Sócrates de Atenas (470-399 ANE) no solo enseñó y comentó extensa y animadamente con sus discípulos (que se reunían con él en su casa, en los baños públicos, en la plaza central de Atenas o en cualquier otro lugar que se prestara) toda su vida la Filosofía, sino que la saboreó, la disfrutó a conciencia y la vivió, -no sabía hacer otra cosa-, hasta el final.

Nadie lo leyó entonces, ni nadie lo ha leido después, porque nada escribió. El método docente de Sócrates consistía en conversar y hacer preguntas que parecían de inicio muy sencillas, pero que se iban complicando poco a poco y hacían pensar, -usar la sesera-, a su contraparte, liberando así las ataduras convencionales de la mente y promoviendo el surgimiento de nuevas ideas, o por el contrario, poniendo en evidencia, <lo que resultaba bastante desagradable para algunos>, la ausencia casi total de pensamientos originales y de un razonamiento verdaderamente inteligente.

Y ni que decirlo. Mostrar impúdicamente la tontería ante todos era odioso y denigrante para los tontos, que en su momento le pasarían la cuenta al hiriente y políticamente incorrecto Sócrates, pero allá llegaremos.

A esa forma bastante irónica de buscar la verdad, o mejor dicho, de acercarse poco a poco a ella, tan elusiva, sin llegar nunca a alcanzarla del todo, se le denominó método socrático, o mayéutica, y así ha pasado a la historia y sus fórmulas se siguen poniendo en práctica hoy en día para bien de la cultura y desesperación de los ignorantes ilustrados que tanto abundan.

Pero nuestra intención no es ahondar ahora en la filosofía socrática y sus métodos, cuyos resultados más relevantes, -deslumbradoramente relevantes-, provinieron de su alumno Platón y del discípulo de este, Aristóteles, que sí nos legaron sus ideas y razonamientos por escrito, dándole lustre al pensamiento occidental de los últimos dos mil quinientos años.

Nuestro interés, en este brevísimo repaso, es comentar sus más señaladas desventuras, -las de Sócrates como persona-, mínimas en realidad si las vemos desde la óptica del mismo Sócrates, que fueron su mujer, Xantipa, una cuita que duró casi toda su vida adulta, y su condena a muerte y autoejecución, que  puso fin a su intercambio verbal, pero no a sus enseñanzas.

Viajemos entonces al pasado.

Xantipa, o Jantipa, o Caballo Dorado, que es lo que más o menos quiere decir su nombre en griego (siglos V y IV ANE, desconocemos las fechas exactas de su nacimiento y muerte) se casó muy jóven con el filósofo y le parió tres hijos, pero… parece ser que aquello de que “en casa del herrero, cuchillo de palo” se cumplió al pie de la letra en ese matrimonio. El aprecio y la alta estima que sentían los alumnos de Sócrates y los atenienses más inteligentes por el maestro, -y que han seguido sintiendo las personas cultas de todo el mundo, desde entonces a la fecha-, eran completamente desconocidos para la ríspida y agresiva Xantipa.

Para ella su marido, Sócrates y su corte de discípulos y amigos, eran unos vagabundos que perdían el tiempo conversando en lugar de trabajar duro y traer bienes al hogar, y Xantipa, mujer de carácter fuerte y lengua afilada, lo manifestaba a cada momento, tanto en privado como en público, y no precisamente de una manera amable y elegante.

Tan conocidos eran el mal genio y los desplantes de Xantipa hacia el pobre Sócrates que varias pinturas y grabados, entre ellas la muy conocida del italiano Luca Giordano, la representan escanciando el fétido contenido de un orinal sobre la cabeza del sabio, que para colmo, aceptaba el denigrante procedimiento con mansedumbre, sin chistar ni protestar, digamos que “filosóficamente”, quizás por apatía o temiendo aun peores represalias por parte de ella.

“En mi casa, cuando hay tormentas y truenos, llueve”, se cuenta que contestó el maestro con resignación a la protesta airada de uno de sus discípulos, bañado en orines, durante uno de aquellos estallidos de rabia de la feroz Xantipa, verdaderas escenas de lo que hoy denominaríamos violencia doméstica, comportamiento que todo indica fue incrementándose con los años y el aburrimiento de la vida en común.

Pero para ser justos, debemos señalar que algunos que conocieron de cerca a Sócrates y a su mujer, como Platón, no fueron tan duros en sus juicios sobre ella. Que alguna razón, quizás, tendría la mujer, atosigada por el machismo suave del marido, los hijos y toda aquella tropa de incontables discípulos y mirones.

¿Y la cicuta?

Pues después de una larga vida (setenta años eran bastantes años en aquella época) acumulando sabiduría, observaciones extraordinariamente inteligentes sobre multitud de temas, discípulos brillantes y… enemigos jurados, Sócrates fue acusado ante el principal tribunal de Atenas de “impiedad pública respecto a los dioses tutelares y corrupción de la juventud”, y aunque la imputación pueda parecernos, mirándola con los ojos del presente, una iniquidad para con un hombre como aquel, la verdad es, siendo sinceros, que el mismo se la buscó.

Su crítica constante a las formas de gobierno de los atenienses, sus punzantes ironías intelectuales, tan dolorosas para personas que se consideraban parte de una élite cultural y política superior, la estrecha relación de Sócrates con los jóvenes talentos de la ciudad (algunos de los cuales terminaron siendo sus detractores y enemigos más furibundos, como Critias), las dudas que expresaba, sin dejar de profesarla, hacia la religión, y sobre todo su orgullo, que le impidió pedir clemencia o una sanción menos rigurosa (que muy probablemente le hubiera sido concedida) o incluso escapar, lo que hubiera sido bastante fácil, teniendo en cuenta que aun conservaba buenos e incondicionales amigos.

Y por qué no pensarlo.

¿No estaría ya Sócrates cansado de la vida, de la inaguantable Xantipa y de la multitud de necios que le rodeaban?

Puede ser, pero no tenemos ninguna prueba de ello.

Y con valor, casi con deleite, bebió, de su propia mano, la amarga cicuta, mientras conversaba animadamente con el verdugo y con los demás asistentes a la ejecución, hasta que la ascendente parálisis muscular producida por el veneno terminó de matarlo sin dolor… y sin las más mínimas trazas de ira o rebeldía.

¿Podría haber imaginado Sócrates que dos mil cuatrocientos años más tarde un compositor cubano, Ernesto Duarte (1922-1988) escribiría un danzón antológico que sería interpretado por diferentes orquestas y músicos de talla internacional y gozado por los bailadores de muchos países con el nombre de “Cicuta Tibia”?

Ni pensarlo.

 

felixfojo@gmail.com