“Vientos de Cuaresma”, el primer capítulo de la miniserie “Cuatro Estaciones en La Habana”, producida por Netflix, guarda fidelidad a la novela de Padura, además de haber sido adaptada para la televisión por el propio escritor. Como casi toda la obra del narrador habanero, la historia, amén de algunos giros propios del género, reboza de lugares comunes y sensiblerías fatuas. El fuerte de esta pieza no es lo que narra, sino cómo lo hace. La puesta en escena del realizador español Félix Viscarret es casi impecable, entregándonos una ciudad derruida y podrida, decadente y moribunda, que pretende reproducir la dureza de los años noventa, cosa no difícil de lograr si tenemos en cuenta que la isla se halla detenida en el tiempo. De allí los callejones pestilentes y sombríos, las edificaciones abatidas por la miseria de décadas, la degradación sombría de los rostros y las almas… “Vientos de Cuaresma” es un logro estético, algo atípico en el cine criollo, acompañado además de muy buenas actuaciones (exceptuando al mediocre Jorge Perugorría y resaltando el formidable performance de Luis Alberto García) y de una banda sonora que marca con precisión el tono noir que precisa la historia. Viscarret, un muy decente artesano, se alza con un transitorio triunfo en este primer rodaje sobre la obra de Leonardo Padura, un escritor sobrevalorado en exceso. Pero como sabemos, el estilo muchas veces salva cualquier historia, por modesta que esta sea. Y Viscarret, qué duda cabe, se ha convertido en el héroe de la noche.

Ahora, si a “Vientos de Cuaresma” se le puede atisbar cierto grado de osadía contestataria, “Pasado Perfecto”, la segunda de las novelas adaptadas a la televisión, no pasa de ser una historieta “correcta”, muy a tono con el discurso ideológico del régimen cubano. Y si la narración sufre en esta entrega de “Cuatro Estaciones de La Habana”, también decae el pulso descriptivo y la hechura estética, como si Félix Viscarret hubiera gastado todos los cartuchos en el primer capítulo. Lo que molesta de “Pasado Perfecto” es ese afán por demostrar que la revolución es perfectible y que son los hombres quienes la traicionan con sus actitudes egoístas y ambiciones personales. Mientras el investigador Mario Conde se la pasa protestando por la cantidad de chivatos que se le han atravesado en la vida, por otra parte, hace hasta lo imposible por investigar la corrupción de una empresa que opera bajo reglas capitalistas y castigar así a quienes se salgan de los contornos establecidos por el gobierno de La Habana. ¡Una verdadera hipocresía! No entiendo cómo algunos pueden tomar a un tipo como Padura como ejemplo de la creación contestataria en la isla. Y es que el hombre no solo es un mediocre escritor, sino también un apologista de la dictadura.

“Máscaras”, el tercer episodio de la serie “Cuatro Estaciones en La Habana”, basada en novelas de Leonardo Padura sobre su detective ficcional Mario Conde, es más de lo mismo en términos de estructura y contenido. Nuevamente los malos son aquellos que han traicionado el verdadero espíritu de la revolución, aquellos que han profitado de la mentira en aras de intereses mezquinos. Como colofón terrible, una historia retorcida y forzada, con una solución final endeble y tirada por los pelos (lastrándose así cualquier atisbo de organicidad narrativa). A Félix Viscarret no se le puede pedir mucho más. Es un realizador que domina el arte de la puesta en pantalla, amén de las templetas sin sentido y de esa imagen colorida y sensual que a los turistas tanto atrae.
“Cuatro Estaciones en la Habana”, una estafa ideológica.

“Paisaje de Otoño” es el capítulo final que completa la adaptación de cuatro novelas de Leonardo Padura para la serie “Cuatro Estaciones en La Habana”. En esta última historia, vuelve hacerse patente la estafa ideológica que anima a las narraciones de Padura. Conde no es el individuo escéptico y rebelde que se nos pretende vender. No pasa, en realidad, de ser un conservador cuasi fanático dispuesto a castigar a todo aquel que calza dentro del concepto de “revolución traicionada”, ese que suelen esgrimir los probables y falsos reformadores. A Miami y el exilio, específicamente, se les dirige el dedo acusador y se les culpa de alevosías, infamias y vilezas. La impureza de la revolución proviene de aquellos que no siguieron sus reglas al pie de la letra, parece decirnos el novelista habanero.

En todo caso, el nivel de la cinematografía cubana es tan bajo, que este producto, siendo mediocre, está a un nivel “outstanding” en comparación con todo lo que sale del intramuros. En hechura, no en historia, porque lo que cuenta Padura es una reverenda mierda. Sin embargo, y por ejemplo, sonido, fotografía y actuaciones superan con creces todo lo que ha venido de allá en los últimos 30 o 40 años. Hay que acotar, tal y como me recuerda el amigo Roberto Madrigal, que todo el equipo técnico estuvo conformado por un mixture entre colombianos y españoles. De allí la modernidad visual que acompaña a esta pieza.