Aquel monólogo sobre anarquía y literatura que escuché camino a la floristería de la Quinta y Décima jamaqueó mis trastornos. Me colgué de tu brazo evitando los charcos producidos por un fuerte aguacero de verano. Apretabas el paraguas que olía a agua fresca mientras me convencías de que yo podía ser una buena escritora. Como si Ser, ese acto sagrado de existir no fuese suficiente. Además debía destacarme en esa otra bifurcación que llaman oficio, acto creativo, devoción sin límites.

Ya yo reflexionaba sobre todo este asunto en mis pesadillas nocturnas.

¡Déjate llevar!, exclamaste. Dejarme yo. Que me deje apetecer a tus sentidos,  pedacitos de papelitos acumulados en una cuneta, y que el viento y el agua los encaramen dentro de su turbina magnífica. Sucedió en aquel año enmarcado por  implicaciones contundentes: senos al aire, pasto, barbas, blusas y accesorios de la India. Incienso.  Una sombra de incienso arropaba las calles McDougal y Bleecker y pese a todos esos  acontecimientos, todavía el mundo pertenecía a ustedes. Nosotras solo acompañábamos el carnaval y sus melodías, puesto que continuábamos detrás de la cocina con nuestros delantales puestos, como mozas perennes en una cafetería encantada. La pura realidad es que nunca dejaste de hablar sobre ti, elaborando referentes consecuentes a tu fortaleza intelectual, a tu gran capacidad para dirigir campañas políticas y militares, a tu extraordinario talento con la pluma.

En aquel momento y como un gesto de cortesía me miraste a los ojos y exclamaste: ¡Déjate llevar! Y así lo hice. Pensé en todo lo que dejaría atrás, en aquella realidad del otro lado con sus ramificaciones raras, pero llenas de colorido. En aquellos futuros veranos en donde el vaivén de las hojas de cada arbusto aseguraría una paz posible. Insisto en señalarte que esa meditación personal la llevaba a cabo colgada del brazo tuyo y sin que te percataras. En ese instante me quité el anillo de matrimonio y lo arrojé a una maceta de orquídeas. En cualquier lugar debe haber una orquídea concibiendo pétalos de oro y algo más,  porque siempre hay algo más.

Acostumbrarse a estar sola es como sentarse en el borde de un precipicio, con una maestra distante y vieja, que te brinda la guía perfecta para que te zumbes al vacío sin sentir pena y llanto, llanto, dolor, pena dolor.  Dolor, dolor, dolor, tanto dolor, dolor, dolor, pena, DOLOR.