat (Neo Club Ediciones, 2013).  Invariablemente sugerentes, los títulos que elige nuestro autor para sus poemas y poemarios tienen la virtud de captar y comunicar trópicamente lo esencial en los textos que nombran. Con el título de su primer libro, Gálvez dirige nuestra atención  hacia la relevante figura del poeta (el cantor en la resaca), que en su obra es a veces un personaje genérico o conceptual, y a veces también el hombre Joaquín Gálvez.  El viaje es casi siempre metáfora de la vida en la poesía de nuestro autor, y  es eso precisamente lo que representa en el título de su segundo libro; los elegidos, por su parte, son todos los que han tenido la suerte (o la desgracia) de abandonar la nada, para emprender el viaje hacia la nada que es la vida. Al título del tercer libro regresa la capital figura del poeta, ahora  en calidad de paria o marginado. En el  sustantivohábitat” que da nombre al cuarto libro, he identificado una metáfora de la soledad urbano-tecnológica del ser humano en la época que comienza después de la Segunda Guerra Mundial. Por último, para su antología personal,  el autor  escoge el título de uno de los poemas de Trilogía del paria. He contado seis retratos en la obra total de Joaquín Gálvez hasta la fecha.  Cuatro de ellos figuran en esta antología, incluyendo, por supuesto, el que le da nombre a la selección. El sustantivo “retrato” no tiene implicaciones trópicas en ninguno de los textos de Gálvez en que aparece; pero aun sin conocer el  poema que nombra,  cualquiera sospecharía que esa “cuerda floja”  supone una metáfora, y sospecharía bien.  La “cuerda floja” alude a  la  realidad esencial de la vida humana, la única vida capaz de reconocer la incesante ronda de “una bala cuyo blanco es el  corazón”;  la única que obliga a abandonar la infancia, el “villorrio en las nubes” [1] de la primigenia inocencia. La vida consciente (la “mayor pesadumbre” según Rubén Darío) implica la irremediable pérdida  de todo paraíso y, más aun, de toda certidumbre, excepto la de la  muerte, la de su amenazante ronda.

Como pocos poemas de los muchos que se publican hoy,  los de Retrato desde la cuerda floja mantienen a su lector interesado, deseoso de seguir leyendo. Son textos que  no se acaban de leer cuando uno llega a la última palabra, que se leen a libro abierto y, sobre todo, a libro cerrado, que imprimen una huella de luz en el lector, que siembran alma en el alma.  Su virtud de perdurar en la memoria e instar a reflexión remite a un autor que no meramente monologa o recuerda con ingenio verbal, sino que también, y sobre todo, sabe pensar dialécticamente, está armado de un fundamento ideológico que le permite explorar su mundo anímico,  y  posee el don de sugerir el sentimiento pensado y el pensamiento sentido.  Ese autor cifra una temática que abarca los aspectos esenciales  del arduo oficio de ser humano. La soledad que padecemos e intentamos mitigar con el amor;  el tiempo que nos transforma; la muerte que nos acecha; la necesidad de justificar  nuestra existencia; “la prodigiosa ceguera de ver la poesía “o percibir la belleza, son algunos de los temas  a que, en la mejor tradición lírica, nos expone Joaquín Gálvez.

Pero no sería arte la poesía, si la palabra no fuera susceptible de carácter, ni es artista el autor que, por más que piense, sienta y sugiera, no sepa imprimirle carácter  a un texto. Joaquín Gálvez  es un artista de la palabra: una voz temperamental capaz de entonar estados de ánimo, sensaciones y emociones; una voz  que, no obstante sus matices irónicos,  nos hace sentir  la nostalgia, el dolor, el desengaño, la resignación.

Hay poetas que ponen todo su empeño en erigir una exquisita torre de marfil que  no pocas veces se convierte en cárcel de su voz. A Joaquín Gálvez antes bien le interesa dotar de alas  su voz. Entiende el arte como lazo que une a los seres humanos, no como muro o pedestal preciosos que acaben separándolos. Aspira, quiero decir, a alcanzar y conmover a sus lectores, y lo logra. La suya es una poética de la verdad y la comunión.

[1] La locución “villorrio en las nubes”, que procede del poema “Retrato del que ya no vive en las nubes” de Hábitat, constituye una metáfora de la inocencia y  la ensoñación  que la vida consciente  nos fuerza a perder. El “villorrio en las nubes” se opone, pues, a la “cuerda floja”.

 

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