El último libro del poeta Joaquín Gálvez lleva por nombre “Hábitat”( Neo Club Ediciones, 2013). Gálvez también ha publicado los poemarios “Alguien canta en la resaca”, “El viaje de los elegidos” y “Trilogía del paria”, poemas suyos también se encuentran incluidos en numerosas antologías. El primer poema de “Hábitat” se titula “Balada del Purgatorio”, su primer verso aparece como un relámpago desprendido desde la alta imaginación de Cavafis, de su famoso: recuerda, cuerpo, cuando fuiste amado”. Joaquín Gálvez nos lo confiesa en un contexto diferente de la memoria amatoria :””Mis dedos entre tus piernas en aquel cine de La Habana son hoy una balada que me justifica”, y continúa más adelante: “Madre, la luz de tu óvulo tiene un alma para hacer del barro una escritura. Dios juega con nosotros a la gallinita ciega”, y termina el poema: “Cultivo todos los días esta imperfección, como un árbol al que lo abandona la primavera”. Desde el primer poema percibimos el torbellino introspectivo que conlleva a la pulsión poética que se hace presente a través de toda la obra. El poeta recrea el mundo desde afuera con autonomía imaginativa. La separación de planos es nítida, sin compromisos retóricos que traben la espontaneidad y conviertan la expresión artificial. En otro poema erótico el poeta nos refiere: “Entre escombros yace una historia; el amor y su semiótica clandestina. Dos cuerpos que descubrieron otro cielo cuando habitaron un universo de cuatro paredes. Entre escombros yace la luz de un orgasmo, la humedad que los hizo libres, el paraíso de dos que no pudieron vivir conforme a lo divino”. El poeta se nos mueve siempre en pos de una nueva y mayor eficacia expresiva sin perder nunca la sinceridad que lo caracteriza.

Emerson distingue a los verdaderos poetas, los inspirados y los descubridores, de los diestros, los jardineros que traban en la superficie y que cincelan el lenguaje sin pensamiento original. Gálvez es de los primeros a que hace referencia el sabio de Concord: “La luna cumple su misión de guitarra y de puñal. He sangrado y he sonreído al borde de este precipicio: los labios de la vida. Por otro Claro de Luna, olvido que todos los días jugamos a la ruleta rusa”. Nos revela Gálvez en otro de los poemas de “Hábitat”.

Las imágenes, los versos de Gálvez abandonan la línea recta del pensamiento analítico por el pensamiento analógico como forma de expresión poética. Los poemas de “Hábitat” se desplazan ágiles; el siguiente poema es diferente al anterior. Página tras página debemos seguir la percepción del Poeta que nos empuja en diferentes direcciones. Una epifanía germina de un sustantivo en un verso; de un verbo, en otro; de un adjetivo, en otro verso. “Me condenaste a la oscuridad donde se ocultan tus pezones, a la pordiosera luz de este poema en la penumbra”, y en otro poema nos dice: “No tuve que ser el condenado de la última cena, para que el beso de Judas me encontrara. Fui el fugitivo de un abrazo, que se me fue convirtiendo en etéreo puñal”.

En el poemario, Joaquín Gálvez dedica tres poemas a tres grandes poetas y amigos en común, los tres fallecidos: Alejandro Fonseca, Eddy Campa, y Esteban Luis Cárdenas. Me referiré al poema dedicado a Esteban Luis por ser el más sufriente de los tres poetas en vida, confirmando el adagio martiano de “que a sus mejores hijos, desgracias da Naturaleza”. El poema comienza así: ” En el censurado aire de una isla, le presté mi voz a los pájaros, para que el vuelo nunca fuera el olvido. Y así me transformé en otro pájaro que volaba”. Y nada más revelador, pues así volando dejo nuestro mundo el poeta, sin mediar fecha ni mísera tumba donde ofrendarle un recuerdo y una flor, ya que Esteban Luis Cárdenas se nos extinguió  imperceptible, lentamente como se mueve el horizonte en las pupilas. Gálvez logra aprehender ese instante virtual y vital que es inmanente a la vida y a  la muerte del poeta que se fue y que no se ha ido, y nos lo traduce bellamente en versos al concluir el poema: “La vida me lanzó por los vericuetos de la muerte, pero yo le tendí mi don, sin saber que era una trampa. Y le oculté mi cadáver para que sólo me sobreviviera esta fiesta”. En cualquier biografía que se escriba sobre Cárdenas sería esencial incluir este poema.

Gálvez es subversivo, sabe que la poesía no responde a una sola forma de expresión, de pensamiento, por eso su poesía es expansiva, fluvial; nos lanza en direcciones plurales rechazando todo límite de pensamiento: de ahí su vertical humanidad, porque Gálvez sabe como Walt Whitman que se puede hacer bella poesía sobre pequeñas cosas. En “La zancadilla” el poeta nos manifiesta: “Espérala cuando se sienten a tu mesa el águila y la paloma. Cuando tu verdad sea como un candil que atraviesa la interminable oscuridad del rebaño. Espérala cuando tu verbo se convierta en árbol cuyos frutos escandalicen a sectarios e inquisidores. Cuando el ruiseñor se pose en tu voz, ante el ritual de los coros”. Existe un poema en “Hábitat”, “Cuento infantil para adultos”, que me trae la brisa de otro excelente poema, de la nobel polaca Wislawa Szymborska: aunque a diferencia de la polaca,  Joaquín se decanta por omitir el nombre del personaje que lo inspira. Por último quiero mencionar “Otra acepción de la lluvia”, un poema que Gálvez dedica a su padre y que me hubiese gustado haberlo escrito yo: “Cuando yo contemplo la lluvia, vuelvo a conversar con mi padre. Acaso porque la lluvia es su rostro ubicuo, el territorio donde siempre se reúne con este hijo que se fue al extranjero. Y ahora sé por qué llueve: nunca nos separamos en el espíritu de la lluvia”.