Onírico para las Pascuas de una mesa

…en toda ofrenda tuya ofrecerás sal.

Levítico 2.13

Vosotros sois la sal de la tierra.

San Mateo 5.13

La mesa es sólida y baja

no disimula sus rasguños.

El café humea en una columna que se tuerce.

Pongo los codos en la tabla rectangular

pulida a tramos

incierta en sus orígenes.

Sé que hubo un lugar para esta mesa

en una estancia amplia luminosa

por las ventanas se ven los montes de Moab.

Coloco la mejilla sobre la superficie

y la mesa desprende los olores de su vida:

ese bosque en el Líbano

donde crecen los altos cedros de Dios.

Un hombre fuerte y paciente

mide corta pule la madera

y conserva para el resto de su vida las manos olorosas.

La mesa estrena el aposento alto en la casa de José de

Arimatea.

En el día de la fiesta de Pascua

el maestro y sus amigos celebran

a la luz de lámparas de aceite

en el Pésaj más excéntrico de sus vidas

se pasan el lebrillo con el agua de las abluciones

recuerdan la libertad

que les acompañó a la salida de Egipto

en el desierto

la columna de fuego y el maná

del que solo tomaban para un día

y cantan los salmos del Hallel:

Aleluyah! Alabad siervos del Señor, alabad el nombre del

Señor… Desde el levante del sol hasta el ocaso sea alabado el

nombre del Señor…

Al centro de la mesa la fuente del cordero pascual

ofrendado al mediodía

en el primer turno de sacrificios del templo

rodeado de ajos

de hierbas aromáticas y amargas

cuencos con salsas

y panes ácimos

redondos y planos.

Cada uno sostiene su cuchillo de hueso

y se acercan la sal

que acaba siendo derramada

por el traidor

y el maestro moja en la salsa oscura un trozo de pan

envuelto en una hoja de lechuga para dárselo.

Toman el fruto de la vid que sirven de jarras colmadas

haced esto en memoria de mí les queda encomendado.

La mesa

no recuerda si en verdad esta es su historia

pero susurra las palabras del maestro: misericordia

quiero, no sacrificio

y humildad

nuevas leyes de amor para los hombres.

Levanto el rostro y saboreo el café

caliente todavía.

Desentraño estas manchas

vetas claras

que simulan rostros

y entre todas está la cabeza decapitada del Bautista

para agasajar a Salomé.

De nuevo pongo la mejilla sobre la mesa

y dudo

podría ser que la mesa y yo alucinemos

aun así es hermoso

me gusta esta mesa con historia.

La mesa sostiene el cuerpo de una mujer hermosa

en ella un hombre engendra hijos

dejan sobre la mesa jugos babas sudores trapos y

gemidos

una rosa de sangre virgen que luego difumina el roce

de los cuerpos

y derraman la sal

que cae y se dispersa

sin conseguir que paren

que detengan el amor

el sexo el ansia la agonía.

Sobre esta misma mesa han firmado papeles

de vínculo

con simples gestos de desidia

como quien se rinde a la evidencia

a la necesidad de los rituales.

Sobre esta misma mesa la mujer

menos hermosa ya pare los hijos

con dolor

como Dios manda

a grito pelado

a puros sudores

y sangre pródiga oscura

—que no debemos confundir con la limpia sangre del

cordero—

el cordero de Dios daría por limpia esta sangre

sacrificio que da vida

pero no puede

por cuanto todos hemos pecado y estamos destituidos de la

gloria de Dios.

La mesa rodeada de niños

y los abuelos se sientan en las cabeceras

como reyes distantes.

La mujer está cansada

escucha las horas los deberes

no quisiera besar a sus hijos cuando se los muestran

sanos e inocentes

tan pequeños

los que antes estaban alrededor de la mesa

ahora perseguidos

no quiere pero los besa

transida de miedo

para que los abuelos que se sientan en las lejanas

cabeceras

como reyes

no la llamen desnaturalizada.

La mujer obliga a todos a inclinar sus cabezas

aquí junto a la mía

sobre la tabla por tramos áspera

y dan gracias a Dios por los alimentos

y las bendiciones

por la libertad ganada en Egipto

por la paz que trae a todos a la mesa

aunque los niños se pateen con disimulo

por debajo

unos a otros la espinilla

y me enseñen la lengua

y yo les mire con cierto recelo

porque pueden verme bebiendo mi café

ya frío

a través del tiempo

de la miseria de la traición

que el tiempo separa de otras infinitas miserias.

Los niños derraman la sal antes de que la madre

finalice su oración

a la víspera instruidos por la lectura de Hagadá

en la celebración del Séder de Pésaj

quien encontró el afikomán escondido se sienta en la

cabecera con los abuelos

y cantan los salmos del Hallel

como ángeles greñudos y mocosos

marcados por la estrella de Israel

símbolo de los que morirán.

Debajo de la campana de cristal del cielo

cielo castrado

donde solo sobreviven nebulosas

que luego se tornan en esvásticas

en extremos que no comprendo o juzgo

porque para juzgar tendríamos que volvernos como

niños

y ver también a través del tiempo

cuestionar en qué momento

pasamos de ser el que muere

a ser el asesino

de ser la sal quien la derrama

a ser quien la pone en las heridas.

Termino el café con ganas de llorar

de abrazar los ruidos de esta mesa

usada frotada de vidas ajenas

regada con sangre y sal

como preparada para una ofrenda

salvada de momento

de ser llevada a la muerte sacrificial de las mesas.

La taza vacía sigue frente a mí

levito

hipnotizada en el olor cálido del cedro

y descubro con asombro que ya soy parte de esta

historia

no sé bien en qué momento

he derramado la sal.

  

 


 

Variantes para el olvido

 

Que me veas ir

a otra casa

no sideral

o rancia

a una casa simple

donde los quieros no sean impedimento

al simple estar

donde el beso no sea imposición

demostración amarga

sino que sea el simple beso silencioso

húmedo

y deje en la boca besada la sal

la simple y humana sal.

Que me veas

partir sin memoria

sin llevar nada

como a la muerte

definitivas ambas.

Que me veas

y te sientas aliviado

de verme ir

a otra casa

donde el silencio no es lo que te convierte en isla

sino un espacio reservado

para esperar el verso

y el beso

y viceversa

y el resto de las cosas

repetitivamente.

Que me veas ir

y no llorando

a otra casa sin tantos espejos

y art déco

y tantas fotos de muertos

desconocidos

descoloridos

ajenos

fotografiados

pululando.

Que me veas ir

monstruosa en el deseo de ser vista yendo

borrándote

a ti

a tu casa

a tus muertos

a tu art déco.

Y si te consuela

me llevaré tus cortinas

volando hacia la tarde

hacia fuera

por tus ventanas abiertas

y prometo no llevarme nada más

que ese recuerdo distante

irreal.

Que me veas ir

con ese simple recuerdo doblado bajo el brazo

y que no me lo exijas

porque no lo reconoces como tuyo.

Que me veas ir

solísima

hacia otra simple casa

con esas simples cortinas

agitándose hacia afuera de tus ventanas

y que ni siquiera así

me reconozcas.

 


 

 

Hondo está en el cuerpo la miseria

 

Está en el cuerpo

silente

sosegada

haciéndose pasar por otras cosas.

La miseria busca un rincón de mí

donde estas ganas de matarla no la encuentren.

Tan hondo me sumerjo.

Tan mala suerte nos ha sido reservada.

Tan poco se hace tanto

y tan raros azahares de la noche nos cercan

nos prometen

la sensatez de no saberlo

o simular.

Y este vino tan caro

se bebe con culpa

con la sensación de que algo le faltara

apenas satisface.

Aquí comienza el devenir

tenemos al alcance de la mano todo lo que existe

pero seguimos simulando.

Detrás de los ojos cuantos ojos cobardes

miran lo que no nos atrevemos a nombrar

lo imposible,

lo sostienen del cuello

lo dejan asfixiarse.

Da miedo

que nos tengan en cuenta esta miseria

cuando vayamos a morir

incluso ahora que vivimos

y toca celebrarlo

como si fuera cierto.

  


 

Sombra de tu sombra

 

Para R.

Si la sombra de tu sombra atraviesa el mar

con qué horror va a quedarse mi silencio

con qué ligero temblor voy a vivir

la muerte o tu retorno.

El desierto se cubrirá de enigmas.

Todo el desierto dentro de los ojos.

Cuánto espacio ocupará entonces el aire

o la luz

o el vuelo de los pájaros

donde no hay espacio para nada más.

Si al menos la sombra de tu sombra

sombra de tus ojos

en el trance de morir mi beso se quedara

sin atravesar el mar de la distancia

y solo en el tiempo fuera lejos

por ver si allí una mujer danza su vals disparatado.

Allí donde el tiempo es un temblor

que vendría con tu voz de lejos.

La distancia espesará mis monstruos

yo muerta de algo semejante al sueño

donde tu sombra cruza el mar

Los días del olvido

y conmigo se queda la sombra de tu beso

beso para mí

en la sombra dorada

adormecedora del desierto.

 

 


 

Defensa de Judas

 

Me vieron partir amordazada

mustia

carente

maldecida

solo me lleve el amor

y su lastre.

Me fui besando al amor

me fui besando a los amigos

besando a mis padres y a mi hijo

siempre para irme

o para que se fueran.

Me fui

y los que estaban mientras me iba me olvidaron

los que no estaban me olvidaron

levantaron una horca

para regalármela al regreso.

El amor se volvió máscaras y metamorfosis

se volvió pérdidas

olvido rotundo

del que borra.

Aunque sabía de su lastre

me fui besando el amor.

Los días del olvido

Me fui besando

y me llamaron Judas.

Me fui sin una sola moneda

con las uñas impecables

listas para arañar la piedra de mi exilio.

Predijeron que moriría sola

en la peor de las miserias.

Estoy adiestrada para cumplir ese designio

inequívoco y torvo

voy aprendiendo a diseccionar en partes las miserias

miserias distintas a las de aquella predicción

pero que a todos nos compensan.

Solo la muerte se demora.

 

Poemas pertenecientes a la antología Los días del ovido (Efory Atocha, Madrid, 2016).