Aquel caluroso y soleado día de mediados de agosto don Florencio Rodríguez se levantó temprano, antes de que el sol calcinara el asfalto, y se vistió con ropa cómoda y juvenil: unos raídos y descoloridos pantalones tejanos, una blanca camiseta de mangas cortas y cuello redondeado, y unas viejas zapatillas con suelas de esparto ya gastadas por el uso, para salir a la calle con un solo propósito: pasear. Pasear por las calles del pueblo o por el bosque de los alrededores, disfrutando del frescor matinal. Pasear sin destino. Pasear hasta que su mente, a base de nuevos estímulos y sensaciones, se fuese por otras sendas menos cargadas de pesimismo. Un pesimismo que se había instalado en el pueblo español por causa de sus políticos, y por la manipulación y el machaqueo cotidiano de todos los medios de información.

Salió a la calle sin haberse trazado el camino. Quería andar sin rumbo: que sus pasos se encaminaran solos donde ellos quisieran; que ellos fuesen los que escogiesen su destino.

Su mente iba por un lado: pensamientos diversos e inconexos que fluían y se escapaban al éter con destino incierto. Su cuerpo por otro: sin rumbo ni meta.

La desazón por los tristes sucesos que se estaban produciendo en su entorno le impedían ver las cosas con claridad. Iba absorto por los problemas. No solo aquellos que le atañían directamente que, aunque eran pocos, le parecían una niebla oscura que deformaba la realidad y todo lo distorsionaba. También los que, día tras día y hora tras hora, todos los medios de comunicación vomitaban en su intento de manipular la sociedad, y con los que martilleaban las mentes de los españoles hasta deformarlas: un torrente de malas noticias que, cómo una inmensa columna de agua sucia al caer sobre un estanque, esparce todo su alrededor y salpica de lodo a cuantos se encuentran cerca. Sí, los acontecimientos estaban afectando muy seriamente a la sociedad española: corrupción, paro, crisis económica, fractura social, gobiernos locos, desmoralización general, perdida de ética… La negatividad y el pesimismo, cómo una plaga bíblica, se habían instalado en todas las personas. Parecía como si las oscuras  y malignas fuerzas de la noche se hubieran aliado en contra del pueblo español: luminoso, festivo, y alegre como pocos.

Decidió que la providencia eligiera el camino a seguir: no sería él quien escogiera la senda.

De repente, cuando pasaba junto a la puerta de la estación, se encontró junto a un hombre, uno más de los tantos que se apeaban del tren, en el que ni siquiera se fijó, que le dijo: —Buenos días.

Mecánicamente le respondió con las mismas palabras: actuó como un robot.

No obstante, a don Florencio le pareció algo extraño. No era normal. Todas las personas con las que se iba cruzando parecían andar como él: abstraídas en sus problemas. Se sentía rodeado de muñecos mecánicos, dirigidos por una oculta y maquiavélica mano. No le parecía andar entre seres humanos, sino entre tristes marionetas movidas por un hilo invisible.

Pero sí recordó en aquellos momentos que, el dar los buenos días al prójimo, era algo normal en otros tiempos, sobre todo en las ciudades pequeñas y pueblos. Era un saludo que se deseaban las personas al cruzarse sus caminos por las mañanas, aunque no se conocieran de nada. Sí, eran otros tiempos; aquellos en que la vida era más humana, aquellos en los que no existía el vértigo. Una época en la que existían menos bienes materiales, pero más valores humanos.

Por ello se quedó extrañado ante aquel saludo, viniendo de un desconocido. Instintivamente sus recuerdos dieron un salto, retrocediendo en el tiempo a aquellos años en que, siendo apenas un niño, todas las mañanas salía de su casa con la cartera de piel cargada de libros bajo el brazo para dirigirse al colegio y con todas las personas que se encontraba en su camino, se saludaban de esta manera. Fue cosa de un segundo, transcurrido el cuál, su mente avanzó al momento actual. Se fijó en el hombre más atentamente y vio que no era demasiado alto: de mediana edad calculó, entre cincuenta o sesenta años; vestido con ropas muy sencillas pero limpias, y con una mochila, no demasiado grande ni pesada, sobre sus hombros. En apariencia nada que lo diferenciara de los demás que pasaban en aquellos momentos por las calles. Pero al mirar su cara, todo fue distinto.

Algo que no supo describir lo distinguía: tal vez fuese la sonrisa, una aureola, sus ojos inquietos, el pelo casi blanco, las arrugas que el sol había dejado en su rostro… No sabia muy bien el qué, pero le pareció que, al contrario que los demás, era feliz; cosa inusual en aquellos días. Llevaba la felicidad en su cara: parecía como si fuese una parte suya; como un apéndice más. Una felicidad que, imaginó, sería la que mostraran los dioses, cientos o miles de siglos atrás, al ver maravillados el final de su obra. Felicidad que, posiblemente, hoy haya desaparecido de sus rostros, al ver lo que los humanos hemos hecho con ella.

Cuando casi todos iban absortos en sus pequeños teléfonos y con caras de preocupación, aquel hombre parecía saborear cada rayo de luz matinal, y la energía que recibía, tenerla presta para regalarla a los demás.

El desconocido se paró frente  a él y mirándole a la cara le dijo: —Al fin encuentro una persona que responde a mi saludo. Me gusta desear los buenos días a todo aquel con quien me cruzo, aunque no lo conozca de nada. Entiendo que es una bonita forma de empezar la mañana. Pero, sinceramente, pocas son las personas que me responden, la mayoría continúa su camino como si no hubiesen oído nada. Las gentes van tan ensimismadas en sus problemas que están ciegas y caminan sin ver. Incluso a veces me he tropezado con alguno que me ha respondido en tono casi ofendido: «Lo serán para usted». Esto del saludo matinal es algo que conservo desde mi infancia y que me he propuesto no perder. ¿Es usted de este pueblo?

—No. No soy de este lugar. Vivo aquí desde hace aproximadamente diez años, nací bien lejos: en el sur. Soy de Córdoba.

—Bonita ciudad y llena de luz e historias. Una ciudad encantada y con un embrujo especial, a la que he viajado numerosas veces y en las que he pasado grandes temporadas. Para mí, la tercera ciudad en importancia de la humanidad, tras Jerusalén y Roma— respondió el desconocido.

—Sí, Córdoba es una ciudad mágica que un día fue ombligo del mundo y envidia de la humanidad. Pero el destino me trajo a este pueblo hace ya unos  cuantos años y aunque vivo bien, mi deseo es, si puedo, volver algún día para quedarme a vivir allí hasta el final de mi vida. Quiero regresar y poder pasear por sus blancas calles, escuchar el rumor de sus fuentes, oír el rasgueo de las guitarras, energizarme con su luz, saborear su vino dorado y cristalino, disfrutar de la amistad y la tertulia en sus tabernas, poder abrazarme a las viejas columnas de la Mezquita, y así, lentamente, volver a ingresar en el útero materno, para desde allí partir. Los humanos en esto somos como muchos animales:  deseamos terminar el caminar por esta vida regresando a nuestras raíces, y las mías están en Córdoba.

—¡Que suerte que tiene usted raíces! —respondió el desconocido, suspirando y elevando la vista al cielo  —yo no. Las mías quedaron sepultadas bajo una inmensa capa de agua el día 10 de abril de 1960 y desde entonces camino sin rumbo. Es lo peor que le puede pasar a una persona: quedarse sin raíces. Una persona sin raíces no tiene destino fijo, va dando vueltas por la vida y nunca tendrá un lugar al que regresar. Una persona sin raíces es como un arbusto seco en un desierto y  a merced del viento. A mí, desde muy joven me quitaron las mías y desde entonces voy por el mundo sin una meta fija, y como yo, muchos españoles. Con la construcción de pantanos en la época de Franco, fueron numerosos los pueblos que desaparecieron bajo las aguas: pueblos muchos de ellos cargados de vida y de historia; y con su muerte, numerosas personas perdimos nuestras raíces.

Don Florencio se sintió atrapado. Aquel hombre fijó sus ojos en los suyos con tal profundidad, que notó cómo su mirada taladraba su cerebro. ¿Cómo describir aquella sensación? Fue como si hubiera enviado una sonda a lo más profundo de su mente: a aquel lugar donde solo él penetraba; al almacén de sus recuerdos, algunos cubiertos de telarañas por el paso de los años; al depósito de sus sueños e ilusiones, pocas cumplidas, las más frustradas… Tuvo la sensación de que con aquella mirada había desnudado su alma; de que con sus ojos la había hecho despegar las alas y despertar en ella las ganas de volar.

En aquel momento el tiempo no existió: el reloj de su vida se paró.

Sólo supo que, pasado ese lapso, sus palabras le hicieron volver a la realidad del momento: —No se preocupe, volverá y allí rematará su caminar por esta  vida. Lo he visto con claridad. Y créame, no lo digo porque sí. Se lo digo por que lo acabo de ver. Por mi viajar en este mundo he aprendido a ver, no como hoy día ven la mayor parte de las personas, sólo con los ojos: veo con el cerebro y con el corazón, y no solo en la superficie. Puedo mirar bien su interior, y es entonces, cuando de verdad puedo decir que he visto. Esa manera de mirar me ha ayudado a perfeccionar algunas cualidades qué, aunque todos los humanos tenemos, pocos han sabido desarrollar. A mí me ha costado bastantes años y muchísima práctica hacerlo, pero lo he conseguido. Sé ver en las personas lo que tratan de esconder y adivinar su futuro. Todo ha sido a base de paciencia y de viajar de acá para allá. Soy «minero de la historia».

Don Florencio se quedó extrañado con aquella respuesta. ¿Qué trabajo era ese? Nunca había oído hablar de nadie que se dedicase a esa tarea. Conocía historiadores que husmeaban en archivos, registros y bibliotecas; músicos que iban por los viejos pueblos intentando rescatar canciones e instrumentos a punto de perderse; escritores en busca de cuentos antiguos; arqueólogos en búsqueda de viejas piedras; personas que investigaban en las religiones para encontrar un sentido a su vida… Pero no mineros de la historia. Era la primera vez que oía hablar de ese trabajo. Estaba a punto de pedirle que fuese más explícito, cuando el hombre se adelantó a sus pensamientos.

—Sí. Admito que le parecerá extraña esta definición, pero es a lo que me dedico en la actualidad. Intentaré explicárselo con un ejemplo: ¿supongo que alguna vez en su vida habrá visto las dunas de arena que se forman en los desiertos, aunque haya sido en fotografías o películas?

En aquel momento los recuerdos de don Florencio se trasladaron a Tierra Santa. Aquel viaje, en el que una tarde, cuando ésta empezaba  a languidecer para dejar paso a la noche, salió de Jerusalén  camino del Mar Muerto, y una avería en el coche hizo que acabara perdido en el desierto: —No solo en las películas. También cierto día penetré en el desierto de Judea apartado de una ruta, y pude contemplar la belleza y magia del mismo, y sentir como me hablaba el silencio, y contemplar las dunas… Recuerdo que fue por la tarde, y quedé maravillado con el reflejo de los últimos rayos del sol al ser éste devorado por el dragón oscuro de la noche, y al contemplar como millones de estrellas empezaron a alumbrarme todos los caminos, llevándome a un mundo de ingravidez total en el que me sentía un ser libre que podía volar. Para rematar, antes de marcharme, me encontré una pequeña piedra en forma de corazón que aún guardo como un tesoro… Sí, la experiencia de un desierto es algo que jamás podré olvidar. Quien quiera buscarse a si mismo y buscar en el más allá, ningún sitio mejor que un desierto para ello. En el desierto uno se enfrenta a la eternidad, se encuentra con sus miedos, palpa  la presencia de Dios, se integra en el cosmos, recibe el abrazo de un amor universal… Los desiertos pueden ser un infierno para la vida si no se está preparado para vivir en ellos, pero son un paraíso para el alma. En el desierto, quien se halle receptivo y esté dispuesto a escuchar, los dioses le hablaran. Es una experiencia que todo humano debería vivir. En el desierto se confirman las palabras de Charles Foucauld:

«Es necesario pasar por el desierto y quedarse en él para recibir la gracia de Dios. Es ahí donde nos vaciamos, donde sacamos de nosotros todo lo que no es Dios y donde desocupamos completamente la casa de nuestras almas para dejar todo el espacio a Dios y solo a Dios».

Sí, es cierto, un paso por el desierto ayuda a entender el significado de la vida.

—Pues amigo —continúo el forastero —la historia es como una duna del desierto en continua evolución. Según la observe desde una posición u otra tiene una forma distinta: de un lado, es como una cuesta suave a la que parece fácil ascender; de otro, a veces, como un barranco; si la observa desde el cielo, casi todas tienen forma de media luna. Además están compuestas de miles de millones de granos de arena, de tal manera que, apenas sopla algo de viento, estas cambian de forma y lugar: están en continuo movimiento. Los granos que antes estaban cubiertos por otros salen a la superficie, y los que formaban la última capa quedan debajo. Cuando el viento amaina parecerá la misma duna, pero ya no es la misma. Pues igual sucede con la historia: nuestra percepción de la misma va cambiando cuando esos pequeños detalles ocultos que la forman, van saliendo a la superficie.

Por ejemplo, nos cuentan que tal o cual rey era cruel, pero pocos historiadores nos dicen a que se debe su crueldad; a veces la causa es el simple tropiezo en una piedra del camino, otras son los celos, o la soberbia, una traición, el motivo más insospechado… Sí, amigo mío. Detrás de cualquier gran historia de la humanidad, se esconden miles de pequeños cuentos que, según la perspectiva de quien las mire, pueden dar un enfoque distinto a la gran historia. Sin embargo, eso no la cambia: el que el rey tal, fuera un cruel tirano. Pero al menos, si se encuentran los motivos de su tiranía y los sacamos a flote, tal vez podamos comprender mejor las razones que le impulsaron a ello y mirar su vida desde otra perspectiva. Son, por regla general, historias que llevan siglos sepultadas, cómo en lo más profundo de una duna,  y que yo procuro desenterrar y colocar en la parte superficial. Hoy día, son numerosos los hombres que manipulan la historia a su antojo para conseguir fines oscuros, sobre todo los que por ambición personal pregonan los falsos nacionalismos; por ello es necesario, más que nunca, buscar en los pequeños detalles la verdad de la misma.

—¿Y eso cómo lo consigue? Si esos detalles no están en archivos ni en registros ni en biblioteca alguna, no debe ser fácil…

—No, no es fácil, pero tampoco imposible. Para ello me guío de mi instinto. No sabría explicarlo muy bien: es algo que no sé definir. Generalmente yo no las busco; son ellas las que me llaman o me encuentran.

A veces ocurre durante un sueño. Otras son unas ruinas que me llaman la atención, o una marca en un árbol, un antiguo cuento cuyo origen se desconoce, tradiciones ancestrales de pueblos perdidos… Algo en un paisaje que desentona. Sólo sé que son señales que recibo cuando menos lo espero, y entonces ya sé que una parte de la historia ronda por determinado lugar.  ¿Ha oído hablar de un perro italiano llamado Lagotto Romagnolo?

—No. La verdad que no. Además, poco entiendo de perros.

—El Lagotto Romagnolo es un perro de una raza muy antigua: en unas representaciones en la necrópolis etrusca de Spina (Italia) ya aparecen. Pues bien; estos perros tienen un olfato muy especial y no dudan en introducirse en los mas complicados bosques en cuanto huelen una trufa, por muy escondida que esté en la tierra.

Lo mismo me sucede a mí. Apenas me huelo una historia ya no puedo parar: cruzo mares, ríos, desiertos, bosques, colinas, cordilleras y cuantos accidentes geográficos se pongan en mi camino. La voy oliendo más y más, cuando me voy aproximando. Una vez que la encuentro quito la maleza que la cubre, separo las piedras y escarbo en la tierra la profundidad necesaria hasta que al fin doy con ella.  Entonces la limpio de polvo, la lavo, la miro desde todos los ángulos posibles, la destripo, la desmenuzo, la estudio hasta el menor detalle, la huelo, la como, la saboreo, la degluto, vuelvo a comerla y a saborearla, y así sigo y sigo, hasta que la tengo terminada. Solo entonces me doy por satisfecho, la almaceno en mi cerebro y sigo mi camino en busca de otra.

—¿Y puede vivir de eso?

—Claro que puedo vivir, y bien. Tengo mi vida llena: bastante más que los demás mortales. Para vivir bien no es necesario un lujoso coche, ni el último modelo de televisor, ni ropa de marca, ni siquiera teléfono móvil. Lo que hace felices a las personas no son esas cosas, superfluas la mayoría de ellas. Precisamente por agarrarse a éstas y hacer de ellas el motivo de su vida, es por lo que la mayor parte de la humanidad no encuentra su camino y millones de personas son desgraciadas.  Todas esas cosas pueden ser más o menos útiles, pero no necesarias para ser feliz. Yo, después de haberlas poseído, esas y muchas más,  y haberlas perdido, he aprendido a vivir sin ninguna de ellas, y desde entonces soy más feliz.

La felicidad está en nuestra relación con la naturaleza y la obra de Dios. Está en nuestro interior y en nuestras relaciones con los demás. Cuanto más sepamos querer y comprender a los demás, cuanto más demos, cuanto más felices los hagamos, mejor nos sentiremos y más felices seremos. La felicidad se consigue compartiendo y dando, difícilmente se logra solo recibiendo.

Con mis descubrimientos, me gano la vida y soy feliz. Desde que averigüé que esa era mi auténtica vocación, supe que tendría que renunciar a muchas cosas superfluas y hacer grandes sacrificios,  que mi vida no podría ser como la de mis semejantes. Pero no crea que esto fue siempre así: primero tuve que sufrir un duro aprendizaje hasta ponerme en marcha y decidirme a partir libre de toda carga. Además, cómo es un continuo caminar, nada necesito. ¿Se imagina tener que recorrer esas distancias y esos parajes, cargado de cosas inútiles? No podría hacerlo por más que quisiera. Por ello llevo en mi mochila lo estrictamente imprescindible: solo viajo con lo puesto y otra muda de repuesto, algo de comida, una cantimplora con agua, un libro, esto es algo que nunca me falta, y, si las tengo, algunas monedas que haya podido conseguir. Es todo lo que necesito.

Dormir, lo hago siempre que puedo, bajo las estrellas. Comida no escasea, en la naturaleza hay de todo: frutas silvestres, flores comestibles, frutos secos, tallos tiernos, animales, peces… miles de exquisitos manjares. Agua tampoco falta para beber, asearme y lavar la ropa. Medicinas naturales, más de las que se imagina.

Uno de mis libros de cabecera es El Quijote , numerosos pasajes me los sé de memoria y en parte por él me guío. Intento aplicar en mi vida, aquel monólogo que Don Quijote dirigió a unos cabreros:

 

¡Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados, y no porque en ellos el oro, que en esta nuestra edad de hierro tanto se estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna, sino porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío. Eran en aquella santa edad todas las cosas comunes; a nadie le era necesario, para alcanzar su ordinario sustento, tomar otro trabajo que alzar la mano, y alcanzarle de las robustas encinas, que liberalmente les estaban convidando con su dulce y sazonado fruto. Las claras fuentes y corrientes ríos, en magnífica abundancia, sabrosas y transparentes aguas les ofrecían. En las quiebras de las peñas y en lo huecos de los árboles formaban su república las solícitas y discretas abejas, ofreciendo a cualquiera mano sin interés alguno la fértil cosecha de su dulcísimo trabajo. Los valientes alcornoques despedían de sí, sin otro artificio que el de su cortesía, sus anchas y livianas cortezas, con que se comenzaron a cubrir las casas sobre rústicas estacas, sustentadas no más que para defensa de las inclemencias del cielo. Todo era paz entonces, todo amistad, todo concordia: aún no se había atrevido la pesada reja del corvo arado a abrir ni visitar las entrañas piadosas de nuestra primera madre, que ella sin ser forzada, ofrecía por todas partes de su fértil y espacioso seno lo que pudiese hartar, sustentar y deleitar a los hijos que entonces la poseían. Entonces sí que andaban las simples y hermosas zagalejas de valle en valle, y de otero en otero, en trenza y en cabello, sin más vestidos de aquellos que eran menester para cubrir honestamente lo que la honestidad quiere y ha querido siempre que se cubra; y no eran sus adornos de los que ahora se usan, a quien la púrpura de Tiro y la por tantos modos martirizada seda encarecen, sino de algunas hojas de verdes lampazos y hiedra entretejidas, con lo que quizá iban tan pomposas y compuestas, como van ahora nuestras cortesanas con las raras y peregrinas invenciones que la curiosidad ociosa les ha mostrado. Entonces se decoraban los conceptos amorosos del alma simple y sencillamente, del mismo modo y manera que ella los concebía, sin buscar artificioso rodeo de palabras para encarecerlos. No habían la fraude, el engaño ni la malicia mezclándose con la verdad y la llaneza. La justicia se estaba en sus propios términos, sin que la osasen turbar ni ofender los del favor y los del interés, que tanto ahora la menoscaban, turban y persiguen. La ley del encaje aún no se había sentado en el entendimiento del juez, porque entonces no había qué juzgar ni quién fuese juzgado. Las doncellas y la honestidad andaban, como tengo dicho, por donde quiera, solas y señoras, sin temor que la ajena desenvoltura y lascivo intento las menoscabasen, y su perdición nacía de su gusto y propia voluntad. Y ahora en estos nuestros detestables siglos no está segura ninguna, aunque la oculte y cierre otro nuevo laberinto como el de Creta; porque allí por los resquicios o por el aire, con el celo de la maldita solicitud, se les entra la amorosa pestilencia, y les hace dar con todo su recogimiento al traste. Para cuya seguridad, andando más los tiempos y creciendo más la malicia, se instituyó la orden de los caballeros andantes, para defender las doncellas, amparar las viudas y socorrer a los huérfanos y a los menesterosos. De esta orden soy yo, hermanos cabreros, a quien agradezco el agasajo y buen acogimiento que hacéis a mí y a mi escudero; que aunque por ley natural están todos los que viven obligados a favorecer a los caballeros andantes, todavía por saber que, sin saber vosotros esta obligación, me acogísteis y regalásteis, es razón que con la voluntad a mí posible os agradezca la vuestra.

 

Como verá, en esta frase están encerrados los nobles ideales que movían al caballero y que a mí, al menos en parte, también me motivan. Frase que hoy en día pocos conocen y menos aplican.

Además, como le digo, me gano algunos dineros con mis historias y con ellos, a veces puedo permitirme algún que otro capricho: dormir en un hotel, sustituir la ropa que ya está más vieja por otra nueva, comer en algún restaurante, comprar algún libro, etc.…

—¿Qué hace con sus historias para ganar dinero, las vende, las publica…?

—¡No, que va! Simplemente las cuento. Los niños, esas almas apenas pervertidas por la sociedad actual, están ávidos de relatos. Sé que le costará creerme, pero precisamente es lo que les falta. Ya ve, tienen todo tipo de juguetes electrónicos, pero carecen  precisamente de eso: una boca que les narre un cuento. Alguien que les haga despertar sus fantasías, de ahí el éxito de determinadas películas. Pero he descubierto que no es igual ver esas historias en el cine o en la televisión, que narrarlas. Si se las cuenta bien y con cariño, profundizan más en la mente del niño. El narrador puede hacerles sentir que las están viviendo; puede llevarlos al mundo de sus sueños solo con hacer una mueca o algún gesto, o cambiar el tono de su voz, o ponerse una careta de cartón coloreado… Además puede responder a sus preguntas y resolver sus dudas. Por mucho que evolucionen las técnicas y los robots, nunca podrán sustituir a un buen narrador. Nadie como él puede despertar las emociones y la imaginación de un chaval. Eso es algo que les falta a los niños de hoy: comunicación íntima. Debemos hacerles despertar su fantasía e imaginación, con cariño. Un niño, tarde o temprano, cambia de juguete según la moda, y se olvida del anterior; pero de los cuentos, de las narraciones infantiles, de las dulces palabras de una madre, jamás se olvida. Es algo que permanece en su interior toda su vida.

Cuando yo era niño, mi madre, todas las noches se acercaba a mi cama para contarme un cuento y así me quedaba dormido, y como a mí, lo hacían la mayoría de las madres. Pero hoy día casi todas las mujeres trabajan fuera de su hogar, tanto o más que los hombres, y cuando regresan a su vivienda están agotadas y con pocas ganas de ponerse a contar cuentos. Sé que muchas madres quisieran poder darles ese ratito a sus hijos, pero les resulta imposible por el frenético ritmo que marca la vida moderna.

Aunque no es lo mismo, ya que nada puede suplir el amor de una madre, yo procuro, con mis historias, ser su sustituto y a cambio, quien quiere y puede, me da algunas monedas. Pero que conste que yo no pido, sólo acepto lo que buenamente puedan darme y con ello tengo suficiente. Los niños, aunque suelen tener muy poco dinero, el que les dan sus padres para golosinas, son generosos.

Don Florencio estaba fascinado e intrigado con aquella conversación, no era aquel un individuo normal en estos tiempos. En aquellos momentos volvió a su infancia, a los recuerdos de aquellas noches en que apenas era un bebé, a los brazos de su madre, al olor fresco  a lavanda y jabón verde de la almohada y sábanas recién lavadas y planchadas, y a tantos y tantos momentos de su niñez, ya olvidados. Con este retorno su curiosidad iba en aumento, y, como un niño ávido de conocimientos, no podía dejar de preguntar.

—¿Y cómo le vino esta vocación? ¿desde cuándo se dedica a esto?

—No sé si tendrá tiempo. Es una historia bien larga. Yo por mi parte no tengo prisas. Lo que ando buscando por aquí puede esperar. Pero si quiere que responda a sus preguntas será mejor que encontremos un sitio donde sentarnos; para ello tendría que contarle, a grandes rasgos, una parte de mi vida, y no es cosa de un momento.

Inmediatamente don Florencio le dijo que sí, que no tenía inconveniente en que fuera a su casa para poder seguir hablando allí con más calma. Aquel día no tenía nada especial que hacer, y, si lo hubiera tenido, muy posiblemente, lo hubiera dejado. Aquella breve conversación había despertado no solo su curiosidad, sino también sentimientos dormidos, que no olvidados. Interrumpió su paseo y se dirigieron a su vivienda.

Ya de camino le preguntó por su nombre.

—Le parecerá una casualidad, pero me llamo Lorenzo. No sé si fue por una premonición que tuvieron mis padres al bautizarme con ese nombre, pues supongo que sabrá que San Lorenzo es el patrono de los mineros, o por que ellos ya presentían algo, o bien por el pico de San Lorenzo que domina la comarca en la que nací… El caso es que me pusieron el nombre de un personaje Del Quijote: Lorenzo, el hijo de don Diego de Miranda que quiso ser poeta, decisión que desagradaba a su padre y quien calificaba a don Quijote como: «un entreverado loco, lleno de lúcidos intervalos».

Poco se sabe de la historia y vida de san Lorenzo: que era español, que vivió posiblemente en el siglo III d.C., que fue el primer diácono de la Iglesia de Roma durante el Papado de Sixto II, y que tenía a su cargo la administración de los bienes de la Iglesia.

En aquella época, Valeriano era el emperador de Roma, quien, al igual que sus predecesores se caracterizaba por la codicia y un despótico ejercicio del poder. Según la leyenda, Valeriano concibió la idea de apoderarse de los tesoros de la Iglesia e hizo detener a Lorenzo para que se los entregara. Sin embargo, éste, a pesar de ser consciente de que su vida estaba en peligro, solicitó tres días para reunirlos, argumentando la abundancia de los mismos. En vista de ello el emperador lo dejó libre.

Al recuperar su libertad reunió los tesoros de la Iglesia para esconderlos bajo tierra, lejos del alcance del emperador. A continuación, se dedicó a reunir a los ancianos, a los pobres, a los desesperados, a quienes tenían en cuerpo y alma las evidentes marcas del dolor y el sufrimiento, para presentárselos a Valeriano cuando expirara el plazo, como los verdaderos tesoros de la Iglesia.

Cuando el emperador se enteró de que había sido burlado por Lorenzo, enloqueció de rabia e impotencia y lo condenó a morir asado en una parrilla ardiente, para que sufriera. A pesar de la horrible sentencia, Lorenzo permaneció tranquilo y no reveló el lugar donde había escondido los tesoros que codiciaba Valeriano.

La leyenda cuenta que fue martirizado en una fría mañana de domingo, después de la salida del sol y que murió dignamente, sin manifestar en ningún momento temor o arrepentimiento frente a sus verdugos. Por ese hecho de esconder los tesoros bajo tierra, se le consideró el patrón de los mineros. ¿Y usted cómo se llama?

—Yo, Florencio Rafael como buen cordobés. Ya sabrá que rara es la familia de Córdoba en la que no existe un Rafael, aunque sea de segundo nombre.

—Debía haber imaginado lo de Rafael cuando me dijo que era cordobés. Un nombre con un bonito significado: «Medicina de Dios». Una historia que parte del libro de Tobías. Además, es el custodio y protector de esa bonita ciudad. En cuanto a Florencio, un nombre de letras y naturaleza.

He visitado Córdoba numerosas veces siguiendo los pasos de Cervantes, quien mucho tuvo que ver con esa ciudad; siendo incluso probable que naciera en ella. Quien quiera desentrañar  los numerosos secretos de El Quijote, no tiene más remedio que visitarla, y, entre otros sitios, pasar por «La Posada del Potro» y descubrir los numerosos acontecimientos que sucedieron en ese lugar, según El Quijote, quien lo califica de picaresco, a semejanza de otros de España y donde Cervantes, quien mucho tuvo que ver con Córdoba ya que parte de su familia era de origen cordobés, estuvo alojado, y le repito: incluso muy bien pudo ser esa la ciudad de su nacimiento, siendo éste al día de hoy un misterio más a desentrañar.  Sobre aquella posada dejó escrito:

El ventero, que, como está dicho, era un poco socarrón y ya tenía algunos barruntos de la falta de juicio de su huésped, acabó de creerlo cuando acabó de oírle semejantes razones, y, por tener que reír aquella noche, determinó de seguirle el humor; y así, le dijo que andaba muy acertado en lo que deseaba y pedía, y que tal presupuesto era propio y natural de los caballeros tan principales como él parecía y como su gallarda presencia mostraba; y que él, asimismo, en los años de su mocedad, se había dado a aquel honroso ejercicio, andando por diversas partes del mundo buscando sus aventuras, sin que hubiese dejado los Percheles de Málaga, Islas de Riarán, Compás de Sevilla, Azoguejo de Segovia, la Olivera de Valencia, Rondilla de Granada, Playa de Sanlúcar, Potro de Córdoba y las Ventillas de Toledo, y otras diversas partes, donde había ejercitado la ligereza de sus pies, sutileza de sus manos, haciendo muchos tuertos, recuestando muchas viudas, deshaciendo algunas doncellas y engañando a algunos pupilos, y, finalmente, dándose a conocer por cuantas audiencias y tribunales hay casi en toda España

Para buscar historias, como yo hago, es necesario conocer a fondo unas cuantas ciudades, tales como Jerusalén, Córdoba Alejandría, El Cairo, Roma, Estambul, Atenas, Cádiz… Amen de otras numerosas: Santiago de Compostela, Paris, Londres, Damasco, Beirut, Fez, Cuzco… Una lista larga.  Pero las primeras que le he nombrado son imprescindibles. Aunque en verdad, a veces, las historias saltan donde menos se las espera.