Hace algo más de 30 años me visitó en mi casa, allá en la ya para siempre lejana Santa Clara, un escritor del cual yo había leído poco y escuchado mucho (sobre él).

Iba acompañado de un amigo común, un médico ortopedista que desgraciadamente se suicidaría unos años después.

El tipo, el escritor, tenía una mirada penetrante, jodedoramente penetrante, diría, no solo cuando la posaba en mí, sino asimismo en todo lo que estaba a su alrededor.

A mí aquella visita me estimuló, como le confiaría luego a Librado, el ortopedista mencionado, puesto que había tenido un “contacto cercano” con uno de los mejores y más olvidados escritores de entonces (y lo de “olvidado” continúa hoy, en mi opinión), acerca del cual, ya lo dije, había escuchado mucho.

Independientemente de lo que podrían hablar de él, como ser humano, aquellos que en la patria se hallan o se sienten o han sido elegidos o se han autoelegidos para dictaminar cuáles hombres son buenos y cuáles no —cuáles “gusanos” y cuáles “cubanos dignos”—, yo, en la medida en que la conversación transcurría me dije: este tipo, además de buen escritor, es buena gente.

Y me dije además. Y está loco. Tanto o más loco que yo.

El tipo, que entonces llevaba una cabellera fértil, de un gris acerado, de la cual, ya vemos hoy, le queda algo, era tan sencillo, o tan modesto, o tan tierno que al dirigirse a mí lo hacía de tal manera que los papeles quedaban invertidos: yo parecía el maestro y él aprendiz.

Como era, es, uno de esos locos que tanta falta le hacen a la humanidad, enumeró algunos de los avances de la ortopedia y asimismo opinó sobre ciertos detalles de esta especialidad médica, ya que de cualquier manera un médico de esta se hallaba presente.

Sigue estando loco. Cada día más hermosamente loco. Cada día más loco amoroso. Cada día, gracias a Dios, más niño: pues ya lo hemos dicho: el adulto que deja atrás todo vestigio de niñez, no resulta más que una piedra homicida, un hacedor en potencia de crematorios, un adicto a asesinar la paciencia del prójimo con discursos de 8 horas, un creador de “períodos especiales” o de mazmorras de alta tecnología.

Ahora, este chamaco de 88 años intenta una broma bonita: hacernos creer que alguien, o él mismo —en contubernio con la editorial española Verbum—, ha sido capaz de seleccionar Mis mejores cuentos —hermosamente estuchados por sus secuaces de Verbum— cuando en realidad, solo nos ofrece 213 páginas que incluyen nada más que 21 cuentos. Si bien, debemos de reconocerle que en esta entrega se hallan clásicos de la literatura cubana como “Después de la gaviota”, “Gato entrometido” o “Dos él”, en los cuales se pueden saborear a plenitud y a fondo algunos de los recursos estéticos de este muchacho obstinado: la fuerza del Destino —¿el valer del azar?—, lo cual incluye la mala o buena suerte y otro ingrediente que no ha faltado y que no podrá faltar en la cuentística de José Lorenzo Fuentes: el canto a la belleza física de la mujer, la carnalidad que muestran para con ellas los protagonistas masculinos; y no estaría de más agregar: el vigor de las mujeres insertas en los cuentos de de este autor (algo realmente singular en la narrativa cubana de todos los tiempos y que merecería un estudio aparte).

Otro punto que se anota Lorenzo en Mis mejores cuentos es que en el volumen se incluyen dos piezas hasta ahora inéditas: “Mascarón de proa”, relato que contiene una frase que tal vez represente en alta medida el credo estético del joven santaclareño: “La inmediatez lo empequeñece todo”.

Mientras más releo esta frase, más me reafirmo lo antes dicho: aquí está Todo.

En este cuento tenemos a una mujer  de origen cubano, Gertrudis Mediavilla —narcisista por demás—, quien viaja desde España a la Habana en busca del testamento o mejor sería decir las memorias de su esposo no hace mucho fallecido. En la capital cubana la está esperando el fullero Willy Humara. Y aquí el zagal santaclareño inicia, como de costumbre, el escamoteo de la realidad, mientras suma con mano fuerte uno de los recursos antes citados: las muecas del Destino.

La otra pieza hasta hoy inédita que aparece en el volumen que presentamos es “Desencuentro”, del cual es protagonista el saxofonista fracasado Aniceto Ordoqui, quien cuando comienza la acción no es más que un vendedor de dulce de coco en Nueva York. Si se puede tomar el delirio de persecución como tema, este es el de “Desencuentro”. Ordoqui traba una relación amorosa con Ivette, “que no era cubana como había pensado [Ordoqui] al principio, sino inglesa”… Y resulta que el uno comienza a sospechar del otro. Es decir, ella siente que él la espía y viceversa, si bien, con persistencia suma se han amado durante esos en días en que Aniceto ha  succionado “el clítoris [de Ivette] para oírla gritar de placer, para oírla ronronear como una gata en el tejado caliente, o para adueñarse de su voluntad y sacarle información (las cursivas son mías).

Ya decía que en esta narración el delirio de persecución podría ser el tema principal. Y desde este partirá el lector hacia un viaje en donde la intensidad de lo contado, las variables que quedan abiertas, estremecen a la vez que nos prodigan esas sensaciones que resultan una especie de “desasosiego insertado en la avenencia”, y que únicamente los grandes narradores logran transmitirnos.

Cuando, en octubre de 2013, José Lorenzo publicara sus Cuentos completos, este servidor escribió al respecto: “nada descubro si afirmo que José Lorenzo Fuentes comparte la cima con los mejores cultores del género en la historia literaria de la Isla”. Y citaba yo opiniones parecidas de varios estudiosos del género sobre la obra del “Brujo de la narración breve”:

Ángel Velázquez Callejas: “La dinámica de la narrativa de Lorenzo es de naturaleza mítica, desconocida para el promedio”.

Luis de la Paz: ““José Lorenzo Fuentes, sin duda uno de los maestros del género en la literatura iberoamericana”.

Amir Valle: “Ante libros que conserven vivos, como todo lo clásico, esos legados [majestuosidad, latinoamericanidad, cubanía] el único gesto posible es la reverencia”. Y cita Valle lo expresado, cuatro décadas atrás, por el gran novelista cubano José Soler Puig sobre el volumen Después de la gaviota: “Es un libro único. Y tiene, creo yo, un ambiente raro que lo baña todo. Y ese halón que siempre te dan los cuentos majestuosos”.

También sobre Después de la gaviota afirmó el escritor Aldo Menéndez: “Uno de los mejores libros de cuentos cubanos”.

Alberto Garrandés: “Hay un gótico esencial, lógico, en Después de la gaviota. El cuento homónimo, una de las historias más extrañas que haya producido la literatura cubana contemporánea”.

Las citas anteriores tienen como propósito principal reforzar lo que expresaba en líneas anteriores: no es más que un juego que ahora el chaval Fuentes, complotado con la pujante editorial Verbum, intenten asegurarnos que Mis mejores cuentos son solamente 21.

Una broma. Pero una broma hermosa, suculenta, que los lectores de hoy y del futuro recibirían con alegría, y con pasión, valga agregar.

Dicho lo cual, solo me resta añadir: Ilustre santaclareño, cubano egregio, celebérrimo miamense, Salve, los que van a morir te saludan.

Mucha gracias.

 

Palabras leídas por Felix Luis Viera en la presentación de “Mis mejores cuentos (Verbum.2016),  de José Lorenzo Fuentes, en la tertulia  La Otra Esquina de las Palabras.