Quien se lea, sobre todo, las últimas obras de Enrique José Varona, encontrará detalles sobre un conflicto radical en Cuba. El escepticismo que se le adjudica con buena razón a Varona sobre el desenvolvimiento político y social de la nación, no es otro que un resultado de la falta, en la Isla, del auténtico enseñador. Había leído a Nietzsche, pero no creyó en lo síntomas existenciales de la domesticación por suponerlos historia pasada, sino que se afincó, como buen humanista, en el concepto positivista de la enseñanza. Abogaba por la pedagogía como ciencia y para crear competentes pedagogos. En sus análisis antropológicos, que de seguirlos hubiera conseguido mejores resultados, fue de la opinión que “el hombre es una fiera inteligente, pero la peor de las fieras”, y que a lo sumo había alcanzado la norma de un “gorila repulido”, un “orgulloso antropoide reformado”.

Aun cuando el diagnóstico de lo bestial estaba ahí, a flor de piel, a la vista del pensador, Varona dejó de enfrentarlo con la naturaleza de la antropología filosófica. Prefirió atenderlo a través de la pedagogía. Se lee, en uno de los fragmentos más conspicuos de su obra, Ensayos Filosóficos de Estética y Crítica Literaria, que la enseñanza pedagógica “puede en cierto modo educarlo y guiarlo, que es aquí vencerlo”. De cara a ese dilema ontológico, Varona sobrepone la sentencia: “la educación es su verdadera redentora”. Y vencer la fiera, lo bestial, por medio de la educación y la pedagogía científica, es el fin que justifica los medios en Cuba. Ninguna idea desarrollada por el trabajo intelectual posterior a Varona se separa un ápice de ese principio, cuyo influjo se esconde en los procesos de la vida práctica de las instituciones académicas y educativas cubanas.

En resumen, ¿ante qué aspecto de la vida práctica en Cuba estamos dormidos? ¿Ante qué cosa debemos definitivamente despertar? ¿Cuál es el sueño que confunde al ensueño en la vida práctica? ¿Por qué hay una manía en Cuba de enseñar? Ya no hay ningún sueño metafísico al que acudir, es la metamorfosis de la educación en Cuba la práctica que siempre retorna. En fin: más que una crisis política, económica y social, en Cuba subyace profundamente el recrudecimiento de la crisis del humanismo, de la educación como forma práctica de enseñanza.

En este sentido, visto a vuelo de pájaro, lo que se evidencia en la arena de la competencia de clases es la lucha por el mando de la educación, dos fuerzas políticas (régimen y oposición) que intentan apropiarse de los nuevos medios de comunicación y continuar el ditirambo de la domesticación de los nuevos hombres.

No podemos dejar de decir que detrás de cualquier concepto simbólico –Patria, Nacionalidad, Nación, Revolución, Democracia, Alfabetización, Libertad, Socialismo–, se oculta el propósito de la domesticación humana mediante la instauración de una escuela. El proceso alcanza su clímax con la alfabetización, que cumple con el objetivo de preparar al hombre para el adoctrinamiento ideológico.

Vale preguntarse entonces: ¿Es Cuba un país donde impera el dominio de la nación bajo modelos inspirados en una sociedad literaria, de las que se produjeron durante los días álgidos del humanismo? Indudablemente Cuba constituye en la actualidad el país que mejor enmascara la esencia del humanismo. El humanismo que llega a encubrir, mediante la educación y la cultura, la esencia de la domesticación, la doma y la cría de hombres, si estos preceptos no peyorativos se entienden, según el planteamiento de Peter Sloterdijk, en Normas para el parque humano, como encubrimiento de la transmisión desde la que se fundan comunidades por medio de la escritura pedagógica.

Dicho esto, y con el ánimo de desarrollar ampliamente más adelante, quisiera dejar establecida la existencia, por ahora, de al menos tres grandes relatos (o momentos expositivos o envíos postales pedagógicos de remitentes importantes) que contribuyen a la formación de esas amistades, o de agrupaciones domésticas, una vez que transmutan el envío educativo-literario a un reglamento político. Esos envíos postales, o relatos literario-pedagógicos, tendrán como objetivo formar hombres mejores o comunidades unificadas por remitentes educativos a destinarios lejanos. Son:

  • La justicia, pequeña esquela filosófica de los aforismos de Luz y Caballero. Ese sol del mundo moral.
  • El amor, ensayo de la patria “Con todos y para el bien de todos” de José Martí.
  • La tradición, La historia me absolverá de Fidel Castro.

 

Justicia, amor y tradición: los tres elementos que configuran la escritura educativa de la nación cubana.

El primer envío se traduce por medio de la escritura filosófico-pedagógica, el segundo por el ensayo literario-pedagógico y el tercero por el panfleto político-pedagógico. Las tres formas prácticas de envíos matriculan en el proyecto de la educación y la ciencia pedagógica en Cuba. La educación y la pedagogía como ciencias que constituyen, a lo largo de dos siglos de historia, el instrumental del humanismo en Cuba, es decir, de nuestra domesticación.

El hecho de que se haga cada vez más problemático enmascarar el dilema de lo “bestial” en el comportamiento humano, revela que la función de la literatura va llegando a su final. En la literatura cubana, solo un autor ha llamado al conflicto por su nombre, y lo ha hecho partiendo de una perspectiva optimista. Lourdes Tomas Fernández de Castro ha escrito quizás la novela más arriesgada que un autor exiliado se haya propuesto publicar: El domador. A través del personaje principal, trae de vuelta el viejo dilema que, acuñado en su momento por Nietzsche, plantea que la lectura educa y constituye un instrumento eficaz en el arte de domar.

Si este conflicto fue ocultado por el avance de la literatura, la imprenta y sus avatares, se debe a que muy pocos autores (por no señalar que ninguno) se detuvieron a señalarlo. Pero la literatura, más que humanizar y cultivar, como creyeron los maestros de la pedagogía cubana, se proponía domar al rebaño bajo la falda encubridora de la educación.

De este conflicto nace lo que se conoce como “nación cubana”. Nación que se propone esconder tras la ficción literaria el impúdico esfuerzo de la educación. Así tendremos que el vector movilizador de la historia y del progreso en Cuba lo constituye la enseñanza. La nación se reduce a enseñar. Más que formas de vida práctica y productiva, la nación se propone crear hombres para la enseñanza. Las revoluciones son formas periclitadas de enseñanza. La ciencia, la filosofía, la literatura, la historia, la administración en Cuba, responden a formas estrictas de enseñanza que en el fondo constituyen formas de domesticación. La enseñanza se limita a enseñar. Y esa forma de vida crea una tendencia acuciante sobre la práctica del enseñador.

Por excelencia, el campo de la competencia en la cultura cubana ha sido constreñido a los juegos del enseñador, entre los cuales prolifera, por razones conocidas, la estulticia de la retórica y el sofisma.

No hay que ir muy lejos para comprobar que la educación, bajo la enseñanza de los diversos métodos pedagógicos, constituye la espina rectora sobre la cual descansa la práctica del discurso, de la retórica en Cuba. En la enseñanza de la educación descansa la vida práctica de la nación. Nadie está exento de esa práctica, ni siquiera el deportista que obligatoriamente se encuentra inmerso en un riguroso entrenamiento. Cuando decimos que Lezama Lima es un novelista, lo es por una enseñanza. Cuando decimos que Guiteras es un político, lo es por una enseñanza. Cuando decimos que José Martí es un humanista y poeta, lo es por una enseñanza. La enseñanza crea enseñadores, prácticas para domesticar a los enseñados.

Y de aquí sale a flote el mayor conflicto del ego en Cuba: ¿quién es maestro y quién no? Pensando en esta dirección: ¿Cuáles han sido los objetivos esenciales de la revolución cubana para mantener el poder totalitario durante 56 años? Uno de ellos: neutralizar la fuerza thimotica del pueblo y abrir las puertas a la poshistoria de la cubanidad.

Thymós (energías thimoticas) es una palabra griega que significa valor, orgullo, arrojo, voluntad de poder, y que incluye la ira y la venganza (la primera palabra orden en La Ilíada). Es un universo de inspiración emocional en el espíritu de los antiguos griegos, luego ocultado por la religión del amor y la compasión (el cristianismo), pero que subyace en el substrato de la historia occidental. Revoluciones como la francesa se apoyan en la acumulación de esas fuerzas iracundas. Carlos Manuel de Céspedes también echa mano a esas energías para encaminar el primer movimiento de magnitud separatista contra España. La ira, el orgullo, la dignidad, la justicia contra el crédito hipotecario y la usura. Aquí nunca hay conciencia de clase, sino vitalismo thimotico, un tema de nuestra existencialidad aún por estudiar.

En 1959, estaba por estallar un flujo de fuerzas thimoticas acumuladas, las cuales fueron perfectamente utilizadas por el M-26-7. Pero con el triunfo de la revolución, el orgullo, el arrojo, el brío que insuflaron vitalidad a las primeras revoluciones independentistas, fueron transformados por fuerzas eróticas, desde el deseo de ver terminado el producto del trabajo. Las fuerzas iracundas solicitadas por “ese sol del mundo moral” a través del sentido del derecho, se transmutan en fuerzas del deseo.

Por lo general, la oposición actual al régimen se lleva a efecto por medio de deseos: deseos de libertad, de huir y de sobrevivir. Las fuerzas de la historia en Cuba están derogadas por el momento. Hoy, allí, no se aprecian indicios thimoticos masivos sino aislados, por lo cual no es previsible, a corto plazo, la caída del régimen.

¿Cómo activar el influjo de la energía thiotica a lo largo y ancho del país? No lo sé. Pero es un punto al que hay que acudir preferentemente con nuevas técnicas, porque el orgullo y la dignidad como fuerzas fueron desterrados de la sensibilidad del cubano por la idea marxista de que todo “orgullo” proletario es ver realizado el producto de su trabajo. De ahí el hombre nuevo guevarista y el hombre comunista castrista. No sabemos por qué esta fuerza de la erótica marxista todavía gravita como un peso mayoritario sobre la psicología del cubano, dentro y fuera de la isla.

Desde luego, por estos días estuve leyendo Principia Ethica, de G. E. Moore, y corroboré una vez más que el trabajo del filósofo, del pensador, es dar vueltas y más vueltas sobre las palabras para no llegar a ninguna conclusión acertada. Moore, que intentó por más de 200 páginas definir qué es lo bueno y qué es lo malo, al final tuvo que conformarse con la indefinición. ¡Lo bueno –dijo Moore– es un valor indefinible! Y de esta forma analítica, desde la fenomenología de la ética de Moore, se plantea que la tradición naturalista de la ética quedó refutada. Yo no lo puedo asegurar, puesto que no tengo todas las coordenadas teóricas, pero en el diálogo que sostuviera Umberto Eco con el obispo de Milán Carlos María Martini en el terreno de la ética sobre el fin de siglo, se deja entrever que la indefinición continúa. ¿Qué es el bien?

Sólo puedo dar una muestra de la naturaleza de la ética basándome en una leyenda. Una historia que leí sobre un duelo entre dos grandes filósofos chinos. Fueron ellos a disputarse el logro más elevado de entonces: la moral. Uno de ellos era Confucio, quien fue a retar a Lao Tsé. Preguntó el primero al segundo: ¿qué sabe usted sobre la moral? ¿Cómo se puede cultivar un buen carácter? Y Lao Tsé respondió: no te hagas el listo, porque el problema de la inmoralidad viene al caso cuando eres inmoral, y un hombre moral no sabe lo que significa la palabra “moral”. Un hombre sin carácter siempre está pensando en el carácter, en construir un buen carácter.

De modo que Lao Tsé estaba yendo a la raíz de la moralidad y la ética. Quienes se preocupan por la ética, por la doctrina moral, por imponer un buen carácter, son antiéticos e inmorales en el fondo. En su interior bulle la inmoralidad. Así le dijo Lao Tsé a Confucio: no trates de cultivarte, pues toda sociedad moral en el fondo cultiva la inmoralidad. En el fondo de cada individuo que pretende ser moral bulle la inmoralidad.

Y se dice que Confucio, uno de los artífices de la moral china, quedó estupefacto y reconoció las verdades de Lao Tsé. Confucio se confesó entonces un gran inmoral. Porque cultivarse en la moral es una tontería, mejor sé natural y sencillo. Debido a esta contradicción humana de fondo, la analítica de Moore no pudo llegar a ninguna definición sobre qué es el bien. ¿Es bueno el placer? Estaríamos en la misma contradicción de fondo. Por eso es mejor sustituir los dogmas y tratados morales por la naturaleza moral de la vida.

Hay un ejemplo ético que quisiera tratar en breve. Si parto de lo anteriormente anunciado, no dejo de ver en la arbitraria decisión de la Feria Internacional del Libro de Miami (2011) de excluir libros autopublicados, una política de monopolización. No tiene otro nombre. ¿En qué argumentos se pudo basar la comisión organizadora del evento para excluir los libros autopublicados, tal y como ha sucedido en esta edición? Se podrán enumerar cientos de razones, pero la calidad de un libro no se mide por el nombre de la casa editora y ni siquiera por el nombre de su autor. Un libro contiene en sí mismo su propia calidad, sea autofinanciado, autopublicado o editado por prestigiosas casas editoriales. Lo único que puede explicar la exclusión de determinados libros en la Feria internacional de Miami es una rancia política de monopolización, relacionada con ciertos intereses establecidos para preservar el poder.

Perry Anderson cuenta en Los orígenes de la posmodernidad que una de las creaciones más conspicuas que produjo la ruptura con la modernidad respondía al incipiente desarrollo de la democratización publicitaria del libro, tanto en el orden cualitativo como cuantitativo; y hacía énfasis en este sentido, con exhaustiva peculiaridad; en la eugenesia del arte el individuo se inclinaba más por la autopublicidad de sus obras que por acudir a grandes casas editoriales para publicitarlas. Pero tal vez los organizadores de la Feria estén de acuerdo en que este espíritu renovador no está arraigado y/o generalizado lo suficiente como para ceder a una tendencia que ya es irreversible.

Parece mentira a estas alturas que en el corazón de una ciudad postmoderna como Miami, se devalúe por ciertos caprichos lo que es ya historia contundente. Tengo entendido que más del 60 % de los autores residentes en esta ciudad escoge el camino de la autopublicación antes que esperar a que una editora clasifique sus libros. Desde luego, esto puede estar incidiendo negativamente en los progresos editoriales de las compañías tradicionales, pero no constituye argumento para enfatizar coartadas contra un programa individual que por su propio peso y espontaneidad se está imponiendo.

Gran parte de los libros más leídos y vendidos históricamente han sido obras auto-publicadas. Por ejemplo, la gran obra de Friedrich Nietzsche, Así habló Zarathustra, contó con el financiamiento y la edición del propio autor. Se cuenta que Nietzsche editó por su cuenta catorce ejemplares de cada capítulo de la obra y los regaló a sus amigos más allegados. Hoy se ha perdido la cuenta de cuántas casas editoras han reeditado la obra del pensador alemán. Se encuentra entre los primeros cien libros más leídos del mundo.

Quién sabe si los libros autopublicados se conviertan en el futuro en una fuente estimable para desenrollar la evidente crisis que atraviesa el negocio de las grandes editoras. Para mí es obvio que la política de excluir de la Feria Internacional del Libro de Miami libros autopublicados no constituye más que una excusa para detener un derrotero legítimo dentro del proyecto democrático de las sociedades libres.

Entonces, ¿cómo fue que tuvo lugar el cambio de un concepto de origen netamente ontológico por uno de objetivo ideológico? Pasó y pasa todavía con la designación Patria. Los cubanos hemos caído en la trampa de creer que patria simboliza el territorio o lugar donde se vio la luz, donde se nació. Nada más falso. El territorio y el lugar designan solamente la praxis para una ideología y un discurso nacionalista a posteriori, pero en curso.

Desde luego, cuando José Martí expresaba lacónicamente “Patria es humanidad” estaba asignándole a la metáfora un carácter ontológico existencial. Patria como sitio, como esfera, como imagen donde ocurre el horizonte y la cercanía, y donde también se alberga una dimensión que hace responsable la cría humana de unos sobre otros. Patria es, en este sentido, la primera imagen de un mundo a través de cuya visión la conciencia estableció recintos ampliados (más allá de la relación de crianza “madre e hijo”) para ser criaderos de hombres.

Por fuerza, al no aceptar este acto ontológico, la intelectualidad nacional le asignó, primero, un carácter educativo y pedagógico. Y finalmente, una terminología ideológica y simbólica. Pero, en cualquier caso, todo aquel que dice “mi patria” en el fondo hace referencia a un hecho más profundo que cohabita en su existencia. Está ocultando que un día se vio dentro del corral ampliado y lo ha olvidado habida cuenta del discurso ideológico. Por ende, todas las instituciones políticas y culturales constituyen corrales per se, sitios para la crianza del animal humano. En fin, desconocemos la constitución agraria (una casa, una estancia, un sitio para la labor, una hacienda para la crianza) del concepto “patria”.

No hay duda: a no ser por algunas historias geográficas y económicas que reflejan ciertas cosmovisiones respecto al espacio en que se vive, el pensamiento intelectual cubano estaría condenado del todo a una heterotopía de la meditación lógica-imaginaria: creaciones discursivas que nada tienen que ver con la realidad específica, singular, de la existencia humana.

Por ejemplo, la práctica discursiva en la ensayística y la crítica literaria cubanas forman un sistema holístico del lenguaje, de la acción de las palabras sobre el saber. Y como exigiera en una ocasión José Martí a sus compañeros de contienda: “Hagan, que es nuestra forma de pensar”. Este enunciado de la acción sobre el pensamiento abrió las puertas a una performance declarada de los discursos (científicos, históricos, sociológicos, antropológicos) que han constituido, mayoritariamente, la historia del pensamiento intelectual cubano hasta nuestros días.

Con ello se creó una nueva clase social estandarizada dentro de Cuba: los detentadores del poder de las hipótesis y las teorías del conocimiento en las universidades y las academias. Llámesele como se le llame, esta historia de la intelectualidad cubana demuestra estrafalariamente un encubrimiento, el de la teorización del legado de Karl Marx contra la epojé (el pensar puro, la puesta entre paréntesis). En las conferencias sobre sociologías positivistas y escépticas, Varona, como antinaturalista acérrimo, ponía en acción una sobredosis de discursividad para refutar la inacción. Y Fernando Ortiz reconstruye el Contrapunteo… como acción cultural y etnológica. Sirvan estos dos ejemplos para vernos en el espejo de la corriente laudatoria, performática y acrobática que construye discursos, utopías.

Deberíamos avanzar de la proyección lineal del pensamiento (el discurso) a la concepción fenomenológica de la existencia, y en forma de espacios concretos. ¿En qué ámbito espacial nos encontramos cuando estamos pensando? Para llamarlo con una metáfora de Sloterdijk, el hombre piensa la esfera, en espacio, en heterotopia sobre cuidado de sí, y luego en tiempo. ¿Qué es lo que realmente hace el hombre al pensar? Primero imagina el espacio donde vive y luego piensa en él. Hace del movimiento cosas concretas sobre el espacio.

La hacienda ganadera, aquel círculo imaginario pero concreto que delimitaba la propiedad agraria para criar ganado en los siglos XVIII y XIX, fue resultado de una acción sobre el espacio existencial. Pero las investigaciones históricas no la conciben como espacio de existencia, sino como discurso, como construcción lingüística. Ramiro Guerra, el gran historiador cubano, estaba poseído por la performance del discurso. En Azúcar y abolición, por ejemplo, defendió la viabilidad del colonato, la pequeña propiedad, sobre la geofagia del latifundio como acción política, patriótica, nacionalista. Descuidando hasta qué punto el colono se veía identificado con la acción de vida espacial del latifundio.

Si bien el pensar positivista ensaya ideas sobre el espacio, no es sino a partir del espacio que las ideas se constituyen en formas de vida para el ensayo. Aquí entramos en el proceso, que retomaremos más adelante, sobre como la actitud del ensayo comienza a transitar del modelo metafísico al modelo fenomenológico.