“El único deber que tenemos con la historia es de volverla a escribir” Oscar Wilde

El presente trabajo intenta develar algunos sentidos poéticos del romanticismo cubano en el siglo XIX en la literatura femenina específicamente. No lo vamos a observar desde el punto de vista comparatistico o dentro de corrientes feministas contemporáneas sino desde una perspectiva social en lo que pertenece a la historia de la vida cotidiana y de los sentimientos. Como fenómeno de larga duración, la vida cotidiana se erige sobre caudales, movimientos, estrategías de capitales simbólicos como lo han entendido entre otros historiadores Roger Chartier, P Bordieu, Phlippe Aries, Clifford Guertz, pasando por los clásicos de la escuela de los Annales, desde Bloch a Braudel. Para el presente estudio divido en dos los puntos a tratar. Comienzo con una valoración de la escritora cubana Gertrudis Gómez de Avellaneda y sigo con las historias de amor y matrimonio en otras importantes escritoras del siglo XIX cubano. Puntualizo que solamente me voy a referir a las ideas en torno al amor y al matrimonio que esencialmente se vinculan a los afectos en la historia. Del mismo modo, la relación que pretendo establecer con estas escritoras no son casuales, sino que forman parte del entramado de una sociedad en busca de sus paradigmas de modernidad y por ende de Nación.

Si deslindamos los sucesos del siglo XIX cubano, observamos, como se sabe, un multifacético devenir histórico que comienza con una teología insular proclamada por una filosofía social fundadora que tiene figuras como José Antonio Saco, Francisco de Arango y Parreño, Luz y Caballero Félix Varela. Lejos de plasmar una cronología política del siglo XIX convenimos en ubicar el nacimiento de Gertrudis Gómez de Avellaneda a dos años de la Constitución liberal de Cadíz en 1812. El liberalismo español es vital para entender la dinámica social que engloba el pensamiento reformista de Cuba, e Hispanoamérica que se enfrenta al sistema colonial español y en el caso cubano tardíamente.

Gertrudis Gomez de Avellananeda y el sentimiento de vehemencia:

Nacida en Camaguey en 1814, vivió 59 años para morir en Madrid en 1873. Recordemos que el centro de la isla y especialmente Camaguey es donde nace el sentimiento anexionista. Un radical abolicionismo,  sobre todo vinculado al norte de los Estados Unidos, de ahí que no hubiera casi esclavos rurales en ingenios azucareros ya que se trata de una región ganadera. La Avellaneda fue hija de español y cubana. No obstante y esto es un dato curioso, su madre vuelve a casar y entonces ella mantiene una relación armoniosa con su padrastro. En su temprana juventud se acerca sentimentalmente a su primo que por convencimiento propio le conviene cultivar sus sentimientos de cortejo. Luego conoce en Sevilla a Ignacio Cepeda, con quien despliega una fervorosa correspondencia. A pesar de proclamar sus ideas por el amor libre se casa tres veces y fruto de su segundo matrimonio es una hija que muere casi al nacer. Con pocos márgenes de duda podemos afirmar que Tula- como su madre le decía- completa una saga de amplitud y diversidad a todos los géneros artísticos y literarios enfocados en la problemática femenina. Su pertenencia al idealismo romántico es un hecho, que también encontramos en la primera novela cubana sobre la mujer y por ende de la vida social cubana: Cecilia Valdés.

Escritora completa, poeta novelista, dramaturga, articulista, fue directora en 1860 del Album cubano de lo bello y lo Feo donde comparte lustro con famosas periodistas extranjeras de la talla de Concepción Gimeno de Flaquer, Laureana Wright eso en el panorama mexicano del período. A pesar de su nacionalidad compartida vemos que -como expresa el historiador cubano Manuel Moreno Fraginals- la guerra de Cuba era con España no contra los españoles. También este sentido abolicionista planteado en sus obras nos recuerda a la condesa de Merlin y a su prolífera labor en medio del viejo eslogan asumido por la sacarocracia en Cuba: abolición sin ruina económica. Medardo Vitier dice de la Avellaneda que posee “un fuego, un arranque vital”. Efectivamente, había en ella un galanteo de honduras, una gallardía que hacía de su condición de criolla un abanico de acechanzas. Entre cubanas periodistas en el siglo XIX podemos mencionar a María Felicia Auber, Rosario Sigarroa, Eva Canel, Catalina Rodriguez de Morales, entre otras. Pero nunca encontramos una personalidad tan versátil como la Avellaneda. Sensibilidad, magia, hechizo, para hacer de su transgresión un ejercicio de contorsionismo es decir su papel de mitigadora de alma y cuerpo. Su atrevimiento la llevó al delirio, su pluma hasta el paroxismo de la inquietud.

Como plantea la investigadora Milene Rodríguez ,la obra de la Avellaneda no la podemos ver como varonil, tal como la cataloga José Martí, al compararla con la no menos importante Luisa Perez de Zambrano, sino a  mi modo ver desde una sublimación femenina. Si consideramos que la vehemencia implica ímpetu, frenesí, desbordamiento, exaltación, entonces en este juego de superlativos hallamos una poesía en función del amor entendido este con amaneramiento pero desbocado en pasión. Sin embargo, la emoción nos conmueve cuando la Avellaneda escribe en un poema titulado “A mi jilguero”

Libertad y amor te falta;

Libertad y amor te doy!

Salta pajarillo salta,

Que no tu tirana soy!

Sin acato a las costumbres de la época y especialmente a la concepción de la mujer como sexo débil o ángel del hogar, el paradigma femenino para Tula está siempre en construcción. Digo en construcción porque se mueve entre el amor libre si se ama con vehemencia y la constelación de la dicha más allá del placer mismo. Un ejemplo de lo anterior lo podemos ver en su “Soneto, imitando una oda de Safo”.

El fuego siento del amor profundo

Trémula, en vano resistirte quiero.

De ardiente llanto mi mejilla inundo

¡Delirio, gozo, te bendigo y muero.

Cabalgando con su ironía -que es también un rasgo del romanticismo-, se nos presenta una Avellaneda en desolado aliento del amor que no tiene porque realizarse, acaso una quimera, pero con abnegación, vencida tal vez al esperar signos, señales de aceptación.

En sus versos “A la luna” encontramos también la libertad en el amor, la decisión de que el amor y el sentimiento no pertenecen al individuo que los siente, sino a un ritmo interno que se interpone entre el amante y la amante. “Siempre de infausto sentimiento libre”. Siguiendo esta línea romántica está el poema “El por qué de la inconstancia”, estrofas que tira al vuelo para con los dados en la mesa, decir:

“Solo es grande la esperanza

Y perenne el desear”.

No pienso que la Avellaneda fue una mujer incompleta sino que dentro de su entereza estaba la devastación o el espanto de toda tiranía. No hay cuentas hacia el pasado porque como bien escribe: “De pasado placer pálida sombra, De placer por venir nublo sombrío”. La preponderancia del presente es caldo de cultivo para la autora, no una meta futurista.

Seleccionamos también un fragmento de su poema “Al destino” para entrecruzar el diagrama de espejos líricos:

¡Tuya soy heme aquí todo lo puedes

Tu capricho es mi ley: sacia tu saña

Pero sabe oh cruel, que no me engaña

La sonrisa falaz que hoy me concedes

Creo con pocos márgenes de duda que la Avellaneda, a sabiendas del sentimiento de rechazo tal vez en el amor siempre había un consuelo y por ende un conocimiento a conciencia del rechazo. Una lisonja espera para que el alma comprometida alcance en su vuelo la libertad.

Concluímos esta parte con una estrofa del poema “El genio de la melancolía”

Me acosan y alejan los hombres feroces

Que cubren la tierra de llantos y lutos;

Y nunca en los pechos que albergan rencores

Se derraman mis tiernos favores.

De los versos anteriores podemos inferir el repudio de la autora a la cobardía. También podemos hablar de conciliación, de perdón, en el camino de una tolerancia enriquecida de benevolencia, alejada de odios y rencores.

I.I Las cartas a Cepeda. Cartas desde la Pasión, Letras cubanas 2007.

Las cartas a Ignacio Cepeda constituyen un fiel testimonio del ambiente familiar en que se desenvolvía la camagüeyana. Su correspondencia con Cepeda a quien amó recorriendo su alma, la llevó no solamente a superar los esquemas del conservadurismo en materia femenina sino a dibujar un mapa de lisonjeras coqueterías. Como ella misma expresa, su imaginación fértil la llevó tempranamente a desear corresponder a los sentimientos de un primo suyo ya que la lectura de novelas románticas habían surtido efecto en su alma. A pesar de que se enamoró primeramente de este pariente suyo, pronto se desilusionó. Vio en él las tempranas ansias de una intensa personalidad que a la larga resultaron precoces para ella. Establece en uno de sus escritos, la edad para casarse a los 18 años siendo los 15 años el despertar de la coquetería. La Avellaneda entre heterogéneos sentimientos, escribía que ella gozaba llorando, esperando los sueños de mi corazón. Ella misma se atribuía una sensibilidad fogosa y delicada.

En una de sus cartas, fechadas en Madrid en 1852, dirigidas a Cepeda escribe que no ha nacido para ser dichosa y le pide que no la ame con compasión sino con vehemencia. Es notoria su reiterada oposición al matrimonio, ya que lo considera un estado de amparo, de obligaciones, con las cadenas que este imponía.No obstante se contradice al dar el paso nupcial en tres ocasiones.”Deseaba impresiones débiles y pasajeras que me preservasen del tedío sin promover el sentimiento… amor aturdimiento”[1] Creía la Avellaneda que solo sería menos desgraciada cuando lograse no amar a nadie con vehemencia. En un rapto de súbito sentimiento en las epístolas a Cepeda plantea que desconfía de todos, destierra toda especie de ilusiones porque evidentemente le hace daño no dominar los acontecimientos. La Avellaneda saca de la vida, según ella misma escribe, las ventajas que me presentase sin darle no obstante gran precio.[2]

El letargado énfasis en el sentimiento pospuesto la hastiaba y prefería no amar nunca ya que la sociedad nunca la comprendería. Se adjudicaba un exceso de vida, un corazón ardiente, altivo y ambicioso presintiendo que un amor vehemente suscitará en su pecho tempestades que trastornaría acaso su razón y su vida.

Mediante las lecturas de las confesiones de Gertrudis Gómez de Avellaneda a este gran “amor imposible”, vemos derroche de sensibilidades apretadas a una misma cuerda: el desenfreno, la altivez. Como ella misma dice en una carta, las “grandes pasiones se tocan casi siempre”. Si extrapolamos esta frase vemos con razón que a veces el amor no es suficiente porque la costumbre es mucho más fuerte que el amor. Insiste la Avellaneda, y esto es un elemento recurrente en sus cartas a Cepeda,  que el matrimonio es un cálculo y que ella está hecha para ser amiga más que amante y querida. El temor a los lazos de hierro hace que la escritora emprenda mordaces críticas contra el deseo de aprisionar el amor. Por tanto, el amor libre ocupa en ella el sitio de honor. La amistad para la Avellaneda es eterna, en ella hay confianza, paz, desenvolvimiento sin compromisos.

¿El amor cota el anhelo?. “Es acaso que Dios castiga el exceso de amor, haciéndole un martirio? Demasiado lleno”[3]. En muchas ocasiones vemos desatar las pasiones de la Avellaneda ante una mala respuesta de su interlocutor, a veces observamos que mitiga su amor. En otra carta a Cepeda le comenta que ella no es razonable y le pregunta que si el talento es un antídoto contra la sensibilidad. Sin embargo, las cartas lejos de ser pesimistas son entusiastas y percibimos en ella una aquiescencia febril de una mujer que lucha por un amor no correspondido al menos en el plano formal porque nunca este se convierte en su esposo. Le confía a Cepeda que: “ ¿Me creerás, empero, si te digo que con todo este amor yo no deseo inspirarte eso que los hombres llaman pasión? No, yo quiero que me ames con extremo, con vehemencia como yo te amo; pero no quiero que tu amor difiera del mío”[4] En esta cita encontramos el deseo que el amor sea compartido, pues si ella solo lo siente se puede trocar en pasión desmedida. La preponderancia al amor libre lo encontramos cuando afirma que se siente libre y “libre debemos ser ambos siempre, y el hombre que adquiere un derecho para humillar a una mujer, el hombre que abusa de su poder, arranca a la mujer esa preciosa libertad, porque no es ya libre quien reconoce un dueño”.[5]

Si contextualizamos hasta nuestros días lo que nos dice La Avellaneda ha de producirnos un extrañamiento sensato. Extrañamiento porque las relaciones de pareja no deben ser de poder sino de respeto a los espacios de cada uno y sensatez porque el respeto al otro es la paz. La superioridad en la pareja es su peor suplicio. El deseo de querer las cosas libres y espontaneas está plasmado en estas correspondencias íntimas de la Avellaneda. Piensa que lo que se pide ya no es voluntario. Le confiesa a Cepeda extrañamente que lo ama, no lo ve como un delito sino con sentimientos de vehemencia, ternura, con idolatría, con furor; pero al mismo tiempo esto no la hace feliz. La felicidad es un elemento que la Avellaneda lo conjuga con la ventura, esta no es posible sin que exista la reciprocidad.

El amor un sentimiento tan frágil y ambiguo en el siglo XIX, se muestra para la Avellaneda como un “enemigo traidor que halaga para vender, que acaricia para matar”[6]. Mujer de acaloradas palabras, buscaba los obsequios de todos a fin de gozar su vanidad, las diversiones para aturdirse. Una felicidad que no esperaba en medio de galanteos pasajeros le da su amor “platónico”. Le cuenta asimismo a Cepeda que mientras se entretenía con las vaciedades de un amante que no le interesaba, se distraía del pensamiento peligroso de que podía haber uno que le interesara, que se hiciera dueño de su alma, que le diere una felicidad suprema o una desventura irremediable. Le costaba trabajo pensar en la felicidad a la Avellaneda, le parecía que era imposible para ella y a la vez su desgracia. Le escribe a Cepeda, en un fragmento de una carta, que su amor le dio vida, alma, que nunca había sentido algo así.

Más la Avellaneda piensa en su familia en un rapto de convencionalismo, ya que entiende que no quiere deshonrarla. “Porque yo podré amar a un amante más que a mi familia, pero respetaré el decoro de esta más que a mi propia ventura”.[7]

El sentimiento que le inspira este hombre a Tula es profundo y perdurable, ya que piensa en la posteridad al no cumplírsele en la tierra, piensa en morir como en algunas heroínas de Shakespeare. Segura que amando menos sabes amar mejor se adhiere al punto medio en materia de amor. Su caudal es inagotable, el sentimiento anida con perfección más no con posesión del objeto amado.[8] Escribe a su adorado tormento que es incapaz de imponer cadenas al sentimiento más espontaneo y más independiente. Todo lo contrario, no admite como amor lo que ya no es más que el esfuerzo de un corazón noble y agradecido que quiere engañarse a si mismo. Lejos de la Avellaneda el encarcelamiento del amor cuando ya este se ha ido y entonces solo queda oprimir con el peso del cariño. “Porque el amor que ya no se participa no es bien; no, es un mal, una tiranía”.[9]

Considera del mismo modo que la falta de franqueza es de reprochar. La inconstancia, sin embargo, no la ve como un vicio ni un crimen. Es solamente para ella una debilidad del corazón, una cualidad inherente al ser humano. Solo el amor es un fuego divino que Dios enciende y apaga a su voluntad así lo entiende la Avellaneda.

Aunque la voluntad del hombre es un elemento a considerar, no se puede luchar con un amor que ya se ha ido. La culpa del “perdedor”, en este sentido, parte de un artificio como medida extrema. El amor libre no se pronuncia nunca como ramificaciones de un amor perdido sino solo con el ímpetu de cazar otro amor venidero. Antepone la Avellaneda sus deseos carnales y espirituales para con Cepeda por tal de verlo tranquilo y dichoso. Entiende la vida como un devenir: un principio, en un crecimiento, plenitud y decadencia. Unas veces se resigna al amor de un solo lado, otras piensa que lo espiritual no destruye porque no tiene cuerpo.

Está presente en Gertrudis Gómez de Avellaneda un alto concepto de amistad más que de amor, este rasgo de amistad es determinante. Lo busca desde los sentidos y lo personifica, acaso metáfora, al concepto de compañerismo en la pareja. Siente a Ignacio Cepeda suyo, le hace un peregrinaje en medio de la tierra aislada, unas veces dentro de su creación artística. La queja es un elemento de su sufrimiento, por una vida tan llena de todo, excepto de felicidad según sus propias palabras a Cepeda. Se aflige como todo ser humano, más lo disimula conscientemente cuando le escribe a Cepeda tras enterarse de un posible matrimonio de este: “ ¿Con que piensas en casarte, no te censuro, ni lo apruebo. Para mi la verdadera felicidad no consiste en el estado que se tiene, así como no creo que la bondad de los gobiernos consista en su forma. El matrimonio es mucho o poco según se considere; es absurdo o racional según se motive. Yo no me he casado ni me casaré nunca, pero no es por un fanatismo de libertad, como algunos suponen, no temblaría por ligarme para toda la vida si hallase un hombre capaz de inspirarme una emoción tal que garantizase la duración de mi afecto”.[10] Deducimos seguidamente que la Avellaneda no cree en el papel formal del matrimonio, sino que su objetivo y fin es la consecución de una estabilidad de emociones y afectos durables. No cree en la felicidad pero la entiende como costumbre, así el matrimonio le parece un mal necesario del cual pueden sacarse muchos bienes. “Abrazaría el matrimonio con la bendición del cura o sin ella, poco me importaría; para mi el matrimonio garantizado por los hombres o garantizado por la reciproca fe de los contrayentes únicamente no tiene más diferencia, sino que el uno es más público y el otro más solemne; el uno puede ser útil a la impunidad de los abusos y el otro los dificulta: el uno es más social y el otro más individual. Para mi es santo todo vínculo contraído con reciproca confianza y buena fe y solo veo deshonra donde hay mentiras y codicias”[11]

De lo anterior se desprende que la Avellaneda creía en las dos formas del matrimonio: el civil y el canónico, estableciendo sus diferencias. No deja de advertirle a Cepeda que no se case con una tonta mujer ya que la mayor virtud no compensa el defecto del talento, pues seguidamente expresa que no hay virtud en la estupidez. Aquí se ve un marcado interés de la escritora por la superación e instrucción femenina. Da un valor igual a cero al origen social siempre y cuando haya talento. Le parece que la ignorancia jamás garantizaría el corazón.

La Avellaneda llega en su moralidad libre de prejuicios a aceptar un posible matrimonio de su amado y escribe:…”si tu te casas con una buena chica que tenga talento, que sea bonita, para que no sea celosa, que te quiera mucho y merezca ser correspondida, suspenderé mi curso vagabundo para ir adonde quiera que estés a cantaros un lindo epitalamio y a pasar ocho días con vosotros ¿aceptas?”[12] Efectivamente estamos en presencia de una frase transgresora que para nada imprime el sello de benevolencia de la Avellaneda. Se trata de una elevación del alma que entiende que el amor libre tiene alas y que esas nunca se podrán maniatar. También hay una renuncia latente que no se manifiesta gratuitamente para dar un toque de elegancia y sobre todo de libertad. Triunfa el apego al objeto amado, en este caso a Cepeda. También pude entenderse este sentimiento o gesto de la Avellaneda a Cepeda como una fuga de lo cotidiano, un reto a la tonta vanidad de los estereotipos femeninos y masculinos.

Como es lógico solo tenemos la versión de la Avellaneda, necesitamos la versión de Cepeda a tales “atrevimientos”. Poseía la Avellaneda una fértil imaginación y pensamos que su receptor no era ajeno a la pluma emplumada de la Avellaneda. ¿Le mitigaba amor? Sí, pero a ella solo le interesaba que la quisiera sin examinar la naturaleza de su afecto, con eso solo le basta. Un amor en forma de amistad no es más que el respeto a la libertad del otro sin exigir nada a cambio.

“La verdad es una en su esencia y múltiple en sus formas, solo la mentira es consecuente, porque la mentira no es natural”.[13]  Tal vez el modo que adoptó la Avellaneda fue desnudar su alma a su amado porque la verdad es su mayor entereza. No exenta del temor se lo expresa pero también ama la virtud, la busca, la pide, la desea.

No le importa la diversidad de las formas de amor, tampoco la fidelidad sexual.[14] Tampoco busca el amor simple, sino va más allá, llega a la santidad mediante la tolerancia. Es un delirio incandescente sus palabras. Muestra un episodio de inconformismo siempre. Expresa una sublimación que rompe la inercia para aprisionar los instantes, de agudezas entrañables. Escribe desde España en 1854 y dice que este pobre país le da lástima. Conoce a los románticos como Chatembriand, Madame de Stael y Lamartinie. Abriga en su corazón los celos y entiende que en el corazón no puede haber bigamía, quiere todo o nada.

Cuando el amor se siente, no lo distingue ella, si es en un hombre normal o profesado a un fraile, este último no lo deshecha,  piensa que anhelar este amor le produciría igualmente goces divinos. Su opción por el amor libre y desembarazado hace que su independencia de espíritu sea su mejor arma contra la costumbre. No hace pacto con los hombres y persiste en que sus únicas cuentas a rendir son con Dios y con su conciencia. Le da importancia a las almas poderosas ya que piensa que estas siempre renacen como el ave fénix de sus propias cenizas.

“La infidelidad y el engaño son cosas de almas flacas de organizaciones mezquinas, soy muy altiva para poder engañar”[15] De lo anterior inferimos que la lealtad es para la Avellaneda una forma más del amor libre, lejos del concepto trillado de fidelidad conyugal. Más adelante agrega en la misma carta que las cuerdas de su corazón estarán rotas para amar a su voluntad. El amor para la escritora cubana es afecto y gozo, así se lo deja plasmado a Cepeda. Abraza el amor como momento de entrega donde dándolo todo no da nada, es decir siempre se puede dar más. Aquí también recurrimos al amor bíblico…”el amor nunca deja de ser…”

En su alma romántica abriga el idealismo de una vida que le propicie el amor y bastante ensoñación para no agotar el espejismo de su amor, en este caso con lo que siente por Cepeda. No es el amor físico lo que le inspira, sino la elevación a un superficie más allá del terrestre. No puede amar la Avellaneda sin querer unir toda su vida a la del ser amado. Su apasionamiento es soberbio porque no da tregua a los desmembramientos. Aunque no se crea a simple vista, la timidez del corazón  de la Avellaneda, prueba la insuficiencia de sus vínculos, pues para nada estamos en presencia de una prosa en función del amor como posesión del objeto amado, sino todo lo contrario. “Aquel que no está dispuesto a sufrir todas las cosas y a conformarse enteramente con la voluntad de su bien amado, no merece el nombre de amante”.[16] Aquí vemos el sentido bíblico de que “el amor todo lo espera todo lo soporta….”pero también la resignación de la decisión del ser amado en cuanto al amor. La felicidad es siempre una decisión y solamente producir ese afecto sin esperar nada a cambio es la consumación de ese fin amoroso.

En el año 2003 la editorial universal de Miami publicó un estudio sobre Gertrudis Gómez de Avellaneda titulado “ Diccionario de pensamientos y vivencias”, su autora Florinda Alzaga nos revive los principales pensamientos de la Avellaneda. Para nuestro caso nos ocupamos de la sección sobre matrimonio. Al respecto podemos distinguir el siguiente escrito que define el matrimonio tal como lo entiende la Avellaneda: “Ceremonia solemne y patética en el culto católico que jamás he presenciado sin un enternecimiento profundo mezclado de terror”[17] No obstante al espantarse de lo ceremonial del matrimonio la Avellaneda le da el barniz de la ternura, algo esencial desde la raíz misma del compromiso nupcial. Otro aspecto a destacar son los matrimonios por conveniencia donde la Avellaneda le da el calificativo de infeliz. El amor lo entiende la Avellaneda como primacia del alma, santo, único, digno de ser aceptado por quien es capaz de inspirarlo.

También encontramos en la autora, como ya hemos planteado un misticismo que para nada nos confunde si pensamos en sor Juana Inés de la Cruz. El carácter sacramental del vínculo matrimonial, es solo un paliativo para los incautos, es un instrumento sagrado pero no capado para siempre, mediando para la Avellaneda el amor, solo así serán felices los matrimonios. [18] Insiste la Avellaneda en el término medio al medir el significado del matrimonio, porque depende del punto de vista que lo mires. Defiende una cultura del matrimonio para así poderlo calificar de racional. La estupidez es un vicio y por ende falta de virtud. A pesar que considera el matrimonio un mal necesario, se pueden sacar de él muchos bienes.

Piensa que la esclavitud de la mujer al marido de por vida es un acto de ultraje.[19]Las leyes vienen a surtir efecto tardío en un fenómeno latente en la sociedad cubana como era la desigualdad de la mujer ante las leyes. No ajena a los males de su época Gartrudis Gómez de Avellaneda pudo ser más mujer que cualquier mujer aunque en materia de pantalones se los hubiera puesto con todo glamur. Creemos en este sentido que se puso un corsé apretado para desafiar a su tiempo haciendo de sus circunstancias un juego de ajedrez, unas veces protegiéndose a si misma otras enrocándose con el rey. Finalmente queda la dama Tula, La peregrina, la Avellaneda en sus cumbres de pasión. Pero están también las no menos importantes poetizas escritoras cubanas del siglo XIX como Adelaida de Mármol quien en un fragmento de su poema “Razones de una poetiza” dice:

Sabedlo, pues, la mujer

Que recibe ilustración

Desde su infancia, ha de ser

En la edad de la razón

Mas exacta en su deber.

La educación de la mujer como un bien inigualable es aplaudida por varias mujeres ilustres del siglo XIX cubano otro ejemplo es Luisa Pérez de Zambrana en su dedicatoria a su esposo. “Oh vida de mi vida, oh caro esposo amante, tierno, incomparable amigo, ¿dónde, dónde está el mundo de luz y amor que respiré contigo? ¿dónde están ay aquellas noches de encanto y de placer profundo en que estudie contigo las estrellas, o escuchamos los trinos de las tórtolas bellas. Y nuestras dulces confidencias puras en estas rocas áridas sentados ¿dónde están nuestras íntimas lecturas sobre la misma página inclinados? ¿nuestra platica tierna comunión de tu alma y de mi alma”. En estos versos observamos el significado del compañerismo conyugal   el respeto con la armonía de la unión. El disfrute de los placeres juntos y la pregunta del recuerdo memorable. Por su parte Aurelia del Castillo, otra poetiza de la misma generación que la Avellaneda pone a la mujer como hombre de la mano con el compañerismo hasta la misma muerte.

Como sabemos la historia de Cuba está enlazada con la emigración que desde el siglo XIX se presenta para que otro escenario cumpla la función de patria o al menos de seguridad. Durante la guerra de los 10 años la emigración a España y a Estados Unidos repercute en la forma de vida de los cubanos con un altísimo sentido de permanencia y pertenencia. Así lo interpretó Cecilia Porrás Pita que desde la emigración buscaba donar fondos a la causa cubana. Escribía a su esposo en Cuba que no le importaba que el destino fiero separe nuestros cuerpos cuando las almas y le da el calificativo de dulce, compañero juntos están en placida armonía. Todavía recuerda la autora que la blanca corona de azahares que en sus sienes ciñera el himneo hoy revive a pesar de los pesares y el mismo siempre en mi ilusión te veo. Otra camagüeyana Martina Pierra de Poo escribe a su esposo como si este fuera un viajero y lo eleva a un mundo de paz y ventura a su lado. Pierra se siente viajera que solo encuentra corazones impuros que su amor ideal no comprendía. “Por eso al verte idolatrado esposo sentí un placer dulcísimo, inefable, pues en tu seno amante y cariñoso encontró el mío de gozo ansioso, de puro amor venero inagotable”. Se sentía unida a su esposo en un amoroso lazo. La unía al mismo tiempo a Dios y al hombre. Ella bendice su nombre y gracias da al ser omnipotente que te puso en mitad de mi camino. Es curioso como una fe en el amor guía los pasos de esta poetiza hacia una elevación suprema. Otro ejemplo lo constituye la cubana Manuela Agramonte quien se casó con su primo hermano a quien había conocido en España. Le compone el poema Remembranza de a bordo donde conjura su alma en pos del amor.[20] Saltamos ahora para una poetiza de La habana Isabel Machado cuyo seudónimo es Flérida. Impulsó su numen el amor que le inspiró el que por elección de su alma había de ser su esposo.

Que si yo lancé mis cantos

A ese mundo amado mío

Era tan solo anhelando

Que tu pudieras óirlo

Ellos nacieron de un alma

Que te adora con delirio

Y a ti solo pertenecen

Por eso te los envío

Guardados como un recuerdo

De mi constante cariño

Como una ofrenda de amores

Adorado dueño mío

En estas estrofas observamos que el ideal del amor es más fuerte que la propia inspiración que le produce a la autora el recuerdo de su esposo. Amante hasta lo indeleble es la amante fiel de su esposo que no la separa de su vocación lírica. Su esposo es el ideal más bello que erige un altar en su nombre. “Yo la mujer que para amarte vivo que siempre ruego por tu vida a Dios, que indago en tu mirada cariñosa si te aqueja un pesar, algún dolor. Tú eres la estrella que alumbró mi cielo. Yo el peregrino que la sigue soy…Y yo la amante enamorada flor. Tu de mi vida oscura y melancólica. Hiciste una vida dulce y grata, con el risueño y bendecido amor . Y yo pobre mujer que puedo en cambio darle a quien tanto con su amor me dio”. Nos percatamos que el amor de la autora es recíptroco al prodigarle ella sentimientos de agradecimiento. “Tu eres mi vida, mi ambición, mi gloria feliz, bien mío, con amarte soy”. El idela del amor encaja perfectamente en esta mujer agradecida a su esposo motivo de inspiración. Ella le comenta que es su tesoro y su corazón no deja de nombrarlo. “El corazón aprisionado siempre quiere romper su estrecha cárcel y con tu mano a comprimirlo voy”. Ella siente palpitar el corazón de su esposo con agradable y dulce comunión. “Nuestras amantes almas enlazadas, juntas se abrazan en un mismo amor.

 

Bibliografía

[1] AVELLANEDA, Gertrudis, Cartas desde la Pasión, p36.

[2] “Yo me avergonzaba ya de una sensibilidad que me constituía siempre víctima”. P37.

[3] AVELLANEDA, Gertrudis, Cartas desde la Pasíon, p.76

[4] AVELLANEDA, Gertrudis, Cartas desde la Pasión, p.83.

[5] AVELLANEDA, Gertrudiz, Cartas desde la pasión, p.84.

[6] AVELLANEDA, Gertrudis, Cartas desde la Pasión, p86.

[7] AVELLANEDA, Gertrudis, Cartas desde la Pasión, p90.

[8] “Cuando te digo que te amo te lo digo sin turbación ni inquietud porque este amor no es el amor vulgar de una mujer a un hombre es el casto y ardiente amor de un alma pura y apasionada a otra alma digna de ello. Sentirlo, inspirarlo, me llena de orgullo, me engrandece a mis ojos y me hace probar un placer indefinible, celestial, que debe semejarse a la felicidad de los ángeles”, AVELLANEDA, p.96.

[9] AVELLANEDA, Gertrudis, Cartas desde la Pasión,p.99.

[10] AVELLANEDA, Gertrudis, Cartas desde la Pasión, p. 125.

[11] AVELLANEDA, Gertrudis, Cartas desde la Pasión, p.126.

[12] AVELLANEDA, Gertrudis, Cartas desde la Pasión”, p.126.

[13] AVELLANEDA, Gertrudis, Cartas desde la Pasión, p.158.

[14] “Una mujer para tu cuerpo no me molestaría si una esposa o una querida, no quiero ver más allá”, AVELLANEDA, Cartas desde la Pasión, p.167.

[15] AVELLANEDA, Gertrudis, Cartas desde la Pasión, p.241.

[16] AVELLANEDA, Gertrudis, Cartas desde la Pasión, p.328.

[17] ALZAGA, Florinda, La Avellaneda diccionario de pensamientos y vivencias, p.254.

[18] “Debe ser en este día una plenitud de ventura que no pertenece a esta tierra ni a esta vida y que el cielo no concede sino por un día para hacer comprender con ella la felicidad que reserva en la eternidad de su gloria a las almas predestinadas. Porque la bienaventuranza del cielo no es otra cosa que el eterno amor.

[19] “Oh las mujeres ¡Pobres y ciegas víctimas como los esclavos ellas arrastran pacientemente su cadena y bajan la cabeza bajo el yugo de las leyes humanas. Sin otra guía que su corazón ignorante y crédulo, eligen un dueño para toda la vida. El esclavo, al menos puede cambiar de amo puede esperar que juntando oro comprará algún día su libertad, pero la mujer, cuando levanta sus manos enflaquecidas y su frente ultrajada para pedir libertad, oye el monstruo de voz sepulcral que le grita en la tumba.

[20] “De dos almas que unidas en su esencia son en la tierra encarnación del bien. Alegría extrema (nupcial diadema). De mi vida el problema resolví, eres el ideal de mi pasión. Unido a ti por vínculo sagrado. Mi dicha dependerá de tu sonrisa; será mi gloria mi mejor divisa. En tus ojos leer tu corazón. Y en los halagos de tu amor sincero. Encuentro de placeres un venero. Y la verdad del sueño encantador.