Por suerte, ocurrió algo que acabó con aquel sufrimiento. Mi padre tenía un hermano que vivía en Barcelona y por aquellos días apareció por el pueblo a bordo de su flamante «Seat 600», aquel pequeño coche que marcó toda una época,  y que había estrenado en aquel viaje, con idea de pasar una semana de vacaciones junto a su familia.

Fue toda una atracción para mí, para toda la familia, y para todos sus conocidos. Por entonces, el regreso de uno de los nuestros que se había visto obligado a emigrar a una ciudad industrial, como miles de españoles, era un gran atractivo, y en cuanto a automóviles, salvo los que llevaban los veraneantes, era el primero que veíamos de un vecino del pueblo. No solo traía regalos para todos: en mi caso unos pantalones tejanos, zapatos gorila, camisas y jerséis, sino que, además, contaba maravillas de la ciudad. Con sus relatos volvió a mi mente, de manera fugaz, la escena de aquel sueño de años atrás, en la que me encontraba en un mercado persa.

Los emigrantes regresaban narrando toda clase de suertes sobre la vida en la ciudad. Además, como prueba de su triunfo y éxito traían toda clase de regalos y objetos, muchos de ellos desconocidos por nosotros. Nos hablaban de la industria, de la revolución que se estaba produciendo, de las maravillas de la ciudad, de que se habían comprado un piso en un barrio obrero con una hipoteca, de su comida, del mar y de multitud de cosas que desconocíamos. La verdad es que nos daban envidia, y más todavía si volvían en coche, aunque fuese un «Seiscientos». Lo que no contaban era que para poder obtener todo aquello se habían convertido en mano de obra esclava y habían tenido que hipotecarse para el resto de sus vidas. Tal vez fuese porque no lo querían ver o porque se negaban a reconocer su fracaso. Sí, se notaba que en lo material su vida prosperaba, pero solo en eso, en cuanto a su felicidad, no lo parecía tanto. Tío José trabajaba de albañil, y su esposa, que nos fue presentada en aquel viaje, oriunda de Murcia, limpiaba oficinas. Por su forma de hablar, más parecía que estuvieran trabajando en un paraíso. Sin embargo, se le notaba, sobre todo cuando tomaba alguna copita de vino de más, que la cosa no era precisamente así y que añoraba la vida libre y sana del pueblo.

Años más tarde comprendí que a ningún emigrante le gusta regresar fracasado a su tierra. Es esta una de las causas por las que gran parte de ellos no regresan, prefiriendo mal vivir en ciudades dormitorio, que volver a sus raíces.

Mis padres, que aunque no me decían nada estaban al tanto de cuanto me estaban sucediendo, vieron en aquella visita la oportunidad de alejarme por un tiempo del pueblo.

No sé como lo tramaron, el caso es que me engatusaron para que partiera con mis tíos, quienes prometieron que me devolverían un par de semanas más tarde, ya que ellos tenían vacaciones durante todo el mes de agosto.

Fue así como un día  de mediados de agosto partí en aquella pequeña caja montada sobre cuatro ruedas, entre paquetes de embutidos, maletas y otras provisiones, con dirección a la ciudad de Barcelona de la que me habían hablado maravillas.

Del viaje, mejor ni hablar. En aquel pequeño coche me sentía como atrapado en una jaula, pero al mismo tiempo fui descubriendo nuevos paisajes y entendí que existía un mundo más allá de las limitaciones. Un mundo por descubrir. Apenas pasar el pueblo de Anguiano, el paisaje fue cambiando a medidas que entrábamos en el llano. Las viñas se extendían a ambos lados del camino. Por primera vez empecé a intuir que el mundo no se terminaba en aquellas sierras, pero también, a pesar de que éste nuevo y desconocido pasaje tenía cierta belleza, empecé a añorar la naturaleza agreste en la que hasta aquel día me había criado, entre agua fresca, hayedos, robledales y castaños.

No recuerdo cuantas horas tardamos, tal vez todo un día, pero lo que si recuerdo fue nuestra llegada a Barcelona. Habíamos salido de madrugada y estábamos en las afueras de la ciudad cuando empezaba a declinar la tarde. Entonces me acordé una vez más de Don Quijote, el libro iba conmigo, a mi regreso pensaba devolvérselo a Jorge, y no pude evitar buscar y releer lo que describía sobre la entrada del Caballero en Barcelona:

 

Tendieron don Quijote y Sancho la vista por todas partes: vieron el mar, hasta entonces dellos no visto; parecióles espaciosísimo y largo, harto más que las lagunas de Ruidera que en la Mancha habían visto; vieron las galeras que estaban en la playa, las cuales, abatiendo las tiendas, se descubrieron llenas de flámulas y gallardetes que tremolaban al viento y besaban y barrían el agua; dentro sonaban clarines, trompetas y chirimías, que cerca y lejos llenaban el aire de suaves y belicosos acentos. Comenzaron a moverse y a hacer un modo de escaramuza por las sosegadas aguas, correspondiéndoles casi al mismo modo infinitos caballeros que de la ciudad sobre hermosos caballos y con vistosas libreas salían. Los soldados de las galeras disparaban infinita artillería, a quien respondían los que estaban en las murallas y fuertes de la ciudad, y la artillería gruesa con espantoso estruendo rompía los vientos, a quien respondían los cañones de crujía de las galeras. El mar alegre, la tierra jocunda, el aire claro, solo tal vez turbio del humo de la artillería, parece que iba infundiendo y engendrando gusto súbito en todas las gentes. No podía imaginar Sancho cómo pudiesen tener tantos pies aquellos bultos que por el mar se movían

 

Aunque no era lo mismo, bien cierto que la visión del mar desde antes de entrar en la ciudad me impresionó: aquella inmensa extensión azul en la que se perdía la vista hasta fundirse con el cielo, era muy superior a lo que me había imaginado.

Pero a medida que nos adentramos en sus calles para dirigirnos a nuestro destino en Pueblo Nuevo, todo fue cambiando. Estaba deslumbrado: el paso por la amplia avenida de la Diagonal, la Plaza de Cataluña, las Ramblas, el Puerto… Si las amplias calles me llamaban la atención, no lo hacían menos las gentes y la actividad que veía a través de la pequeña ventanilla: coches circulando por todas las calles, aceras atestadas de personas bien vestidas,  escaparates mostrando los más sugerentes artículos, camiones de reparto por doquier… No sabía a donde dirigir la mirada: si a los edificios que me parecían grandiosos, a las gentes, a los vehículos… No, no estaba preparado para poder captar cuanto se ofrecía a mi vista. Al paso por el puerto, no eran galeras, pero si grandes buques de acero negro los que allí estaban atracados.

Fue llegar a Pueblo Nuevo, por entonces un barrio obrero, ahora tras las olimpiadas muy bonito, el lugar donde vivían mis tíos, cuando todas mis percepciones cambiaron. Ya no era el humo disparado por los cañones de las galeras que acaba desvaneciéndose en el aire: ahora se trataba de un humo denso y negro que vomitaban las largas chimeneas de las fábricas y que permanecía en suspenso tiñéndolo todo de fealdad; una fealdad con aire de tristeza. Las gentes parecían distintas a las que había visto a mi paso por el centro de la ciudad: su caminar era pesado, parecían cansados; sus ropas no denotaban precisamente prosperidad; sus caras no mostraban signos de alegría, si no de resignación. También el número de vehículos se veía disminuido y en muchos casos sustituido por carros tirados por mulos, algunas motos y bastantes bicicletas. Las aceras no todas estaban cubiertas de lozas y en grandes tramos eran solo de tierra y piedra. En cuanto a los edificios: parecían colmenas ocres revestidas de ladrillos. No, no me dio sensación de encontrarme en la misma ciudad que unos minutos antes había admirado. Tal vez fuese efecto del cansado viaje, el caso es que empecé a tener la sensación de que allí no iba a ser feliz. Que aquello no iba conmigo.

Aquella sensación se confirmó nada más entrar en el edificio donde mis tíos vivían: para empezar, un portal pequeño todo pintado de gris, lo que daba una impresión de oscuridad, y algunas bolsas repletas de basura, situadas en un lateral; al fondo, una estrecha escalera por la que tuvimos que subir con todos los bultos que habíamos llevado del pueblo hasta un segundo piso. Fue una  tarea casi imposible.

Para ellos era un orgullo aquella vivienda que con gran sacrificio habían comprado. Me la mostraron como quien muestra un palacio, pero a mí, acostumbrado como estaba a nuestra casa de piedra en la que las habitaciones eran espaciosas y luminosas, aquello me confirmó que estaba en una colmena. Me asignaron una habitación, ocupada, en su mayor parte, por una estrecha cama en la que apenas podía moverme. Al llegar muy cansado del viaje, nos limitamos a comer unos bocadillos y después nos fuimos a dormir. Pero aquella noche, que malamente dormí a pesar del cansancio, debido al húmedo y pegajoso calor al que no estaba acostumbrado, el sueño que tuve años atrás y que no había olvidado, tuvo su continuidad.