Cientos, miles de personas se abalanzaban sobre la caravana, interrumpiendo el ritmo acompasado del funeral. La policía motorizada se esforzaba por evitar que el féretro se ladease debido a la presión de las turbas. Mujeres con vestidos negros lloraban desconsoladamente, como si el mundo se fuese a terminar en unas escasas horas. Sus maridos desgarraban las ropas y gritaban frases de dolor. El hedor a sudor y a muerte se apropiaba de los espacios abiertos en la avenida Pennsylvania y sus contornos.

Julius intentó atravesar la marea humana. Empujaba con sus hombros y golpeaba con los codos a quien se le cruzara en el camino. ¡Tenía que tocar el auto negro! ¡Tenía que hacerlo! Necesitaba sentir el frío del metal traspasando sus manos.
“¡Negro e mierda!” – le dijo alguien.
“¡Hijoeputa!” – le espetó algún otro.

Las banderas ondeaban a cada lado y si a alguien se le ocurría alzar la voz en contra de lo que acontecía, las turbas lo arrastraban por el suelo hasta desaparecer en medio de amasijos de carnes y cabellos y extremidades varias… Julius trastabilló e hincó rodilla en tierra. Decenas lo empujaron y el roce del asfalto le arrancó jirones en sus brazos. Sintió el contraste de la sangre tibia manando por su rostro mientras un vientecillo helado traspasaba su aliento.
“Oh, Dios, déjame ver al hombre. Déjame sentir su presencia, déjame alabar su grandeza y su prestancia. Déjame al menos tocar el auto negro donde reposan sus restos”.

Un mar de piernas y cabezas y torsos y brazos se interponía entre la carroza funeraria y las intenciones de Julius, el negro de la U street que no había podido, al igual que muchos otros, saludar al féretro y a su habitante en los jardines de la Casa Blanca. Esta era una especialísima oportunidad para brindar la despedida que creía necesaria.

A pesar del gentío, Julius se percató de la posibilidad de correr en dirección oblicua, esquivando algún que otro obstáculo. Si tenía la suerte de poder burlar a la policía ya cerca del carro funerario, entonces se aproximaría a rendir un último tributo, como Dios manda. No lo pensó dos veces y se lanzó como un rayo. Con agilidad felina atravesó por una especie de túnel improvisado, aplastando el zapato de alguien que chilló, y casi saltando por encima de los hombros de una mujer negra inmensa que por escasos segundos le había cerrado el paso. Un poco más allá un corillo de imberbes estudiantes de college enarbolaba inmensas banderas rojas que ondeaban al vaivén de alguna música setentera. Un par de hippies del nuevo milenio se entraban a puñetazos a la par que unas chiquillas uniformadas con minúsculas faldillas chillaban emocionadas.

Julius, finalmente, logró llegar a empujones hasta la carroza funeraria. Un guardia intentó cerrarle el paso, pero simplemente no pudo. Por casi un larguísimo minuto Julius trotó y sollozó al lado de su adorado comandante de barba blanca y rala y rostro ajado. A sus espaldas se escuchaba un corillo que casi susurraba “Fidel, Fidel, Fidel”, acompasado por las rítmicas palmadas de los aduladores. El viejo dictador, luego de los honores en la casa presidencial, enrumbaba hacia su definitivo destino, dejando detrás una estela de muerte, horror y tontos ensimismados.

El entierro, según la prensa aposentada en el lugar, fue un acontecimiento inolvidable para la ciudad de Washington y sus alrededores.

*Escrito en el mes de Octubre del 2014