Desde la primera tarde Aniceto Ordoqui se ganó la vida en Nueva York en una forma inusual: vendiendo dulces de coco envueltos en papel celofán que él colocaba en una mesita plegable en aquellas esquinas en las que hombres y mujeres de distinta condición, panaderos y vizcondes, prostitutas y almacenistas, monjas y extraterrestres, deambulaban sin el beneficio de una fulminante orientación pero tratando de exacerbar algún recuerdo de la infancia que los ayudara a seguir viviendo con varios centímetros de ilusión entre pecho y espalda. A esas gentes les vendió sus dulces durante los meses feroces en que nadie lo contrató para tocar el saxofón en un night-club de la Quinta Avenida, donde al fin se sentó en una banqueta forrada de terciopelo con todas las luces y todas las miradas cayendo geométricamente sobre él, y donde cada noche aproximaba sus labios al cañuto del instrumento para tocar cualquier canción, la que el público le solicitara o la que él encontraba en un rincón polvoriento de su memoria. Aniceto nunca negó que se había enamorado en el instante repentino de un solo zarpazo, como se enamoran en todos los idiomas los peces, los dragones y las salamandras, de una rubia oxigenada que desde la densidad del público lo miraba todo el tiempo con una admiración tan persistente que él se sintió obligado a reciprocar aquella devoción inesperada con una mirada que parecía preguntar ¿cuándo y dónde nos vemos?, a la que ella respondió con otra que traducida al esperanto quería decir: cuando tú quieras y en el lugar que escojas. De manera que esa misma noche, cogidos de la mano, pasaron a pie por debajo de los anuncios luminosos, que les hacían guiños maliciosos a las tinieblas, entraron en un supermercado para comprar un paquete de cigarrillos y en otro una bolsa de manzanas y en otro una botella de whisky, y al fin llegaron a la buhardilla de Aniceto Ordoqui, donde solo cabía una cama, una mesita de luz y el estuche del saxofón, y donde pasaron juntos la primera noche, haciendo el amor como lo han hecho todas las personas desde que el universo inició su expansión, pero refocilándose en el éxtasis de que nadie lo había hecho nunca igual, te das cuenta, mi amor, nadie, y tanto insistieron en que aquellos besos y caricias que se prodigaban eran únicos e intransferibles, tanto llegaron a creérselo que no tuvieron de inmediato la necesidad ni la oportunidad de preguntarse sus nombres, y ella estuvo una semana y tres horas sin saber que él se llamaba Aniceto, y él, que era más puntilloso, solo cinco días sin escuchar que ella se llamaba Ivette, que no era cubana como había pensado al principio sino inglesa, aunque sus padres, que eran alemanes, decidieron irse a vivir a Cuba cuando ella tenía apenas un mes de nacida.

-¿A qué lugar de Cuba? –preguntó Aniceto mientras su boca dejaba una estela de besos esternón abajo.
-A La Habana –respondió Ivette sin pestañear pensando que el final de la estela no era el ombligo como alguien platónicamente hubiera sospechado o sin necesidad de pensarlo porque ya Aniceto había experimentado el mismo recorrido cuesta abajo y con el mismo resultado: succionarle el clítoris para oírla gritar de placer, para oírla ronronear como una gata en el tejado caliente, o para adueñarse de su voluntad y sacarle información, puesto que Aniceto Ordoqui, atenaceado por el delirio de persecución, siempre pensó que las señas de identidad que Ivette suministraba eran falsas, y ahora lo confirmaba oyéndola decir que había vivido en La Habana, donde viven todos los que no han vivido en Cuba, porque es la única ciudad, en esa isla aturdida de amor, que se menciona en las novelas de Cabrera Infante y en las películas de Gutiérrez Alea y de Andy García, la única que tiene un perfil noticioso en las agencias cablegráficas y un ingrediente de nostalgia en los hábitos de los exiliados que todas las mañanas se sientan imaginariamente alrededor de una mesa de mármol en un cafetín agrietado por el tiempo para pedir un café con leche.

Por supuesto, no se llamaba Ivette ni era cubana, pensó Aniceto mucho después que ella dejó de acudir a las citas nocturnas de su buhardilla, alcanzó a barruntarlo mientras husmeaba en las discotecas y los restaurantes buscándola, buscándola sin saber por qué la buscaba en lugar de huir de ella, buscándola durante semanas y meses por los rumbos inciertos de los afortunados rincones oscuros donde se aposentaba el olor que el sexo aventurero de Ivette iba dejando a su paso, y donde también, para contribuir a su creciente desasosiego, tropezó con datos contradictorios que lo llevaron a creer que Ivette en realidad se llamaba Yesenia y era argentina, o Luisa y era colombiana, pero después de tantos crucigramas de cocineros chinos y vendedores de nada que le ofrecían informaciones cada vez más incoherentes aceptó con resignación que todo había sido un engaño, que Ivette, Yesenia y Luisa nunca existieron, que aquellas noches de amor junto a los canales de Venecia fueron el resultado de una conspiración de gondoleros que sucumbieron al resentimiento, aburridos de remar bajo la luna. Asumiendo el mismo resentimiento de los gondoleros, Aniceto se dio a recorrer el mundo sin rumbo fijo, a veces en avión supersónico y a veces en bicicleta, y así estuvo en Indonesia, España, Guatemala, Grecia, Rusia, Polonia, Ecuador, Mozambique, Perú, Checoslovaquia, China, Nigeria, República Dominicana, Chile y por supuesto México y Portugal. En ningún lugar le importunaron los problemas y las preocupaciones de la gente que se cruzó con él. En Egipto observó las pirámides al amparo de una indiferencia mineral y se encogió de hombros para subrayar que no experimentaba el menor asombro mientras los demás turistas lo miraban de reojo calculando que era un bicho raro; en el Tíbet era tal su abulia que no alcanzó a memorizar el mantra budista que hasta los niños pronuncian cada vez que tienen ocasión: Om Mani Padme Hum; en Francia y en Inglaterra compartió la vida de los vagabundos y durmió bajo los puentes y bajo los aguaceros, y en muchos otros países conoció de cerca la vida de los ancianos y los enfermos y no se condolió de las desgracias de ninguno de ellos y hasta aplaudió en una ocasión en que los amenazaron con cercenarles los beneficios del seguro social, en los que nunca estuvo incluido el derecho a ocupar un ataúd, y esa era la razón por la cual los incineraban en seguida, a medianoche, en cada una de las pesadillas de los políticos y de los candidatos presidenciales, para olvidarlos apenas esparcían sus cenizas indeseables a los vientos de artificio que ululaban en las laderas de unas montañas tan altas que no cabían en el Libro Guinness de los Récords Mundiales.

Aniceto Ordoqui nunca pudo sospechar que Ivette estaba en ese momento sufriendo idéntico delirio de persecución y que todas las preguntas certeras que él le formulaba mientras hacían el amor provocó el pánico que provocó la fuga que provocó que no se volvieran a ver nunca más, pues según todas las coordenadas cartesianas no era insensato reflexionar que efectivamente aquel saxofonista que era un sagitariano puro, era también un agente de alguien. Eso se hizo evidente en cada oportunidad en que él aprovechaba la menor tregua entre una embestida erótica y la siguiente para preguntarle si el Capitolio Nacional estaba ubicado en la barriada del Cerro o cerca del túnel de la calle Línea, si Tropicana era una iglesia o un museo de ciencias naturales, si en la Bodeguita del Medio se entraba por tres puertas al mismo tiempo, si el Gato Tuerto andaba a tientas persiguiendo palomas muertas en los tejados, o si era cierto que al Caballero de París, que de todos modos se seguiría paseando hasta la eternidad por los meridianos del folklore, le habían rasurado por envidia su larga barba de patriarca hebreo, y tales preguntas, lo sabía perfectamente Ivette, se las hacía el saxofonista de ojos verdes porque alguien le dio la orden de que cruzaran el mar sin mojarse y se las hicieran en cualquier lugar en el que ella se hubiera refugiado y con toda precisión en el instante en que sus mecanismos de defensa se hubieran debilitado, es decir cuando la estaban besando y a la vez penetrándola con una traición. De modo que abandonó Nueva York el mismo día que creyó comprobar con estupor, mientras le sudaban las manos y se le encabritaba el plexo solar, que Aniceto no era Aniceto, y que durante todas aquellas noches en que se consideró amada como nunca antes en la vida, no había estado acudiendo arquitectónicamente a unas anaranjadas citas de amor, en las que también se hartaban de ostiones en escabeche, sino a una celada policíaca que, ahora, al recordarla mientras compraba un boleto de ida y vuelta hacia cualquier lugar, era como una cuchillada en u cortex cerebral.

Ivette empezó casi al mismo tiempo que Aniceto, o quizás un poco antes, un incesante recorrido de país en país que los distanciaba cada vez más, pues ella entró en Noruega cuando él desembarcó en la isla de Cabo Verde con un parche de pirata en el ojo izquierdo, y ella suspiró en el aeropuerto de Orly cuando él bostezó en el bosque de Chapultepec, y ella llegó a Madagascar en el instante minucioso en que él abandonó Venezuela, y así sucesivamente hasta el infinito como una muñeca rusa o como una imagen pintada dentro de otra dentro de otra, hasta que un día promisorio desapareciera la necesidad de seguir huyendo y se esfumara el miedo de un modo inesperado y providencial como se gasta una moneda de tanto manosearla en el bolsillo.