Allí estaba. No igualito, pero reconocible.

Se le aproximó, ¿Sergio, no te acuerdas de mí? Y tras unos segundos de titubeo reaccionó ¿Gabriela? No te podía poner en contexto ¿qué haces aquí? Lo mismo me pregunto yo al verte pero en mi caso tengo una excusa, estoy casada con Bruno.

Bruno era hijo de una francesa que dicen fue bataclanera del teatro Shanghai, tenía la ciudadanía de la madre. Lo suyo, cuando joven, hace ya varias décadas, era tocar piezas de jazz al piano, pero no se le daba bien, entonces se unió a un cuarteto de rock que cantaba covers animando fiestas y como iba y venía a Francia, traía instrumentos y otros equipos,  lo mantenían con el celo de los interesados. Todo el mundo le reprochaba que no se quedaba a vivir a Francia y le envidiaban la posibilidad y él ni contestaba. El y su grupo ahora se habían convertido en “clásicos”, iconos de no se sabe qué y en Miami se les homenajeaba como si fueran músicos de verdad.

Sergio se había olvidado de ella todos estos años, o al menos eso creía hasta que la vio. Hace treinta años que no nos vemos, le dijo ella. Treinta y dos para ser exactos le dijo él. Esta es la segunda vez que visito Miami, no me habían dejado salir antes por ser dentista y él le dijo, cosas que hace el comunismo, con una sonrisa condescendiente. Yo no quería venir a esta fiesta pero son muy amigos míos, incluso por un tiempo canté jazz con ellos, pero no sabía que era un agasajo a Bruno y su grupo, si lo hubiera sabido ni amarrado vengo y mira…

Nunca me había olvidado de ti, dijo ella, pregunté por ti la vez anterior que estuve aquí pero solamente me dijeron que vivías pa’l norte, que allí eras profesor. Más bien al oeste, dijo él con ironía, pero, añadió, es en efecto al norte de Miami. Sigo viviendo donde me conociste. Pero, tú y Bruno no lo entiendo. Bueno, divorcios y circunstancias nos llevaron a coincidir y nos casamos. Lo decía con voz resignada. Con el tiempo obtuve el pasaporte francés pero Bruno nunca quiso irse del país definitivamente y yo tenía un hijo que no dejaban salir. Edad militar ¿no? Más o menos, el padre fue un alto dirigente con quien me casé después que te fuiste. Un error que lamento. Un poco tarde para que te arrepientas. Sí. Viviendo allá me he tenido que resignar a muchas cosas.

Entre tragos comenzaron a tratarse con confianza y desfachatez, se refugiaron en una esquina de la casa. Bruno interrumpía a cada rato, pero no se atrevía a más. Se preguntaban qué era lo que habían tenido entonces. A Sergio la memoria genital fue la primera que le regresó, después vinieron los otros recuerdos. Ya un poco ebrio y en confianza le dijo que siempre se acordó de lo sabroso que templábamos en cualquier lugar que encontráramos disponible en las calles de La Habana. Casas abandonadas de Miramar, la playita de 16, una vez en mi propia casa, ¿te acuerdas? Mi mujer estaba al llegar. Cómo no me voy a acordar, todavía paso por enfrente del edificio a cada rato. Y Gabriela continuó, en las playas al oeste de la ciudad, que entonces nadie conocía. Soledad y dienteperro nada más.

No fue una relación, ni un romance, éramos amantes le dijo Sergio, que es la palabra más bella del diccionario y la única precisa para describirnos. Tú tenías diecinueve años y acababas de entrar en la universidad, y tú tenías veinticuatro y te habías graduado hacía dos años pero estabas sin trabajo. Estabas casado. Sí, pero mi esposa no me importaba. Eso decías tú. Me acuerdo que me pusiste la precisa, que dejara a mi mujer, pero no lo hice porque aparte de ser tan pendejo como Bruno, estábamos en plan de irnos del país en balsa, no pudimos irnos por el Mariel y finalmente lo hicimos un par de años después. No recuerdo haberte puesto la precisa, dijo Gabriela, pues sí, le contestó. Fueron los mejores cinco meses de mi vida, continuó Sergio y los míos también.

Seguía siendo la mujer atractiva que sus amigos le envidiaban cuando los veían juntos. Te noto un poco más flaca. Tú has ganado peso, no mucho. ¿Qué se puede hacer? Hay mucha comida rica que degustar. Después de manejar rastras por dos años, conseguí una beca para hacer el doctorado y  desde hace veinticinco años soy profesor de matemáticas en una universidad en Santa Bárbara, en California, canto con un conjunto de jazz en un bar local los fines de semana y este es mi año sabático, que es un privilegio que tenemos los profesores asentados, cada siete años, de estar un año casi de vacaciones. Yo sabía que tú ibas a llegar lejos. Sí, hasta California, no se puede seguir más allá. Pero ahí mismo, entre miradas y risas, se borraron los treintaidós años de ausencia y se les olvidaron sus respectivas edades. Bruno tenía varios compromisos que cumplir pues el grupo iba a dar unas funciones y tenían ensayos y ella tenía tiempo libre.

Sergio se estaba quedando en casa de un amigo pero enseguida alquiló un hotel en Miami Beach y comenzaron a encontrarse y a gozarse. Nunca se me olvidó como gozaba con tu pinga. Menos mal que se conserva dura. Tenemos de nuevo un presente, no hay que recordar, aunque tampoco hay que olvidar. Disfrutaban además el placer del riesgo de ser atrapados. Yo me divorcié hace dos años pero tengo dos hijas y una nieta en San Francisco. Bruno no se quiere quedar, no sé qué hacer, estoy harta de vivir en Cuba. Mi hijo sigue allá, está casado. Pero tú puedes revalidar tu carrera aquí. No hablo inglés. En Miami no es problema pero en Santa Bárbara sí. ¿Te mudarías para acá? Seguro, tengo amigos en las universidades de acá, aunque no me gusta vivir aquí.

Tengo visa de múltiples entradas, si me voy, regreso en seis meses, Bruno tiene otros compromisos y es el que paga por todo. Quédate. Sergio se obsesionaba cada vez más. Gabriela le correspondía. Nunca imaginó sentir tanto deseo sexual a su edad. Lamentaron la separación prolongada, pero se regocijaron en la experiencia sexual que habían adquirido cada uno por su cuenta. Podían repetirse obscenidades sin dejar de mirarse a los ojos. Se descubrieron nuevamente, se contaron todo sobre lo más íntimo de sus vidas, se miraban como adolescentes enamorados, y hasta podían ser tan ridículos como sólo lo pueden ser los amantes jóvenes. ¿Por qué nos miran por las calles? Es que agarrados de la mano parecemos  dos viejos pánicos.

Gabriela regresó a los seis meses. Con la excusa de visitar a una prima que tenía en Los Angeles, se le zafó a Bruno. La prima la recibió y se volvió su cómplice. Sergio pasó unos días con ella en Los Angeles. Atrévete a desnudarte conmigo en una colina que conozco en Studio City. ¿A qué le voy a tener miedo? A que estamos muy viejos para dar un espectáculo público, pero me da igual. Luego la tuvo una semana en Santa Bárbara. Vamos a hacer el amor en cada rincón de la casa. Qué frase más recatada, se burló ella. La llevó a San Francisco, a recorrer los viñedos del Napa para terminar en Calistoga frente al géiser. Gabriela miraba sin asombro al paraíso. Como si hubiera estado aquí toda la vida, pensó y se lo dijo. Ella sonrió con un dejo de tristeza. El vacío pareció haberse cerrado. ¿Habremos estado juntos todos estos años sin saberlo? Te dije que nunca te olvidé. Yo lo que nunca olvidé fue tu olor.

Sigo sin imaginarte casada con este tipo. Ella no contestaba. Regresaron juntos a Miami. Le pidió que dejara a Bruno. Ella se escurrió resbaladiza como una pastilla de jabón. Lo besó. ¿Por qué no podemos disfrutar este regalo que se nos ha dado en esta etapa de la vida? Sergio le respondió porque somos avariciosos como todos y queremos, o quiero más. ¿Cuándo vuelves? No sé. Nos vemos en el hotel mañana por la tarde. Sí.

Lo único que vio Sergio al día siguiente fue una nota que le dejó en la carpeta que decía: “Olvídalo todo”. La llamó y le contestó Bruno, colgó. Fue a casa de los músicos amigos que le contaron que Bruno había regresado. La llamó a su celular en La Habana, pero ella le había dicho que desde que se encontraron, su teléfono tenía un timbre particular para distinguirlo y no le contestó. La llamó de otro celular y cuando le respondió, le colgó al escuchar su voz. Probó a través de todos los medios virtuales. La muy puta no aparece.

Tras cinco meses de persecución inútil (lo único que nunca contempló Sergio era visitar la isla), volvió a sus clases de matemáticas. Esta vez el lapso de treintaidós años se le hizo insoportable. Se sintió responsable de esa ausencia, aunque sabía bien que no pudo ser de otra manera. Un año después, se retiró y se compró un pequeño apartamento en Miami Beach, a donde vino a contemplar su sufrimiento y a alimentar un absurdo complejo de culpa.  Todos tenemos alma de masoquistas, se dijo. Ilusionándose, repitiéndose, pero esto no se acaba así, seguro que me la vuelvo a encontrar. ¿Nos quedarán entonces dientes para mordernos?

Roberto Madrigal