El hombre, flaco y desgarbado, yacía tirado sobre el suelo polvoriento y duro. Dolían los huesos y la carne. Era una noche fría allá en Argel. Acababa de recibir una paliza a mano de sus captores. Lo habían abofeteado atado en una silla. La sangre había manado de su nariz rota, de la boca, de los dientes y del alma. Y ahora, lanzado en medio de la celda oscura, entre insectos y deshechos, intentaba asirse a un destartalado banco con su mano tullida.

No había delatado a nadie. En fin de cuentas, la fuga había sido un acto de egoísmo supremo. O el intento de fuga. La oscuridad no había concedido ayuda. Jamás recibió cobijo ni confianza. De nada, probablemente, había servido el no atisbar sus pies descalzos cuando corría. Las cadenas pesaban y dolían. Y la oscuridad seguía allí, inamovible…

Metido en ese negrísimo agujero no podía precisar el paso del tiempo ni sabía si era noche o día o si la comida era almuerzo o cena. Si acaso algún irreconocible bicho trepaba por su cuerpo y se aposentaba allí, en medio de las cicatrices en el pecho. A veces resultaba entretenido.

Sabe Dios cuántas lunas desfilaron por el amplísimo cielo allá en Argel cuando el hombre creyó imaginar la presencia de otro ser en medio de las brumas. Podía, sin dudas, estar equivocado, pues no creía en fantasmas desde aquel terrible día en que la batalla había cesado y las huestes enemigas se habían apoderado de sus ropas y sus armas. Pero sentía otro aliento, percibía ese calor que solo proviene de la carne y de la sangre y que se irradia hasta trastocar casi cualquier cosa cercana. Sólo faltaba una evidencia. Y no tardó en llegar. La voz, histriónica y sonora, casi le susurró al oído:

-Yo soy el símil de tu vida, pues soy tu brillantez y tu esperanza y a mí deberás fama y fortuna.

¿Un genio salido de una lámpara como en una de esas historias del Oriente? ¿Un Belcebú tentador en busca de almas? ¿Un nuevo prisionero infiltrado a hurtadillas con la complicidad de los guardias celadores?

-¡Escribe, escribe, escribe! ¡Sólo escribiendo podrás paliar tanto dolor! ¡Ya llegará tu hora!

Intentó atisbar entre las brumas, más nada vio. De algún rincón indescifrable provenía aquella voz. Y no podía resistirse. ¡Era tan cruel la soledad! Se abandonó, rápidamente y por completo, a los dictados fantasmales de aquel acompañante. Y atesoró la memoria de lo dicho, casi más allá de lo humanamente posible, por años y años que transcurrieron con parsimonia y calma. Hasta que una mañana de sol voluminoso y cielo azul, ya en libertad, tomó la pluma y escribió sobre el papel una de las primeras frases de aquel compañero infatigable al que jamás le vio cuerpo ni rostro:

“En un lugar de la mancha…”