Los documentales El Mégano y PM representan dos ejemplos de censura en la historia del cine cubano. Sin embargo, ambos cortometrajes tienen la singularidad de haber sido censurados por razones diametralmente opuestas, asimétricas. Con la realización de El Mégano se inicia el llamado cine revolucionario. Sin dudas, el mismo es una vislumbre del rumbo que tomaría la industria cinematográfica con el triunfo de la Revolución, en 1959.

Entonces, no debe extrañar de que El Mégano cuente, en su equipo de realización, con figuras claves del cine postrevolucionario, tales como Julio García Espinosa, Tomás Gutiérrez Alea, Alfredo Guevara y José Massip: todos ellos pioneros del ICAIC (Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos).

Tras una etapa de aprendizaje en el Centro Sperimentale di Cinematografía de Roma, los codirectores de El Mégano, Julio García Espinosa y Tomás Gutiérrez Alea, regresan a la Isla imbuidos por la impronta que en ellos dejó el neorrealismo italiano. Estética que, por su enfoque sociopolítico, estos realizadores consideraban la apropiada para reflejar la realidad cubana a finales de la década del cincuenta, dada la tensa situación política que vivía el país durante esos años de la dictadura de Fulgencio Batista.

El escenario de realización de este documental es esa zona que constituía la otra cara de la moneda en la Cuba republicana: el campo cubano. Si existía una zona verdaderamente desatendida y que daba claras muestras de desigualdad social era, sin dudas, la zona rural. Por eso, el rodaje de este cortometraje se produce a plena luz del día, iluminando los rostros mugrientos de los carboneros de la Ciénaga de Zapata, sus protagonistas.

Por otra parte, corren los primeros años del triunfo de la Revolución. En 1961, tras la invasión de Bahía de Cochinos, los discursos incendiarios y kilométricos de Fidel Castro pretenden mantener en vilo al pueblo, alertando sobre una invasión norteamericana. No obstante, dos jóvenes cineastas salen a la calle con su cámara y, al mejor estilo del Free Cinema, captan lo ya acostumbrado: el jolgorio nocturno en plena urbanidad habanera.

En circunstancias aparentemente hostiles, Sabá Cabrera Infante y Orlando Jiménez Leal recuerdan en PM que una inminente guerra no era escollo para frenar la tradición ni el espíritu alegre del cubano, y menos aún a esa hora en que la luna es una exhortación carnavalesca. PM es otro homenaje a la noche cubana, al sentido hedonista de la cubanidad, que seguía aflorando, a pesar de la atmósfera caldeada por truenos beligerantes.

Como mismo lo plasmó Guillermo Cabrera Infante en sus Tres tristestigres, en tiempos de luchas clandestinas y huelgas estudiantiles en La Habana prerrevolucionaria, ahora también lo hacían con sus lentes cinematográficos su hermano Sabá y su colega Jiménez Leal. No en vano, Jean Paul Sartre, en su visita a Cuba por aquel entonces, se preguntó: ¿No sé si a esto se le puede llamar efervescencia revolucionaria o cumbancheo revolucionario?

La pobreza rural y la noche habanera

El Mégano tiene la virtud del lenguaje visual. Las imágenes hablan por sí solas. La pobreza en una zona rural cubana. El trabajo arduo reflejado en los rostros tiznados y sudorosos de los carboneros. La niña que carga en sus brazos una rústica muñeca, mientras que su infancia transcurre al cuidado de los hornos. Cuando se acercan los capataces o patrones, la música trasmite toda la tensión del momento.

La cámara revela, en las expresiones de los carboneros y patrones, el antagonismo existente. Y, por supuesto, nunca faltan los que llegan a estos lares exóticos por puro esparcimiento ocioso o turístico, como esos que atraviesan en bote la ciénaga desde el lado cómodo de la vida y saludan a prudencial distancia a sus harapientos y desdentados residentes, como otra especie rara de este hábitat, que, al menos, les despierta cierta curiosidad. Ya es la hora de recibir el mísero salario y, de repente, vocifera un carbonero: “Hay que acabar con esto”. Pero se acuerda que deben regresar al horno, porque allí se encuentra la niña cuyo mundo de fantasías es muy alto para descender al subsuelo de los rigores de esta dura realidad. Así lo sentencia el rostro final del carbonero.

Ya es de noche. Comienza PM. La lancha atraca en el muelle de luz. Allí están los bares del puerto habanero, y, por tanto, el ron, la música y esos cuerpos que son puro movimiento. La noche invita a unos tragos que se mezclan con el humo del habano y las palabras al borde de una barra. Pasan mujeres de zigzagueantes caderas y hombres de tumbao rumbero. Los músicos se adentran en la noche; sus rostros sudorosos son la prueba del intenso goce nocturno. Mientras tanto, las caderas zigzagueantes de las mujeres se acoplan en un guaguancó y una rumba con el tumbao de los hombres.

Los tambores, los timbales, las trompetas, son las estrellas emblemáticas de esta noche. De esa noche que ya comenzaba a ser cuestionada, espiada, absurdamente censurada, sin que lo supieran aún esa gente de pueblo, esos trabajadores portuarios que ya abordaban la lanchita de Regla —ese ultramarino pueblo habanero— para regresar exhaustos de goce a sus hogares, como siempre lo dictaba la usanza capitalina. Ninguna guerra, ninguna movilización revolucionaria podía enlutar el corazón cumbanchero del cubano. La cámara de Sabá y Jiménez Leal hace un paneo definitivo sobre la aguas nocturnas de la Bahía de La Habana, acaso presagiando que la noche cubana será traicionada.

Castro y Batista

Al convertirnos en espectadores de estos dos documentales, con la distancia y la consiguiente frialdad que otorga el tiempo, podemos constatar otra de las torpezas en la historia de Cuba: la intromisión política en el campo de la cultura, hasta convertirse en un obstáculo para su libre gestación. La censura de ambos documentales lo corrobora.

El Mégano fue censurado por dar testimonio de las condiciones paupérrimas en que vivían los carboneros de la Ciénaga de Zapata, y PM, por reflejar el espíritu alegre y festivo de los habaneros, sin importarles las prioridades revolucionarias y patrióticas.

Por eso, esa otra realidad, retratada en PM, con raíces profundas e imperecederas —no la realidad coyuntural y efímera de las pancartas propagandísticas—, fue blanco de ataque por parte de Alfredo Guevara y sus acólitos ideológicos del ICAIC, dando al traste con la proscripción del documental y el cierre del semanario cultural Lunesde Revolución. El revanchismo de este grupo, que encabezaba Guevara, contra el de intelectuales de una línea más liberal, como Cabrera Infante y Carlos Franqui, se hizo evidente en este episodio oscuro de inicios del régimen castrista.

El Mégano constituyó la primera censura al tema revolucionario, a diferencia de PM, que fue la primera censura al tema contrarrevolucionario, calificativo éste que sólo podía tener cabida en la interpretación ortodoxa y mal intencionada de sus censores. Ambos documentales son paradigmas de circunstancias diametralmente opuestas cuyo modus operandi resultó ser el mismo: la imagen de la pobreza rural, censurada por la dictadura de Batista; la imagen del placer nocturno en la ciudad, censurada por la dictadura de Castro.