Antonio Gramsci es la figura más importante del marxismo italiano. El comunismo resultó uno de los movimientos político-religioso más potente de su tiempo y Gramsci no se ubicó fuera de esta corriente, sino que contribuyó a la misma, robusteciendo su tendencia mesiánica.

Gramsci representaría la vuelta a Hegel, aunque no llegaría a la anti-ortodoxia marxista, en la cual figuraron Rosa Luxemburgo y Lukács. En ello el alemán Karl Kautsky no sólo se adelantó, sino que fue más allá al rechazar el leninismo. Su crítica al marxista italiano Amadeo Bordiga fue un mero reflejo del cisma soviético León Trotski-Josef Stalin, al tomar partido por este último.

Gramsci sólo buscó modernizar el marxismo con una vuelta a W. Hegel, confrontando además la filosofía con la ciencia. Pero su “modernización” no lo llevó a denegar de la revolución bolchevique, a la cual consideró como un ejemplo de adaptarse con flexibilidad a las circunstancias histórica.

Según Gramsci el análisis de Carlos Marx implicaba una lenta evolución ante la necesidad de los hombres de organizarse en la voluntad; ante la necesidad de una incesante continuidad y multiplicidad de estímulos exteriores. Para él la crítica histórica del marxismo captaba la realidad de manera inteligible, en la cual las dos clases del mundo capitalista creaban la historia a través de una larga lucha.

Parafraseando a Gramsci, se trata de una apresurada carrera donde la masa se halla siempre en ebullición y el caos-pueblo se hace cada vez más consciente de su propia potencia y capacidad para asumir la responsabilidad social, para devenir árbitro de su propio destino.

Mientras que Marx acentuaba la trascendencia de las condiciones objetivas para el cambio del capitalismo al socialismo, Gramsci elaboró la teoría del consenso como doctrina subjetiva para la revolución, aprovechando la experiencia bolchevique.

Para Gramsci las condiciones y posibilidades de la transición al comunismo emergían del contexto específico de cada país, algo que se facilita con el establecimiento de una hegemonía sobre la sociedad civil, como preparación para la conquista del poder.

Marx no elaboró una filosofía de la praxis y, bajo la influencia de Engels, el materialismo histórico experimentaba una tendencia a desplazarse hacia el materialismo dialéctico (en el sentido naturalista) con interpretaciones de “voluntarismos”
, “subjetivistas”, o “metafísicas”.

En su análisis del capitalismo de su época, que consideraba diferente al de Marx y Engels, Gramsci apuntaba que el sistema había entrado en una nueva fase de desarrollo ascendente determinado por el fordismo y el taylorismo, los cuales resultarían esenciales para el futuro de la producción y la tecnología.

Gramsci a polemizar con el filósofo Benedetto Croce de la misma manera que Marx se enfrentó a Hegel. El marxismo oficial se inclinó a privilegiar la base estructural (economía) y a considerar la supra-estructura política, institucional, cultural como una mera consecuencia de la primera, interpretando la historia como una continuación de la historia natural, en la que la realidad es externa al ser humano y el conocimiento un reflejo de la misma.

A diferencia de este “marxismo oficial” nacido en Marx, que supedita la superestructura a las relaciones de producción, Gramsci le otorga una dimensión autónoma a la superestructura, e invierte esta relación del bloque social, donde la economía deja de tener un papel predominante, la producción intelectual adquiere función histórica y el materialismo histórico llega incluso a subordinarse al voluntarismo.

Gramsci rechaza la lucha de clases y propone la cooperación con otras fuerzas sociales para construir una nueva sociedad. Es la consideración del filósofo y sociólogo Adam Schaff al sostener que el fiasco del “socialismo real” en el ex bloque soviético se debió al impedimento no haber alcanzado previamente el consenso ampliamente mayoritario de la población.

Gramsci sería un adversario de la línea reformista desgajada de la II Internacional y un defensor de la revolución bolchevique, compartiendo la tesis leninista de saltar etapas, anteponiéndose de tal manera a la interpretación gradualista del devenir histórico.

Gramsci apunta que no podía prever la guerra europea y los efectos que ella tendría, sobre todo en Rusia. Por eso reflexionaba que la revolución bolchevique se componía más de ideologías que de hechos al considerarla una revolución contra El Capital de Marx. Así, consideraba que algunas afirmaciones de El Capital no eran marxistas, al plantearse como una doctrina de afirmaciones dogmáticas e indiscutibles.

¿Por qué debía esperar que en Rusia se forme una burguesía, que se suscite la lucha de clases para que nazca la conciencia de clase y sobrevenga finalmente la catástrofe del mundo capitalista?

Para Gramsci los bolcheviques son la expresión espontánea, biológicamente necesaria, para que Rusia evitara el abismo de la revolución democrático-burguesa de febrero de 1917; con ello, el pueblo ruso ha recorrido estas experiencias con el pensamiento de una minoría, la de los bolcheviques, quienes, a nombre del proletariado, alcanzarían la madurez económica que en Marx es condición del colectivismo.

Gramsci sigue sólidamente vinculado al pensamiento de Lenin, ya que sus alianzas no las plantean entre los partidos políticos, sino entre las fuerzas sociales guiadas por el Partido Comunista, para aniquilar al Estado burgués y sustituirle por una dictadura proletaria. Así, trató de imprimir un nuevo aire al marxismo, buscando elevar su concepción filosófica, ya en plena etapa de vulgarización.
Era evidente entre los marxistas de que el proletariado como clase no actuaría contra el sistema que supuestamente lo explotaba, amén de que su peso específico decrecía, mientras otros sectores económicos, como el de servicios, se expandía suplantándole como el principal creador de la riqueza social.

El pensamiento marxista post-leninista devendría en la continuación del idealismo italiano y alemán, que rechazaba siempre los hechos económicos como máximo factor de historia, y ubicaba a la sociedad de los hombres, una voluntad social, colectiva.

El hecho de que el marxista italiano Antonio Gramsci planteara que la “dictadura del proletariado” no podía reducirse a la del Partido Comunista, no lo hizo un pensador marxista moderno pues, el pluralismo, el pluri-partidismo, la alternancia de mayorías y minorías, el gobierno parlamentario y todo lo demás no se encuentran en su ideario. Para Gramsci no bastaba la noción de “partido de vanguardia” en lugar del proletariado, sino que era necesaria un cambio cultural, nuevos valores para conquistar la hegemonía e implantar el socialismo.

La identificación filosofía-política-historia compone la médula de su noción de marxismo, buscando enfatizar el factor subjetivo de la espiritualidad, de la ética y de la estética, configurando una relación diferente entre sujeto y objeto, entre medio y fin.

El énfasis del factor humanístico en la realidad social contribuyó a que Gramsci introdujese en la teoría marxista, su concepto de sociedad civil, aunque ya este juicio era parte de la tradición dialéctica marxista. Para Lenin y el resto de la socialdemocracia rusa, en la sociedad civil se mezclaba la existencia material asociada y se insertaba en la dimensión estructural. En Gramsci, la sociedad civil, con su textura de instituciones de función social (iglesia, partidos, sindicatos, la prensa, los centros productores culturales e ideológicos), se encuadraba en la superestructura.

Según Gramsci, es en la sociedad civil desarrollada por el Estado moderno donde se halla el mecanismo para conquistar el poder, de aquí la importancia de la “intelectualidad orgánica” para la clase que el partido comunista representa como su punta de avanzada. Gramsci simplemente retoma aquí lo que ya Lenin había elaborado sobre la teoría de la hegemonía.

Al atribuir a la intelectualidad un papel rector en su teoría de la revolución socialista, esta podía tener lugar en un país cuyo desarrollo capitalista no estuviese maduro del todo, gracias al protagonismo de la vanguardia comunista capaz de arrastrar tras sí, mediante consenso, al arco iris de los sectores de la sociedad civil y al proletariado incipiente.

La democracia en Gramsci quedaba reducida a un mecanismo de movilidad social, a una mera preponderancia de la clase dirigente regida por un grupo rector. Tal diseño “gramsciano” resulta una especie de totalitarismo eclesial, a un monolitismo político, económico y cultural, de un Estado contrario a la sociedad abierta.

De particular relieve es su concepto subjetivista de bloque histórico en el cual existe una interacción entre la base y la supra-estructura, en la cual los fenómenos culturales y espirituales poseen una mayor relevancia en la sociedad que la concedida por los marxistas ortodoxos.
Es lo que Georg Sorel ha definido como “bloque histórico”, cuya fuerza material es el contenido mientras la ideología es la forma, una condición abstracta.

Es la calificada filosofía de la praxis, un canon de experiencia empírica, que comprende entonces la globalidad de la acción humana: la transformación revolucionaria de la realidad, con el partido proletario como intelectual colectivo.

Gramsci se nutre también del pensador toscano Nicolás Maquiavelo, a quien considera un precursor del jacobinismo, cuando afirma que el partido comunista es como el príncipe ilustrado que se adjudica el papel de un príncipe dominante. El Partido-Príncipe constituido por intelectuales sumergidos en la vida práctica, los cuales devienen en sus “dirigentes orgánicos”, se ubica al vértice de la pirámide social y política del nuevo mundo imaginado por Gramsci.

Así, la clase obrera ubicada en el centro del teorema marxista fue disculpada por abandonar la lucha revolucionaria bajo la excusa de que no tenía la capacidad para emanciparse por sí sola y que necesariamente la vanguardia comunista debía asumir el mandato de representarla. Esta fue la tesis elaborada por Lenin y que Gramsci retoca con su partido de “intelectuales orgánicos” cuya misión era edificar un consenso en la sociedad civil para suplantar la falta de aptitud de la clase obrera.

Luego de las carnicerías de la Primera Guerra Mundial, se discierne que el marxismo con su mesianismo pudiese suplantar al del cristianismo. El Partido Comunista como una comunidad religiosa del cristianismo primitivo; una religión en el sentido que sobre su misión existe una fe, con sus mártires y practicantes, sustituyendo la conciencia del Dios trascendental católico por la fe en el humano y su energía como única realidad espiritual.
En el campo estético-literario Gramsci afirma debe existir un nexo indestructible del intelectual con el pueblo. De ahí su polémica contra el cosmopolitismo influido por la Iglesia en la formación intelectual y contra el apoliticismo, vicio histórico de la cultura a partir del Renacimiento.

Así, esta intelectualidad se transforma en una casta sacerdotal cuando logra la “unidad orgánica”, cuando pasa a ser funcionario de la superestructura, al servicio de un diseño político muy lejano a la democracia liberal. Esa es la razón por la cual el marxismo obtuvo tanto éxito entre los intelectuales, al prometer la solución del problema mediante una nueva civilización que les otorgaría una posición y prestigio superior a los obtenidos en el pasado.

Antonio Gramsci no fue un renovador del marxismo, ni un aire fresco humanista; se quedó anclado en una concepción clasista, leninista y estalinista, en la cual el marxismo es una doctrina de salvación.