Varios toques sonaron en la puerta.

—¿Dónde está el capitán de la poesía?

Lino identificó la voz de Sergio. Abrazó a su amigo, y besó a las muchachas que lo acompañaban

—Caramba, Lucy, no te conocí con esos tacones…

—¿Qué tacones…? —la joven se alzó el falso del pantalón.

—Disculpa, parece que al fin estás creciendo.

—Hay fiesta en Los Caneyes —dijo Sergio—. ¿No quieres ir con nosotros…?

—No puedo.

Lucía se puso frente a él:

—¿Por qué no, Lino Aparicio?

—Eso es cosa de tu hermana Mercedes.

Mercedes y Lino habían pasado la escuela primaria juntos, y Luisa Campos, su maestra de cuarto grado, era quien solía llamarlo así, cuando estaba enojada: “¿Qué es lo que va antes de P y B, Lino Ramírez?” “Eme, maestra.” “¿Y por qué no la pones, Lino Aparicio?”

—¿Cómo es eso de Aparicio…? —Sergio sonrió.

—¿Quieren hacer la noche conmigo? —Lino se volvió a Mercedes—. Consíguele un novio a esta niña.

—En eso estoy, pero ella es muy exigente.

—Tengo un enamorado —aclaró Lucía—. Debías venir con nosotros para presentártelo.

—No tiene nada, muchacho —prosiguió Mercedes —. Yo creo que va a casarse con un bolo, se va para Moscú.

—Qué bien, felicidades.

—Gracias, pero de bolo nada.

Lino despidió a sus amigos, que tomaron calle abajo en dirección al río Paraísa.

La noche había caído por completo. Las bombillas del alumbrado público y la de algunos portales, arrojaban su luz amarillenta sobre las calles del pueblo.

Cuando Lino tocó a la puerta de su novia, y escuchó aquellos pasos leves, apresurados, sintió que regresaba a la vida.

Se abrazaron apretándose uno contra el otro.

—Sabía que eras tú. Me dijeron que andabas por el pueblo.

Lino tomó la cara de Amarilis entre sus manos. La besaba y casi inmediatamente la separaba a mirarla, para luego volverla a besar y a mirar.

Ella lo atrajo, apoyando el rostro en su pecho.

—¿Recibiste mi carta…?

—¿Qué carta?

—Una que te mandé. Tío Roberto llama de Miami todas las noches. Dice que va a venir a buscarnos. Tengo tanto miedo…

—Has estado llorando.

—No…, bueno, sí, un poco. ¿Trajiste muchos días?

—Veinticuatro horas, que ya se me vencieron —la apretó y sintió la presión de sus senos—. ¿Por qué no damos una vuelta…?

—Sí, vamos, tengo tanta necesidad de hablar contigo… —se metió en su habitación.

Una señora en bata de casa apareció en la sala.

—No te sentí llegar. ¿Cómo estás? —se acercó a Lino y le dio un beso.

—Bien, ¿y ustedes?

—Regular. Pero siéntate. Hice un ajiaco con mazorcas de maíz tierno.

—Gracias, Elsa Lidia, acabo de comer.

Lino se sentó en el sofá. Junto a éste, sobre una mesita, había un diario Juventud Rebelde, cuyo editorial en primera plana, fijaba la posición de Cuba con relación a los sucesos de la Embajada del Perú. Todo parecía muy normal: los adornos, los cuadros de familia, una foto de los quince años de Amarilis, con el pelo lacio a la altura de los hombros. Nada que indicara una partida, una mudanza, ni siquiera el viaje más elemental allí había.

—¿Y Pedro?

—Trabajando. Quieren terminar la presa este año.

Amarilis salió del cuarto con una saya de mezclilla azul, y una blusa gris sin mangas, ceñida al cuerpo, que dejaba ver sus hombros firmes, moldeados. El pelo le caía sobre la espalda, cubriéndole parte de las mejillas. Tenía los ojos pequeños, negros, redondos, y sus labios gruesos resaltaban aún más por el rosado del creyón labial. Un olor a perfume se expandía por toda la habitación.

Afuera había poca gente. Desde las casas abiertas, se escuchaban los diálogos de la telenovela cubana. Algunos ancianos fumaban sentados en los sillones de sus portales. En otro, un grupo discutía ante una mesa de dominó.

El Parque Martí estaba casi desierto. Solamente una pareja de jóvenes se besaba en uno de los bancos.

Caminaron a través de Independencia, mirando las vidrieras. En la Tienda de los Novios se detuvieron. Siempre contemplaban las ofertas, presintiendo que un día comprarían allí, para luego irse juntos por la vida. Las parejas que se casaban tenían derecho a una compra especial, fuera de la libreta, denominada Reserva: algunas piezas de ropa con el sello CCCP; un par de zapatos, también soviéticos para cada uno; ropa interior; dos o tres calderos de aluminio, fundidos en un taller del municipio; una sobrecama de procedencia china y un abridor de botellas de acero inoxidable. También les concedían un documento mediante el cual podían conseguir varios días de Luna de Miel en un hotel, y un taxi para el viaje de ida. La tienda estaba antes en un sitio más amplio, con tres vitrinas de productos para el hogar y la familia, pero cada vez venían menos artículos, hasta que la trasladaron a esta esquina, con una sola vidriera, un mostrador, y un estante vacío contra la pared sobre el cual había un ventilador de uso, de fabricación china.

La Colonia Española estaba abierta, pero no se veía ningún movimiento por sus alrededores.

Junto a la cantina, los jugadores de dominó sonaban sus fichas contra la madera de las mesas. Amarilis y Lino llegaron hasta el patio. Todo estaba apagado, incluyendo la plataforma donde solían tocar los grupos musicales. Fue allí donde se habían conocido hacía más de un año, y dónde se besaron por primera vez, ocultos entre las demás parejas.

—No hay nada.

—El cabaret Los Caneyes está abierto.

—Ay, Lino, yo no tengo ganas de ir a un cabaret.

—¿Quieres ir al cine?

—Menos todavía.

Caminaron hasta el parque Piedraplana, justo donde el río hacía un recodo cerca del puente del ferrocarril. Muchas parejas iban allí en la noche a acariciarse, y a soñarse un futuro bajo la ceiba centenaria que se abría en su centro o junto a los demás arbustos. Fueron hasta un laurel gigantesco, cuyo follaje acariciaba la hierba. De sus ramas se desprendían largas colgaderas que en cuanto tocaban la tierra, se enraizaban a ella, formando con el tiempo parte del tronco, cada vez más grueso y más irregular. Se guarecieron en una hendidura que entraba al árbol, y Lino besó los labios de Amarilis, mientras sus cuerpos se unían.

El viento afuera comenzaba a silbar y se escuchaba, ligera, la música del agua que se alejaba cantando. Cada segundo el río que se iba y el río que llegaba, pero el canto siempre allí, más fuerte, más débil, marcando el paso del río.

Lino logró desabotonar la blusa de Amarilis, sin separarse de ella, luego sus manos abrieron el ajustador. Ella se apretó contra él.

—¿Por qué tiemblas?

—No sé. Creo que no voy a poder.

Lino buscó de nuevo sus labios. Luego siguió besándola por el cuello, entre aquellas hebras negras que cubrían su rostro. Ella se dejaba hacer, pero apenas reaccionaba.

—¿Qué te pasa? —la atrajo contra su pecho y empezó a acariciarle el cabello—. Todo saldrá bien, mi amor. Verás que todo saldrá bien…

—¿Sabes qué me gustaría ahora mismo…? Tener cuarenta o cincuenta años. Me gustaría estar mirando a mis nietos. Me gustaría saber qué pasará dentro de cien años.

Lino seguía acariciándola, pero era como tocar una estatua.

—Mejor nos vamos.

Ella empezó a abotonarse la blusa.

—Lo siento.

Había escasas estrellas en un cielo plomizo. Las calles estaban desiertas, oscuras por el poco alumbrado. Algunos perros ladraron desde los patios y una lechuza cruzó la noche en dirección al río.

Pedro les abrió la puerta. Le dio un beso a su hija y extendió su mano a Lino.

Fueron hasta la mesa del comedor, y tomaron asiento. Pedro llamó a su esposa, cerró bien las ventanas que daban a la casa de al lado, y subió el volumen del televisor.

—Ya Roberto resolvió lo del barco.

—Yo no me quiero ir —dijo Amarilis.

—Si Amarilis no se va, yo tampoco —protestó Elsa Lidia.

—Ya le dijimos a tu hermano que sí.

—Conmigo no contaron. Que no venga —prosiguió Amarilis.

—Yo sé lo que te pasa, hija. Tu madre y yo vivimos algo parecido. No piensen que queremos separarlos.

Lino suspiró.

—Hay muchas cosas aquí que no me gustan; pero si todo el que piensa diferente se va…

—Eso suena muy romántico, Lino. El que sea distinto aquí es out por regla —hizo una pausa—. Estoy cansado de jugarme la cárcel por el simple hecho de estar vivo. La carne de res es delito, el café es delito, el litro de leche que consigues a sobreprecio, es delito.

—Pero las cosas pueden mejorar.

—Hace veinte años decían que en el ochenta iba a haber de todo. Nos pedían sacrificios y más sacrificios para que nuestros hijos fueran felices. Ahora, a esos hijos los mandan a la guerra, para que sean felices nuestros nietos, y la décima generación seguirá escuchando el mismo cuento de la abundancia y del futuro.

Lino guardó silencio. Otras cosas le preocupaban más que la comida, como el derecho a opinar, a estar en desacuerdo con algo, y expresarlo; pero no podía negar que la comida se iba poniendo cada vez más imposible, en un país fértil, tropical, con un clima favorable para producir dos o más cosechas cada año.

—De todas formas marcharse no es la solución.

—Tú naciste ayer, muchacho.

—Pero he leído bastante.

—Yo no me voy —repitió Amarilis.

Pedro se puso de pie:

—¡Tú sí te vas! Nos vamos todos. ¡No vas a echar a perder tu vida por un capricho, por un estúpido enamoramiento!

Lino se levantó y caminó en dirección a la puerta.

Amarilis lo siguió hasta el portal.

—Espera…

Pero las piernas de Lino avanzaban más y más aprisa sin que pudiera controlarlas. En la esquina había una lata de aceite vacía, que se usaba para botar la basura, y la pateó con fuerza contra la acera.

Anduvo la calle comercial, mirando sin mirar los mismos artículos en las mismas vidrieras. Se detuvo ante la iglesia, cuyo reloj de la torre hacía tiempo que no funcionaba, pero que en un tiempo sus campanadas medían el tiempo de Paraísa. Ahora parecía como si la vida se hubiera detenido con el silencio de los mecanismos del reloj. El pito de un tren sonó en la distancia, proveniente del Paradero, seguido por el sonido de los fierros. Luego volvió a pitar y siguió su rumbo hacia occidente. La Terminal de Ómnibus era uno de los pocos lugares donde podía haber gente levantada, pero solo vio un recluta y una señora mayor con una niña que parecía ser su nieta. Frente a la Terminal se hallaba el Polo Norte, la única cafetería abierta las 24 horas en todo Paraísa.

Lino pidió el refresco de limón que anunciaba la pizarra, además de té y café mezclado. El refresco estaba caliente en el Polo Norte. Bebió medio vaso, pagó, y echó a andar por la acera. Se detuvo ante la oficina de correos, silenciosa e inmóvil. De niño le gustaba ver los empleados usando las máquinas de escribir, enviando telegramas, fabricando saludos y noticias a toda velocidad, mientras otro aparato similar transcribía los mensajes que manos distantes enviaban a Paraísa: las novedades, los besos, los saludos, las desgracias familiares, las felicitaciones.

Lino cruzó frente al hotel Los Parados, y siguió en dirección al Paseo. Era bastante parecido al Prado, pero iba de Este a Oeste, paralelo al ferrocarril, y en lugar de pinos, los álamos y laureles de ambos lados, unían sus ramas entre sí formando un túnel vegetal de varias cuadras. Sus asientos eran de granito fundido, con propaganda de la época anterior a la Revolución: Colegio Médico, Tostadero de Café El Indio, Tabacos Bauzá, Pura Calidad. Una brisa ligera había comenzado a batir y de algún lugar llegaba un olor inconfundible a jazmines y a galán de noche. Un perro vagabundo cruzó por su lado, ajeno al mundo de los hombres, y orinó el siguiente poste de alumbrado antes de seguir su rumbo, también hacia occidente.

Lino se sentó en un banco, reconstruido con posterioridad, que traía una frase del Fidel Castro de 1959: Antes éramos pobres y esclavos, ahora somos pobres y libres, algún día seremos libres y ricos. Era el último banco de la alameda, donde empezaba la carretera a Santa Clara, al futuro, a la riqueza que prometía aquella frase desde hacía más de veinte años.

Las semillas de los álamos chocaban contra el cemento produciendo el único sonido de la noche. Lino tomó varias de ellas en su mano y colocó una a regular distancia. Apretó otra entre el índice y la uña del pulgar, y falló el lanzamiento. Acercó el blanco un poco más y esta vez el tiro fue certero. Inmediatamente preparó de nuevo aquel campo de tiro, y calculó la distancia, el ángulo y la fuerza de sus dedos. Si daba en el objetivo, Amarilis no se iría a los Estados Unidos. Apuntó bien, se concentró, pero el insensible proyectil, ajeno a su destino, cruzó sin rozar siquiera el blanco. Aunque más lógico hubiera sido acertar dos de tres, y entonces ella podría quedarse. Lino ajustó la puntería y el disparo golpeó a su compañera que saltó emocionada, ante el vuelo de aquella semillita rebosante de amor en sus fibras más tiernas y sensibles. De modo que puso de blanco una más grande y lanzó el proyectil decisivo que, indiferente y poco solidario, sin ninguna consideración al latir de aquel pulso que lo enviaba esperanzado, tampoco dio en el objetivo. Era la confirmación de que Amarilis se marcharía en contra de su voluntad, a envejecer en un país ajeno y extraño; aunque pensándolo bien, no era justo que unos pocos intentos decidieran algo tan crucial para la vida de ellos dos. Lino se levantó del banco y comenzó a recoger semillas por el piso de cemento, semillas grandes, pequeñas, diminutas semillas, redondas, chatas, ovaladas, más duras y más blandas, semillas verdes, rojas, violetas, amarillas, todas únicas, diferentes entre sí y que, contrario a los humanos, habían convivido las unas con las otras durante el período que había durado sus vidas. Lino juntó las más grandes y sólidas hasta formar una montaña multicolor sobre el granito. Serían 1980 disparos. Si acertaba en la mitad, Amarilis se quedaba aquí con él; si ocurría lo contrario, juraba entonces resignarse a perderla. Empezó a lanzar las municiones y a contar en su mente: tres a dos, siete a cinco, catorce a nueve, dieciocho a doce, cuarenta a diecinueve, ciento treinta a noventa y cinco… Abandonó el juego cuando estaba perdiendo cuatrocientas cinco por ciento noventa, porque el dolor le impedía mover el dedo-disparador. En definitiva, las inocentes semillas, por muy buenas intenciones que tuvieran, sabían muy poco de la vida de las personas, para convertirse en jueces de nada. Recostó su cabeza al asiento y se fue quedando dormido, entre un mar de ruborizadas pelotas, que se quedaron esperando su turno.