Temprano en la mañana del 10 de octubre de 1900 —año cerrado y para algunos el año que dio principio al siglo XX, hasta ahora el siglo más sangriento y loco de todas las relativamente pocas centurias que ha vivido la humanidad—, el profesor de otorrinolaringología Maurice A’Court Tucker, asistido por el galeno Paul Cleiss, intervenía quirúrgicamente en la habitación de un hotel de París (eso no era infrecuente entonces entre gente de cierta posición económica y los hoteles probablemente eran algo más seguros que los tétricos hospitales de la época), el Hotel d’Alsace, al paciente Oscar Fingal O’Flahertie Wills Wilde, nacido 46 años antes en Dublin, Irlanda.

La cirugía practicada al enfermo de marras fue, casi seguramente, una mastoidectomía radical bajo anestesia clorofórmica. Una técnica muy cruenta —se perforaba con un taladro de mano el hueso mastoides hasta llegar al oído medio e interno— ejecutada para drenar un absceso purulento, secuela de una otitis crónica adquirida por el paciente a causa de un traumatismo no del todo aclarado, sufrido mientras se encontraba en prisión unos cuatro años antes.

La evolución postquirúrgica del enfermo fue relativamente buena durante las primeras semanas, pero después el convaleciente presentó dolor en el oído afectado, en los ojos, en la cara y en toda la cabeza que se incrementaba por momentos, fiebre muy alta en picos, temblores, sudoraciones y una serie de trastornos neurológicos propios de una recidiva de la infección ótica, complicada ahora con una meningoencefalitis bacteriana aguda. Ni que decir que en la era preantibiótica no se contaba ni remotamente con un tratamiento adecuado para una complicación de semejante envergadura.

Quedaba, si acaso, rezar.

El enfermo expiró, ya inconsciente, el 30 de noviembre del mismo año 1900, menos de dos meses después de la intervención quirúrgica. Al fallecido, mundialmente conocido como Oscar Wilde, le había ido más o menos bien en la vida hasta seis años antes, en que el amor, ese bastardo, lo arrastró a la desgracia.

Repasemos, muy brevemente, la biografía de Wilde.

Su padre, William Wilde, era un famoso y adinerado –ironías del destino− otorrinolaringólogo y su madre, Jane, una reconocida artista y activista política (escribía su poesía virulentamente nacionalista irlandesa bajo el pseudónimo de «Speranza» pero todo el mundo sabía que era ella). En su niñez, gracias a sus niñeras e institutrices aprendió el francés y el alemán con corrección y ya en su adolescencia y juventud estudió concienzudamente a los clásicos griegos y latinos, lo que le dio una amplia y muy sólida cultura y un lenguaje refinado y preciso. Tuvo un romance juvenil con la bellísima Florence Balcombe que terminó abruptamente cuando ella abandonó a Oscar por Bram Stoker, el autor de Drácula.

La decepción amorosa con la Balcombe parece haber sido muy dolorosa para él. De esa experiencia quedó la frase: the two sweet years, the sweetest years of all my youth que Oscar escribió, refiriéndose a los dos años de noviazgo con la chica, en una carta herida pero muy cortés y contenida, y quizás quedó también una duda profunda y callada sobre su propia masculinidad, pero solo estoy especulando.

Unos pocos años después, ya radicado definitivamente en Londres, conoció a la exquisita e ingenua Constance Lloyd, con quien se casó y tuvo dos hijos, Cyril, el primero, y Vyvyan, justo un año más tarde. Se ha discutido mucho por los biógrafos de Wilde sobre si el segundo embarazo de Constance —parece ser que engordó mucho y aparecieron estrías abdominales, manchas en la cara y edemas en las piernas de ella— hicieron que Oscar, aunque con pena, la rechazara sexualmente. No sabemos lo que había en su cabeza pero si sabemos que la homosexualidad era un delito punible en Inglaterra en la Era Victoriana e incluso bastante tiempo después (El suicidio del acosado y enjuiciado genio de las matemáticas y héroe de guerra Alan Turing después de la Segunda Guerra Mundial lo demuestra), lo que llevaba a muchas de estas personas a matrimonios indeseados, incluso arreglados, pero casi siempre infelices.

Pero esta tormenta estaba ocurriendo solo en el mundo personal de Wilde. Para el mundo externo el matrimonio Wilde carecía de penurias económicas, era bien llevado y feliz y Oscar, con el apoyo de su mujer, crecía cada vez más como afamado escritor y dramaturgo con la publicación de El retrato de Dorian Grey, La importancia de llamarse Ernesto, El abanico de Lady Windermere, El Príncipe Feliz y otras historias, Una mujer sin importancia, Un marido ideal y otros éxitos que han perdurado hasta hoy. Diremos de paso que la residencia victoriana en la que vivieron Constance, Oscar y sus hijos es aún hoy un muy visitado sitio de peregrinación turística.

Por tanto, todo marchaba bien, muy bien, hasta… hasta que Oscar conoció a Bosie, conocido en la alta sociedad británica como Lord Alfred Douglas, un joven aristócrata e hijo mimado del Marqués de Queensberry.

Oscar perdió completamente la cabeza por el muchacho (la vida demostraría que no lo era tanto) y comenzó a cometer errores. El más grave fue dejarse manipular por Bosie para acusar al Marqués de calumniador —libelista en realidad— basándose en una tarjeta personal que el hombre le había dejado a Wilde como un insulto (Queensberry aseguraba que Oscar había arrastrado a su «angelical» hijo al mal camino) y en la que había escrito: For Oscar Wilde posing Somdomite, así, con S mayúscula y una m intercalada.

Téngase en cuenta que de demostrarse el delito de «libelismo» el Marqués podía ser condenado incluso a prisión. Pero el señor Marqués podía escribir ciertas cosas ofensivas bajo el efecto de la ira pero no tenía un pelo de tonto cuando de abogados y tribunales se trataba, y el que se había metido de lleno entre abogados y tribunales era el propio Oscar, pirado por el taimado Bosie.

Para quitarse de arriba la acusación de «libelista» el Marqués solo tenía que probar que lo que había escrito en la susodicha tarjeta era verdad (el delito de libelo solo era tal si se trataba de una calumnia demostrada) y si lo probaba, lo que no parecía ser difícil dada la desbocada afición de Oscar por Bosie (y por otros anteriores como el joven Robert Ross), pues entonces el que iba a la cárcel era Oscar, justamente por sodomita.

Y para colmo, Oscar, que en el fondo era un cabezadura, no se defendió conservadoramente intentando demostrar su inocencia sino que apeló a una teoría de su invención a la que denominó la «amoralidad del arte». En otras palabras, su relación con Bosie era una forma de “arte” y el arte no es ni moral ni inmoral, sino amoral. Ni que decir que esto lo hundió aun más, convirtiédolo en motivo de escándalo y burla entre los miembros de la sociedad londinense, una sociedad de la que el mismo había formado parte hasta hacía muy poco.

Fue condenado a dos años de prisión. En ese relativamente breve período (para el pobre Oscar ese lapso de tiempo fue infinito) conoció las cárceles de Newgate, Pentonville, Wandsworth y Reading Gaol, esta última la peor de todas, lo que no quiere decir que las otras fueran buenas. Nada de eso, y piense el lector lo que significaba en aquel tiempo —y en los anteriores y posteriores— caer en prisión por sodomita.

En Reading fue ubicado en el pabellón C (tercera letra del alfabeto) en el tercer piso y en la celda # 3 = 333 y, quizás por lástima o por el poco de respeto que su condición social y su fama aún le conferían, le permitieron algunos libros y unas resmas de papel que él gastó casi completamente en escribir larguísimas cartas a Bosie, cartas que este negó posteriormente haber recibido.

Bosie, nadie se va a sorprender, lo abandonó por otros. Su mujer, Constance, también lo dejó, se cambió de nombre y le retiró legalmente la patria potestad sobre sus dos hijos. El, casi inmediatamente de salir de prisión, convertido en la sombra de sí mismo, se embarcó para el continente y nunca más volvió a pisar suelo británico o irlandés. Es el período que sus biógrafos han denominado el exilio francés de Oscar Wilde.

Trató —todavía era un hombre bastante joven y le quedaba quizás un rescoldo de fe en sí mismo y en los demás— de unirse a un retiro religioso en la «Sociedad de Jesús», una institución de la Iglesia Católica que acogía a pecadores arrepentidos, pero no lo aceptaron. La sodomia era demasiado para ellos. Terminó entonces, que remedio, en los brazos de su antiguo amante Robert Ross, que tenía una villa en la costa del norte francés. Oscar, sin dudas, podía haber gritado aquello de «llamé al cielo y no me oyó».

Allí escribió The ballad of Reading Gaol, que no trata sobre sus penurias en la cárcel, como algunos que no lo han leido creen, sino sobre la ejecución del asesino convicto Charles Thomas Wooldridge, y luego… pues luego se reencontró con Bosie en Rouen. El encuentro duró poco pues la familia de Bosie lo amenazó con retirarle los fondos y Constance, que le enviaba algo en secreto de vez en cuando a Oscar, también le advirtió que no lo haría más si seguía adelante con esa relación.

Ese fue el final.

En uno de sus ensayos Wilde había escrito: «A veces podemos pasarnos años sin vivir en absoluto, y de pronto toda nuestra vida se concentra en un solo instante».

Clínicamente, Oscar Wilde murió de una infección ótica complicada, pero… ¿no es acaso posible que muriera de pena?