Hécate es mi favorita, pero hablo de la Hécate alejandrina, la misteriosa, reina de las encrucijadas, la de tres cabezas, la diosa de la hechicería, y clamo como Eurípides en Helena: Oh Lucífera Hécate, envía benignos fantasmas y la invoco siete veces como requieren los antiguos, de repente quedo quieto, el ruido moderado de unas pisadas me sacan de mis cavilaciones, en la oscuridad aprecio una figura, Hécate ha venido hasta mí; pero no descubro tres cabezas, sino una, se acerca y casi pega sus ojos a los míos, el espanto se apodera de mí, siento que mis esfínteres se aflojan, es el desgraciado que quiso apuñalarme, creo que son mis últimos minutos de vida, tal vez enviado por la dirección para salir de mí, no es primera vez que esto se ha hecho; el demente me mira durante largo rato y me huele, no le gusta lo que percibe y después de dar dos o tres vueltas alrededor de mi camastro, se aleja; vuelvo a respirar después de sentir que sus pasos han desaparecido en la noche, Oh, señora mía, reina de la noche, ¿por qué haces esto conmigo? Aparta de mí los perros rabiosos que pretenden desgarrarme con sus infortunios y desasosiegos; pido auxilio a gritos, me desgarro la garganta, pero nadie me escucha; entonces la voz terrible del miserable sale de otro ángulo de la habitación, el muy cabrón no se ha marchado, sólo se ha escondido en la oscuridad; compañero, nadie vendrá, me dice simplemente, te trajeron aquí para que no jodieras, todos quieren salir de ti; acercó su cara de espanto, ni comida te han dado y querrán que te pudras envuelto en tu mierda y tu orina, el agua pronto llegará hasta ti y te ahogarás, bueno, no tanto como que te vas a ahogar, pero si vas a pasar un sofocón con el agua que baja y se acumula acá en lo bajo e inunda toda esta parte incluido este pabellón hecho por algún loco, porque un ingeniero que se respete no escogería esta hondonada para construirlo; compañero, estás temblando, siento como la cama se mueve, pero no tengas miedo, no te voy a matar, no me gustaría hacérselo a un desgraciado amarrado a la cama; ese fue el problema mío con los fusilamientos, eso de dispararle a un tipo amarrado a un poste, eso no era para mí, prefiero apuntarle a una gente que se mueve, esa era mi especialidad, empujar al reo al medio del paredón y entonces dispararle, a veces no le das donde le tienes que dar y formaban unos escándalos, que había que andar de prisa para que La Habana no se despertara; compañero, esa fue mi pincha durante unos cuantos años, cuando el ché decía dale una aspirina, era que lo lleváramos para la explanada y le diéramos tafia; había tipos que tenían que amarrarlos, se cagaban y meaban delante del pelotón como hiciste tú, a esos no me gustaba matarlos, prefería a los jorocuses, que no querían que los vendaran, ni los amarraran, entraban confiados al ruedo, como saltaban cuando los cogía la descarga, eso lo hice también en Angola y en Etiopía, mira, compañero, debes estar jodido de estar amarrado, te voy a soltar, mientras tanto yo voy a la cocina, puedes venir conmigo o esperarme aquí, como quieras; tú nunca debiste meterte con el jefe, yo vengo ¿oíste? Compañero, pienso escapar más tarde, ahora todos están pensando cómo pasar la noche lo más seco posible; se aleja, camina como si tuviera ojos de gato, sus pasos se alejan hasta perderse, me cercioro bien, entonces me levanto de la cama, me quito el short y la camisa de pijama y los lanzo por una de las ventanas; qué mierda me he buscado yo con ese loco más loco que yo, qué querría decir con eso de que iba a la cocina, ¿irá a buscar un cuchillo? Ese desgraciado de mierda seguramente querrá abrirme el estómago de arriba abajo, por eso me desató, él mismo lo dice, no le gusta matar a alguien atado, ahora vendrá y me perseguirá y yo huiré y de seguro que me enredaré en mis propios pies y ahí será cuando aprovechará para apuñalearme; miro por la ventana y veo algunas luces en la parte delantera del hospital, en la parte asistencial, sería bueno buscar auxilio, pero si eso es lo que quiere el maldito, sorprenderme en la huída, lo mejor que hago es ocultarme, ¿dónde está el maldito interruptor? El miedo y la angustia no me dejan pensar con claridad, ¡Cojones, piensa antes de que el sicario regrese! Tengo rabia, tanta mierda que he inventado durante toda mi vida y ahora nada se me ocurre para salir de la ratonera; pero algo sé, es mejor no encender la luz, la oscuridad es la mejor aliada que tenemos los dos, quien mejor la aproveche será el ganador, me esconderé, entre tanta mierda de hospital habrá un hueco donde ocultarme; dudo, no es una buena idea, el despreciable debe saber el lugar donde se encuentra el interruptor y quedaré expuesto a la luz como una tonta ovejita, lo mejor es salir afuera, esconderme entre los almácigos; la arenilla vuela y se incrusta en el cuerpo como balines y aúllo de dolor, en la oscuridad camino a tumbos en medio de la noche.

Mis pies siempre han sido demasiado delicados, ahora las piedras más pequeñas me laceran; pero es imposible evitar la tortura que representa huir descalzo en medio de la noche y bajo un atroz aguacero, arqueo las piernas, las doblo, a punto estoy de caerme, pero el dolor no me detiene, debo hundirme en la oscuridad lo más rápido posible, estoy decidido a buscar un refugio que me libre de la amenaza mortal que representa el matón; ahora me arrepiento de haberme quitado las ropas, el frío me martiriza, tiemblo de manera incontrolable y no creo que pueda soportar las inclemencias del huracán por mucho más tiempo, la lluvia ha apretado y cruzan ráfagas de viento que hacen saltar las cubiertas de las cabañas de madera; el terror me tiene crispado el rostro y las manos, camino a la manera de un Frankestein con problemas articulatorios, no encuentro los malditos almácigos, sólo bancos, cruzo un sendero, sigo adelante, a lo lejos siento las ramas sacudidas por el torbellino, hacia allí me dirijo; me acurruco detrás de un grueso tronco, la lluvia cae en chorros desde lo alto, me duelen las piernas de las rozaduras de los espinos, el clima me es desfavorable, los estornudos me sacuden constantemente, soy una calamidad, al asesino no le será difícil encontrarme a pesar del estruendo de la lluvia, el viento y los objetos que éste arrastra; qué hace un débil hombre que sólo ha ejercitado los músculos de los dedos para sujetar el lápiz huyendo desnudo de un maniático asesino en medio de un ciclón, la respuesta es bien conocida, lengua muy suelta y oídos sordos; por qué no me acogí a la oferta del director, gritas todas las mañanas viva fidel y te darán tres raciones de almuerzo y comida, sé que el menú no es de gran calidad, pero al menos tres raciones significa cantidad y eso me agrada; agachado detrás de un árbol, mi cabeza semeja un faro, oteando trescientos sesenta grados, no quiero sorpresas, si he de morir lo haré corriendo como un gamo, las horas pasan, a veces el sueño me cierra los ojos, pero el miedo a la muerte es superior al cansancio, no aprecio la figura fantasmagórica en el pabellón, ni por sus alrededores, ni él tampoco a mí, pero ni esa idea me tranquiliza, escucho los ruidos como explosiones en el interior de los pabellones cuando las ráfagas de viento entran por las ventanas y empujan todo lo que encuentran a su paso, los chasquidos provenientes de la techumbre me erizan la piel que ya de por sí lo está por el agua y el frío; es sobrecogedor el aullido del torbellino que lo destroza todo, el ruido que produce la caída de un enorme tronco sobre el techo del último de los pabellones hace que crea por un segundo que alguien ha saltado sobre mí, me tiro al suelo y gateo hasta meterme entre unos arbustos, al tiempo que caen ramas y todo tipo de objetos; me desplazo pegado a la vegetación que crece sobre la cerca, recorro todo el perímetro hasta acercarme a la entrada; la borrasca arrecia, vuelve la noche, los árboles son arrancados, un gigante desprende la cerca del suelo y la echa al aire, el ruido es ensordecedor, infinidad de objetos vuelan, caen, ruedan y vuelven a salir volando, los cristales cercanos estallan, los postes caen y con ellos el tendido eléctrico, oculto detrás de una columna espero la muerte, el aire pasa por mi lado y sólo la firmeza del pilar impide que el viento me arrastre; sé que son mis últimos minutos de vida, tengo hambre y mucho cansancio, me duermo por unos minutos, me despierta una voz, lo único que recuerdo es mi nombre al final de la frase; abro los ojos y doy unos pasos en dirección a la garita que ya no es garita, el viento no me deja avanzar y corro a protegerme al lado norte, el viento es menos intenso gracias a una edificación cercana, en el momento que lo hago, un pino cae cuan largo y pesado es sobre la columna que me ha protegido y las cercas que limitan la entrada, miro hacia el edificio primero, nadie asoma sus narices; ya no sé si correr hacia allá o mantenerme pegado a lo que queda de cerca, porque salir a la calle es una muerte segura, en ella todo ha sido barrido; intento recordar el nombre del huracán para hablar directamente con él, pero una luz cegadora aparece de repente y ya no recuerdo nada más.

El miedo cambia al hombre, el hombre dominado por el miedo es capaz de obrar de manera infrecuente, pero hay algo que hace actuar al hombre peor que el miedo y es la locura, eso lo pude constatar en los momentos en que intentaba huir; el miserable desafiando la tormenta ha venido directamente hacia mí, dije que al verlo saldría corriendo y no lo hice, ¿ven como el miedo puede hacer cambiar a un hombre? Se detiene a un par de metros y se queda mirándome fijamente, compañero, creí que te habías ido, dice simplemente; me pongo de pie y lo enfrento; es un hombre fuerte y sus manos lo son más, con las que puede estrangularme como si fuera un gato recién nacido; por qué un hombre puede ser tan diferente de otro, me pregunto mentalmente; siento no traer un fusil, compañero, con él te fusilaría, exclama con desprecio, por qué tanta rabia conmigo, le pregunto, debería ser al revés, debía ser yo quien debía odiarte, acaso no te has pasado la vida fusilando gente; gente no, me aclara, enemigos; enemigos de tus jefes, no precisamente tuyos, le contradigo, fueron tus jefes quienes generaron tantos enemigos, le arrebataron la vida a sus adversarios, comenzaron por los militares, se volvieron insaciables y agresivos y a aquellos se fueron agregando los poseedores de propiedades grandes, medianas y pequeñas, hasta el día de hoy que se suman los arrepentidos y los desengañados; me enseña sus dientes apretados; compañero, por eso debía fusilarte, pero no tengo un fusil, el sicario grita enfurecido y me muestra sus puños crispados, sin temor al viento, al que desafía, el aire lo empuja y da unos pasos, pero se detiene, es como ver a un hombre luchando en medio de un río contra la corriente, me agazapo, él sigue testarudo rumiando su odio; siempre fuiste un sirviente, declaro, el hombre no se mueve tal vez pensando en lo que acabo de decirle, entonces mueve los labios con lentitud como si escupiera balas, compañero, la vida te pone en lugares, tú no lo pediste, pero te ponen y debes realizar cosas, las haces y te admiran, te congratulan y hasta te tienen miedo y te sientes importante, necesario; lo interrumpo, eres un hombre sin escrúpulos, le espeto, sonríe y muestra nuevamente sus dientes, horrorosos y picados; ni escrúpulos, ni amigos, ni amores, ni familia, nada de eso le está permitido a los compañeros que como yo juraron morir por su ideal, sólo se puede creer en ti mismo y en tus jefes, compañero, y me hago responsable de mis hechos, la guerra me ha cambiado; es decir, digo, te han manipulado, ¿no es eso?, te metiste en la mierda hasta el cuello y no tienes manera de salir; el viento recrudece su fuerza, el maniático se tambalea, parece que va a caer, pero sus piernas lo mantienen; no entiendes, compañero, hay cosas que están antes que nosotros: la patria, el deber; me mofo con una risa loca que hace que el lunático me mire con desconfianza, me siento engañado, estafado, con esas palabras que he oído mil veces ¿hablas de la patria inventada por tus amos o la patria de todos?, grito, ¿Dónde están tus jefes? ¿Aquí, ahora? No, están muy lejos del ciclón. No tienes nada, hermano, sin un centavo, tienes hambre, nadie te ayudará y te beberás las lágrimas, solo, impotente, comprimido al tamaño de un fríjol, sabiendo que te han llevado a las cuerdas y que no puedes separarte de ellas; ahora es el obseso quien me imita con una risa que sobrepasa el fragor del huracán, ¿te pasa lo mismo a ti?, ríe más fuerte, ¡Eso es, compañero! Tú no has matado porque no has tenido oportunidad, pero si lo hubieras hecho ahora te reirías del mundo y no sentirías nada si tuvieras que pisotear a alguien; ríe a carcajadas y se dobla y se coloca las manos en los muslos sin dejar de reír, mientras el viento quiere desprenderle las ropas; ¿de qué te ríes? ¿Por haberte convertido en un monstruo? Grito, pero el aire se lleva mi voz y veo como lo arrastra y lo eleva como si fuera un papalote y lo lanza contra los restos de la garita.