ONANISMO LITERARIO

Es fácil estar a solas con mis letras
sacar la artillería de su guarida
liberarla del encierro sometido
cuando la visita interrumpe el rapto
el clímax de caricias a diez dedos
con veintisiete viabilidades de posicionar
el pensamiento
mientras lo penetro
con las yemas de los dedos,
taquigrafía veloz de amante en celo.

Insaciable es el libido
de mi amante la palabra
ella y yo, a solas
sabemos satisfacernos
con el simple roce de un botón
vibramos con cada golpecito
que recibe el teclado
cuando los versos braman sus tropos.

Es fácil gratificar desnuda el deseo.
Las manos se deslizan solas
sobre la henchida piel del teclado
las grafías gimen agradecidas
marcando la tonada de la orquesta
que conduzco hasta el final del desfile
sintiéndome plena con mi amante poesía.

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HERENCIAS

No sé en qué momento
mis hermanas me habitaron,
cuándo saquearon mi cuarto
para mudar sus pertenencias
y amueblarme de sus sueños.

No comprendo cómo la abuela
se vistió en mis labios,
balbuceó opiniones y decidió mi futuro
y mi madre dibujó en mi rostro
esta máscara gemela suya
con todas sus preocupaciones
maquilladas en el perfil.

No recuerdo cuándo mis primas
me calzaron sus convicciones
para marchar juntas con carteles de protesta
ni en qué día mis tías llegaron de visita
y se apoderaron de todos los rincones
solitarios de mi hogar.

He empacado miles de maletas,
llenado sus barrigas de sueños truncados.
Desempaco y me pruebo las ropas legadas,
algunas son anchas e infinitas como el mar
permiten nadar sin restricciones,
otras son estrechas y anticuadas
cortan la respiración, confinan las pasiones.

No sé por qué mi sangre pesa como un tanque
lleno de sobrevivientes de otras guerras,
y cuando caigo, un batallón de almas me recoge
para sanarme las heridas con su botica de remedios.
Por qué será que soy cien mujeres en una,
híbrido de posibilidades vírgenes,
y siento en mi piel el dolor y la risa
de todas las guerreras que heredé.

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LA HIJA DEL LECHERO

Dicen
que no parezco lo que soy
mi piel blanca

nube solitaria en cielo umbrío
mis cabellos

rayos de un sol nórdico
mis caderas

estrechas sin masa y melaza.

Dicen
que enuncio las palabras diferente
mi dicción es demasiada correcta
sin cambiar la erre ni omitir las eses
muy castiza e irreprochable para la burla.

Dicen
que no represento el folclore del pueblo
los símbolos patrios, la mancha de plátano
ni los míos me reconocen como hija
soy el enigma de un injerto mal concebido.

Me llaman hija del lechero
güera, gringa, polaca
pote de leche, Casper el fantasma
nota discordante, alienígena
la oveja blanca de un rebaño cobrizo.

Digo
que el estereotipo es la ficción del prejuicio
el chiste que sólo hace reír al ignorante
la excusa barata de un odio costoso
que cobra vidas y deja pérdidas insalvables.

Soy hija de migraciones y conquistas
civilizaciones que han preñado mi ADN
(algunas con amor otras sin permiso ni clemencia)

Soy la voz inquebrantable
de un caracol poblado de olas.
La melodía de un coquí trasplantado
sobreviviente de inviernos y extinción.

Soy arena, ríos, montañas, mares
puerto millonario en donde anclan
todas las especies humanas.

Soy la piel de Dios
multicolor y ciega de razas.

Soy de un pájaro las mil alas
con un mismo corazón
con la misma sangre
y los mismos sueños.

Soy lo que parezco ser:
¡Patria!

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CIUDAD DE VIENTOS Y FANTASMAS

Carnicera
la ciudad afila sus navajas de cristal,
estalactitas colgadas al borde de las casas
como decoraciones navideñas a la espera del verano.

Al este
el lago sirve de frontera o precipicio:
los peces despiertan asfixiados
cuando el frío se derrite en la arena.
La ciudad vive su prisa desvelada;
sonámbulos buscamos un ancho hombro
donde recostar nuestros sueños.
Las pesadillas dibujan grafitis en los muros divisorios
y la nieve acumulada se torna indiferente y hostil.

Hablo de una ciudad con sabor a cebolla silvestre,
bulevares decorados con árboles de hojas perennes,
parques vacíos alfombrados de maleza,
taquerías abiertas hasta la madrugada
y eloteros campaneando con sus dedos
los deseos de ser vistos en su anonimidad.
Una ciudad sobreviviente de llamas,
reconstruida por manos de todas las coordenadas y credos.

Ciudad que en los días de nostalgia
se torna espejismo de San Juan.
Hay un parque llamado Mariano
que podría ser la Plaza de Armas.
La avenida Milwaukee se confunde con la Ponce de León
y la Division se me antoja cualquier calle en Río Piedras.
Por eso estoy bilocada:
mis pies se congelan con la apatía del invierno,
pero mi cuerpo arde con el sutil látigo del trópico.

Hoy no sólo hablo de mi ciudad,
sino de todas las ciudades que poblamos de fantasmas.
Macondos latinoamericanos en el epicentro del desprecio
adonde emigramos y renacemos
y no morimos nunca cuando debemos,
sino cuando podemos abrazar la soledad.

Y así construimos ciudades, ladrillo a ladrillo,
ventana y puerta, alma y sangre.
Dejamos nuestras pisadas impresas
en el cemento derramado en sus aceras,
y sacrificamos nuestro honor
como ofrenda a la Diosa Ciudad
para que nunca nos olvide
y seamos parte de su historia.