Uno de los poemas más representativos de la expresión conceptista en la obra de Francisco de Quevedo y Villegas, es el soneto, de corte satírico, A una nariz. Sin duda, el conceptismo en esta pieza es llevado a su más alto grado de exacerbación, hasta tocar los goznes de lo mordaz y caricaturesco, revelándonos la visión rebelde e inconforme que tenía el autor con respecto a su ámbito social, el cual consideraba una gran farsa. Este soneto también nos da testimonio de la audacia literaria de Quevedo, tal como podemos leer:

A una nariz

Érese un hombre a una nariz pegado,
érase una nariz superlativa,
érase una nariz sayón y escriba,
érase un peje espada muy barbado.

Era un reloj de sol mal encarado,
érase una alquitara pensativa,
érase un elefante boca arriba,
era Ovidio Nasón más narizado.

Érase un espolón de una galera,
érase una pirámide de Egipto,
las doce Tribus de narices era.

Érase un naricísimo infinito,
muchísimo nariz, nariz tan fiera
que en la cara de Anás fuera delito.

Estos endecasílabos confirman el talante conceptista de Quevedo, de una forma muy singular. El poeta parte de la nariz como símbolo y, en torno a ella, deja que fluya su torrente estilístico – pletórico en metáforas-, de una manera aparentemente desordenada e inconexa, como velo tras el cual yacen significados o expresiones conceptuales. La atmósfera poética que se produce alrededor de la nariz alcanza la deformación o exageración que autoriza la hipérbole, la cual Quevedo emplea para ridiculizar la realidad. Cada verso constituye una unidad independiente que gira alrededor de su eje: la nariz.

Desde el primer verso, la nariz se presenta como símbolo negativo, monstruoso. De ahí que el poeta aluda al hombre pegado a la nariz, como si ésta fuera un órgano prescindible por su carácter malsano: la nariz es más grande que el hombre, superlativa. Luego en el tercer verso nos dice: “Erase una nariz sayón y escriba”. Aquí la monstruosidad puede ser letrada, al remitirnos a un verso de un soneto escrito contra Góngora: “Tiene de sayón su valentía”. Entonces en el cuarto verso consigna: “el peje espada es muy barbado”. Este verso tiene dos vías interpretativas apelando al equívoco. El peje puede ser un hombre de nariz superlativa o un pez espada de grandes aletas o barbas; en efecto, una nariz por cuyos orificios brotan los pelos. El binomio pez-hombre queda emparentado por la nariz y su componente alegórico. Otra analogía hombre-animal aparece en el séptimo verso: “Erase un elefante boca arriba”. Ahora el hombre es comparado con un elefante por tener la nariz tan grande como una trompa, es decir, la nariz es un apéndice animal, o monstruoso, adherido al ser humano. En la estrofa final podemos leer: “Erase un naricísimo infinito/ muchísimo nariz, nariz tan fiera/ que en la cara de Anás fuera delito”. Otra vez Quevedo tensa su arco hiperbólico para aludir a la nariz como un mal interminable, tan fiero como un animal en el rostro de Anás, nombre judío cuya etimología significa “sin nariz”. Este elemento antitético denota el sentido negativo de la nariz como apéndice maligno, a tal punto que en el rostro de un chato se convierte en un delito.

Al hacer esta breve disección del soneto A una nariz, podemos constatar la complejidad conceptista de Quevedo. El rechaza el culteranismo de Góngora porque en éste predomina el ornamento suntuoso y la verbosidad sonora, con una afectada búsqueda de perfección y belleza formal; pero esa aversión no lo hace caer en la frase llana que podría convertir un poema, como el que hemos analizado, en un discurso simplista y ramplón. Para ello se vale de una serie de recursos estilísticos que lo distancian del conceptismo facilista de otros poetas de su época. En la obra del poeta madrileño, contenido y forma marchan a la par, precisamente porque supo revelarnos su pensamiento -muy arraigado al ideal moralista de su tiempo- por medio de la riqueza de su instrumental estético. El barroquismo conceptual de Quevedo, como hemos visto en el soneto A una nariz, es un contraste de luz y sombra, de fuego y nieve; por eso en su más acendrada tendencia satírica -descarnada y procaz- nos aguarda un Quevedo sediento de justicia y de virtud humana.