Para mí, lo destacable del corto de ficción “La casa vacía” no estriba en lo que se cuenta, ni en la exactitud de la narrativa del discurso manejado, ni tampoco en el conocimiento de la experiencia acerca de aquel régimen totalitario per se, sino que se localiza en lo que reserva en el desplazamiento del discurso a través de cada ruptura fílmica.

Toda interrupción en la secuencia del discurso escénico abre, sin pretenderlo explícitamente el documental, un enigmático espacio relacionado con el deseo de libertad. No es cuestión de ver, sino de sentir.

Lo que cuenta el documental posee una causalidad en la forma y en la vida de la generación cubana. Los principales protagonistas de “La casa vacía” están matizados por la ruptura generacional, por la creación del vacío mediante el rompimiento familiar a que son obligados. La vida cotidiana de la isla fluye hacia la dirección del hiato. Y es en este sentido que el documental del realizador Lilo Vilaplana se convierte en un manifiesto excepcional.