Desde que nací me llamo Mateo, pero nunca he sido santo. Estoy contento de estar vivo, de poder contemplar al mundo y reírme de lo que quiera.

De niño siempre me daba miedo la oscuridad, y mi padre, hombre necio y sin cultura, me obligaba a dormir en el patio de la casa aquellas noches que me despertaba sobresaltado llamando a mi madre. Recuerdo que me colocaba entre los arbustos de limones y cerraba la puerta trasera con un estruendoso ruido. Nunca supe si mi madre peleaba con él por este “castigo”. A ella no le guardo rencor. De cualquier modo, yo amanecía con los ojos como brasas por estar cazando sombras durante toda la noche. Así aprendí a odiar a mi padre.

Sus lecciones las absorbí rápido y sin dificultad. Aquella mano derecha cuando caía sobre mi cuerpo era peor que el acero al rojo vivo. Sentía por dentro bullir un indecible número de extrañas sensaciones. Luego venía el llanto.

Yo sabía que hasta que no fuera hombre, hasta que yo creciera lo suficiente, tenía que aguantar las palizas. ¡Y lo peor de todo es que ni siquiera era un niño travieso! ¡Claro… por eso es que me pegaba!, no lo había pensado antes. El quería un hijo revoltoso, que les pellizcara las nalgas a las niñas o que los maestros lo tuvieran que llamar para embotarle el rostro con quejas y regaños. Pero yo no era así.

A mí me gustaba contemplar a las maestras, ser amable con ellas, tratar de ganarme su confianza, y en el mejor de los casos, sentir el aliento mezclado con el perfume en un fugaz y optimista beso. Prefería incluso leer un buen libro de cuentos a jugar con los demás muchachos en el patio de la escuela.

Nunca tuve nada en común con aquellos que gesticulaban con aire femenino, todo lo contrario. Pero a mi padre tenía que demostrárselo de otra manera. Nunca toleró a estos individuos.

En realidad, creo que nunca me quiso.

Mi madre fue su esclava. ¡Pobre mujer! La única oportunidad de irle a la contraria era en aquellas borracheras en que le daba por llorar en los brazos de ella. Todavía me pregunto por qué lloraba.

Después de aquellas depresiones alcohólicas, ojeroso y pálido, nos embestía con mayor furia e injustificada violencia.

El día de hoy es bello, y este sol que entra a calentarme me sugiere de soslayo que debo bañarme.

Hoy es un día realmente importante.

Mi madre solía repetir que las grandes batallas no se ganaban sólo con el armamento, que las palabras y la inteligencia jugaban un papel muy importante. A veces pienso que tenía razón, pero nunca logró convencerme del todo. Es curioso como uno puede cambiar de pensamiento de un día para otro. Así era mi padre.

Creo que yo tampoco lo quise.

Tuve pocos amigos, solamente los que traían sinceridad fueron aceptados en mi estrecho círculo, pero no me arrepiento de ello. Quién sabe si un día cambio, como solía hacer mi padre, y acaparo todos los amigos del mundo. Pero no… eso es una tontería. Nadie querrá ser amigo mío ahora, y mucho menos hoy, que es un día importante para mí.

Es triste pensar que los años se van posando sobre tu cuerpo y no eres capaz de echarte a correr para hacer algo útil. No recuerdo haber realizado nada útil para nadie. Ya las piernas me pesan, y la mirada está atrapada en profundos anteojos que no me puedo quitar. La vejez es una sorpresa bien guardada.

Hace mucho que no veo a mi madre. Desde que llegué a este lugar, ni siquiera a los amigos. Pero no estoy triste.

La última vez que supe de ella pude comprobar, por mí mismo, que se había casado con uno de estos señores de la sociedad. El típico ricachón que prefiere defecar parado por el miedo a la poca altura. Con su carita de imbécil me alargó la mano el día que nos presentaron y me gimió de frente: “Te pareces a tu madre”.

Mentira. Yo soy un ser sin parecido. Esa huella de la generación se perdió en mi persona. Mi madre es cadavérica y avergonzada. Mi padre fue necio y argentado. No tenemos nada en común. Yo sigo siendo regordete y atrevido. Nada en común. Por supuesto que me alegro de esto. De no tener ningún parecido con ellos.

Ya casi es mediodía y todavía no he visto movimiento. Me dijeron que hoy era mi día y siento una extraña sensación. No es miedo. Hace mucho tiempo que perdí esa facultad, y me ha resultado muy cómodo prescindir de ella. Ya dejé de mirar hacia arriba –y me disculpa–, pero supongo que el de arriba también se olvidó de mí.

Mis recuerdos son cada vez más significativos, más llenos de sentido, de olores y sabores. Ahora mismo, por ejemplo, siento y saboreo la sangre de mi padre. Él murió por la satisfacción, es decir, por mi satisfacción.

Muchas veces le advirtieron que si quería morir de vejez tendría que escoger dos caminos: o se marchaba de nuestra casa o dejaba de azotarme. Creía que yo pasaría todo aquello por el terreno del olvido. Se equivocó. Su estúpida mirada no bajaba de los hombros ni llegaba más allá de la punta de sus zapatos.

Aquella vieja escopeta de cartuchos, que aprendí a usar a escondidas, fue mi aliada, mi mágica herramienta de sacrificios. Era demasiada su maldad dentro de tan poca masa gris de su cerebro. Había que extraerla y destruirla.

Yo lo maté, es por eso que estoy aquí, es por eso que hoy será mi día y me ha estado escuchando sin pestañear. Mi dedo índice estaba enfurecido de tal manera que los gatillos de aquella centenaria arma parecían algodones frente a un huracán. El cráneo se le astilló y ni siquiera tuvo tiempo de gritar.

Yo me quedé observando como la sangre le corría hasta que llegó la policía. Ese mismo olor, con la misma fluidez, lo he sentido muchas veces, pero nunca tan elocuente como hoy.

Hoy es mi día. Ya me he preparado con suficiente tiempo para este viaje. Esta luz de mediodía, este calor insoportable, me sugieren que algo distinto esta reservado para mí.

¡Prepárate, Viejo!, porque me han dicho que estás en el mismo sitio al que ahora yo voy de viaje.

Hoy me van a ejecutar, y cargo conmigo la misma rabia, el mismo ardor de venganza y esta vieja escopeta, ya cargada de antemano, porque… aun después de muertos, la paz no será con nosotros.