…mi dolor sin instrumento.

Miguel Hernández

 

Frente a la puerta de la casa y con la llave en la mano, una confusa sensación hizo que papá levantara la cabeza hacia la calle. Casi dándose cruce con la gallega Docinda, descubrió a su excuñado que se alejaba entre las aún tibias sombras de la tarde.

–¡Hernando! –llamó papá.

El hombre delgado detuvo su avance y mostró el rostro de bigote poco poblado.

–¿Puedes verme? –preguntó entre sorprendido y alegre.

Papá asintió. Una súbita e inexplicable felicidad lo conmovía. Nunca se llevó bien con aquel excuñado a quien reprochaba en parte el fracaso de su primer matrimonio y a cuyo velorio no asistió cuando supo que había muerto en un accidente de moto cerca de Mar Verde. Pero Hernando lo había mirado con una perplejidad tan esperanzada que papá se sintió limpio, redimido de una culpa que no requería aclaración. Como uno supone que deben sentirse los religiosos luego de obtener el perdón por sus pecados. Solo que papá no era religioso.

–Pues sí que te veo –respondió sonriendo.

Y bajó los cuatro escalones que todavía llevan hasta –o alejan de– la puerta de la casa. No se dieron la mano. Simplemente echaron a caminar por la calle, uno junto al otro, cruzando algunas frases de vez en cuando. Según papá, Hernando lo llevó hasta un solar grande, con más hierros y materiales regados por todas partes que una fábrica en ruinas. Allí hablaron de muchísimas cosas, como dos colegas que disfrutan retomando las memorias.

Papá regresó tarde a casa esa noche y no quiso levantarse a la mañana siguiente para ir al trabajo. Le dijo a mamá que estaba agotado y que de cualquier forma la fábrica de instrumentos tampoco se iba a hundir porque él faltara un día. Tiempo después me contó que aquella noche en el solar lleno de hierros y materiales inservibles había encontrado a muchas personas, algunas conocidas y la mayor parte no, pero todas transformadas por la muerte en seres entrañables. Vivían inmersos en una paz satisfecha, y sentirlos tan próximos era hermoso, eso dijo papá. En cierto momento se le acercó Ramona, una excompañera de estudios que había muerto joven, asesinada en El Caney por un novio al que los celos le dieron energía para asestar dieciséis puñaladas. A papá nunca le había gustado ella como mujer, así me confesó, tenía una piel tan blanca que le parecía un ser viscoso.

–Y mira qué, esa noche se veía tierna, con unas carnes tan firmes, que no pude aguantar la mano y le acaricié desde la espalda hasta el fondillo paradito sin que eso le pareciera mal a nadie. Ni a ella, que me pasó una mano por la calva.

–¿Los muertos también hacen el amor? –le pregunté asombrado.

La cara pequeña de papá armó una de esas sonrisas pícaras que brotan cuando la gente se sabe en poder de una información sorprendente; una sonrisa que acentuó la nota cómica del mechón sobreviviente en medio de la calvicie que había depredado todo el corredor central de su cabeza.

–No, qué va –respondió–, aunque sí sienten deseos, y sentirlos ya es suficiente para que estén satisfechos… No te calientes la cabeza. Han tratado de explicarme esa sensibilidad muchas veces pero qué va, los vivos no podemos comprenderla.

–¿Y andan en cueros? –volví a preguntar, más con el ánimo de fastidiar que por verdadera curiosidad.

–¿Cómo va a ser, mijo? Usan la ropa que mejor les hacía sentirse cuando estaban vivos; eso sí, siempre la misma –respondió muy serio.

En serio, me confundió la forma en que se dio el problema. Dámaso era el mejor técnico en los cordófonos que teníamos, un trabajador disciplinado, eficiente, siempre dispuesto… lo que se dice ejemplar. Y sin más para allá ni más para acá, aparece un día diciendo que habla con gente muerta. ¿Qué hubiera pensado usted? Yo me dije, una de dos: o este quiere que lo jubilen antes de tiempo, o está tratando de joder la pita para que me quiten la dirección de la fábrica… Y mire lo que es la vida, al final me sacaron por una bobería. Decidí fabricar los huesecillos de las guitarras a partir de cepillos usados y no con hueso de alta densidad, que es más escaso, más caro y toma el quíntuple de tiempo tallarlo… Sí, cepillos de diente, esos mismos que la gente bota, lo hice con la mejor voluntad del mundo, como un aporte a la economía del país… Pero bueno, me estoy saliendo del tema. El caso es que aquella vez me equivoqué con Dámaso, y déjeme decirle que…

A partir de esa tarde en que compartió con su difunto excuñado, papá dejó de ser el trabajador empeñoso que llegaba a casa resintiendo el peso de su sombra. Fue como si en lugar de un muerto, se hubiera encontrado con la versión ilusionada de sí mismo y se entregara sin reticencias a la ruleta rusa de esa extraña verdad. En principio, dejó de regresar directo para la casa cuando salía del trabajo y llegaba tardísimo en la noche, a veces oliendo a alcohol. Igual salía todos los fines de semana. Como su única explicación era que andaba con los amigos muertos, y además lo decía con la inexpugnable inocencia de un niño indolente, la reacción de mamá no se hizo esperar. Empezó cuestionándolo pero, al comprender la imposibilidad de rivalizar con quien no tenía intención de presentar batalla, terminó mudándose a nuestro cuarto con mi hermana y enviándome a dormir con papá en el que hasta aquel momento había sido su habitación matrimonial.

–Si nos llevamos por lo cansado que llega de noche, no creo que esas muertas estén tan muertas –sentenció mamá.

Como soy alguien de sueño frágil, pensé que mis noches en el cuarto con papá serían terribles. Y no, él dormía como se supone que duerman las personas justas, apaciblemente. Había veces que me inclinaba sobre él en la madrugada para comprobar si estaba respirando. También me equivoqué al confiar en que los problemas no sobrepasarían el ámbito familiar. Un día el director de la fábrica de instrumentos hizo ir a papá hasta su oficina. El Conservatorio Esteban Salas se quejaba porque unas guitarras cuyo arreglo ellos habían encargado producían un sonido extraño. Y ciertamente, el director había comprobado dos cosas: que las barras armónicas de las mencionadas guitarras no estaban colocadas en la forma idónea y que el arreglo había sido hecho por papá.

Alguien en trato abierto con los muertos quizás no fuera la persona más indicada para discutir en torno a lo idóneo, concepto tan difuso como inapelable. Papá asintió. Era cierto, había colocado las barras armónicas en los instrumentos de una forma diferente. ¿Y por qué?, inquirió el director.

–Porque Sindo me dijo que en ese detalle radicaba el secreto de su sonoridad.

–¿Sindo? ¿Qué Sindo? –indagó el director.

–¿Cuál Sindo va a ser? –se extrañó papá–. Garay, claro. Como la gente del Conservatorio dijo que las guitarras se usaban para enseñar trova tradicional, me pareció que lo mejor sería seguir el consejo del trovador.

–Dámaso, ¿en qué libro sobre Sindo Garay leíste eso?

–En ninguno –y papá miraba al director con la más imperturbable tranquilidad–. Me lo dijo él mismo hace un par de semanas. Por cierto, el viejo es una espada jugando al dominó.

Supe de esa conversación algún tiempo después de haber ocurrido, cuando le pregunté a papá por qué razón lo habían bajado en el escalafón técnico de la fábrica. Él me la contó sin efectismos ni rencor, igual que si hablara de algo anodino. Quizás por eso no creo que haya logrado hacerme una idea real de la estupefacción que debió perturbar al director, sobre todo si tomamos en cuenta que papá fue más lejos aun cuando al final del encuentro le dijo:

–Por cierto, yo también tenía algo que plantearte. A partir del lunes no haré más guardias obreras ni podrán contar conmigo para que trabaje horas voluntarias ni para ir a la agricultura los fines de semana. Necesito ese tiempo por razones personales. Si eso afecta mucho en la emulación, puedo pedir la baja del sindicato.

No lo botaron de la fábrica por su experiencia como lutier, de eso estoy seguro. Pero enseguida y desde todas partes empezó a perseguirlo la sospecha de que aquella locura repentina encubría algún propósito no declarado. Y claro, la noticia de que papá decía estar en comunicación con los muertos corrió por todas partes; algo que a él, por cierto, no le pareció ni bien ni mal. Siguió haciendo su vida como si la vigilancia y las burlas no existieran.

¿Cómo no voy a recordarlo? Muchos sábados se sentaba en uno de los bancos que entonces había frente a la sede del coro y escuchaba los ensayos. Si no teníamos función, yo dedicaba las mañanas de ese día a repasar el repertorio de música sacra y él parecía disfrutarla mucho. Daba la impresión de que lo transportaba a otro mundo, sin que las paradas, recomienzos y repeticiones lo perturbaran para nada. No hablé con él más de cinco o seis veces, las suficientes para asegurarle que no era un connaisseur de la música litúrgica; ahora, sí parecía tener una profunda sensibilidad para disfrutarla… Mire, aclaremos una cosa, yo soy católico practicante y no creo en eso de alguien que habla con las personas muertas, pero a este pobre hombre se le sentía algo, no sé, algo…

Nadie en la familia sufrió tanto la situación como mi hermana Daniela, que al ser hembra y adolescente, no encontraba modos de lidiar con las burlas en la escuela y en el barrio. Los vecinos y amigos se distanciaban, las organizaciones dejaban de contar con nosotros para las tareas y la atmósfera dentro de la casa se hacía más insoportable en la misma medida que papá seguía deambulando como si nada y mi familia por parte de mamá opinaba. Para mí también el curso de los acontecimientos se hacía cada vez más preocupante, sobre todo porque a mediados del año próximo llegaría el momento de solicitar carrera en la universidad y mi aspiración era estudiar Periodismo.

Me empeñé en vigilar a papá. Siempre que podía, lo esperaba escondido a la salida de la fábrica o me echaba a la calle detrás de él los fines de semana.

El esfuerzo sirvió de poco. En esos recorridos nunca ocurrió algo extraño. A veces papá se metía en un solar más allá de la René Ramos Latour y permanecía horas allí adentro; o vagaba por la Alameda y se detenía de vez en vez a observar la bahía; o seguía la avenida Manduley hasta el final de Vista Alegre y luego torcía hacia la carretera de Siboney o hacia el reparto Pastorita. Siempre solo, o al menos así lo veían mis terrenales ojos. Cuando en el Parque del Ajedrez o en La Isabelica alguien le pedía permiso para sentarse en uno de los asientos de su mesa, él respondía invariablemente que estaba ocupado, aunque el sitio luciera más vacío que un bostezo. Los sábados en la mañana su destino fue siempre el mismo. Se sentaba en un banco frente a la sede del Coro Madrigalista y allí permanecía todo el tiempo, escuchando los ensayos.

Al fin me decidí a cuestionarlo. Le pedí sinceridad. Que me dijera si había alguna razón oculta detrás de su actitud. Que qué era aquello de andar viendo muertos por todas partes.

–Claro, mijo, ahí están. Nada más que tú no puedes verlos.

–¿Y cómo sabes que están muertos si siguen pareciéndose a quienes eran cuando vivían?

–No hay forma de equivocarse –sonrió–. Los muertos son más livianos, tienen una ligereza casi musical, si hasta a veces cree uno escuchar a Händel cuando los ve caminando… Déjame ponerte un ejemplo. ¿Ves a Guillermo, el bodeguero?

¿Y quién podía no verlo si era inmensamente gordo, cuatrocientas libras de peso cuando menos?

–No dura mucho –informó papá–. Cada vez camina más suspendido.

Desde ese día, observé a Guillermo con detenimiento, hasta me sometí a la tortura de conversar con él y reírle los chistes groseros. En verdad, su única ligereza visible era la que ponía en práctica para robarse parte del aceite y del arroz que le tocaba a la gente por la libreta de abastecimiento, pero eso se sabía en el barrio desde hacía muchísimo tiempo. Cuando murió, antes de los cuatro meses de aquella conversación mía con papá, había desistido de vigilarlo porque noté que Guillermo empezó a mirarme raro, posiblemente sospechando que yo fuera un chivato.

Pero me estoy adelantando. En aquella conversación le pregunté a papá si estar muerto era entonces un estado de suprema felicidad. Su rostro de niño viejo me miró con una seriedad tan suave que sin querer se hacía burlona.

–No vayas a creer, hay muertos bien tristes –hizo una pausa–. Cuando no logran separarse de lo que fueron en el mundo de los vivos, se vuelven sombras dolorosas. De hecho, algunos están tan enganchados a sus antiguas pasiones terrenales que pierden la capacidad de hablar.

–¿Alguien conocido, por ejemplo? –le seguí la corriente.

Papá peinó con una mano su mechón de pelo sobre la frente. Lo pensó antes de responder, eso fue obvio.

–José Martí –dijo por fin.

–¿¡José Martí!?

–Sí, José Martí –y al repetir el nombre del Apóstol, el fastidio en su mirada era proporcional a mi asombro.

Hizo silencio un momento, pendiente sin dudas de algo que estaba fuera de mi percepción. Esperé.

–Garabato… ¿te acuerdas del lisiado aquel que se decía escritor y siempre estaba terminando una novela de mil páginas? Sí, chico, el que se tiró de la azotea del dieciocho plantas que está en el Distrito… –asentí–. Bueno, según él, al Apóstol lo perturba la duda de cómo habrían sido las cosas si él no hubiera muerto en Dos Ríos.

–¿Y Martí tampoco habla?

–Apenas, por lo general se le ve caminar con las manos agarradas a la espalda, pensando. Una sola vez lo oí decir algo. Iba caminando en esa forma, cuando de pronto se detuvo y dijo: «Un hombre verdadero debe…», pero en eso pasó un bicitaxi por la calle sonando tremendo guaguancó a todo volumen y no alcanzamos a escuchar más. Él nos miró muy serio y siguió su camino.

Ay no, mijo, eso fue hace uuuuuh, muchísimo tiempo, y yo tengo demasiados problemas ahora mismito. Mira, hace como once horas que se fue la luz, y si no viene pronto, se me echa a perder la poca mierda que tengo en el refrigerador… ¿tú crees que en esas condiciones yo puedo sentarme a conversar de muertos, momias, y cosas de esas? Anjá, sí, yo era la responsable de vigilancia en aquella época, pero ya te dije, no quiero hablar de eso, no quiero y punto. Es más…

El día que papá mencionó al Apóstol lo supe: los verdaderos problemas estaban por llegar. No las burlas y las suspicacias en la escuela y la cuadra, molestas aunque inocuas, sino la vieja que una tarde fue a sentarse en los escalones que todavía llevan hasta –o alejan de– la puerta de la casa. Ahí la encontró papá cuando llegó, pasadas las once de la noche. Hacía tres semanas que un nieto se le había tirado al mar con otros cinco, tratando de abandonar el país en una balsa, y a jura Dios quería la mujer confirmar si estaba vivo o muerto. Por mucho que papá le explicó que él no era espiritista, la mujer amaneció allí sentada, y si no estaba en el mismo lugar cuando él regresó esa noche, fue porque la policía cargó con ella a media tarde.

Con todo y lo que vino después, creo que fue el peor momento para papá. Cada vez que la policía soltaba a la mujer, ella volvía a sentarse en los escalones. Era una vieja negra de rostro largo, pelo canoso y escaso, a la que mucha gente  –dos de sus hijas y yo entre ellos– intentó disuadir durante aquellos días con sus noches. Como los muertos tristes de papá, la vieja no decía una palabra, su presencia era su argumento. Mamá y Daniela se encerraron en el cuarto y estoy seguro de que el debate interno de papá debió haber sido espantoso, aunque él jamás me lo confesó. Tampoco me confesó lo que dijo aquella mañana de sábado en que finalmente salió de la casa, se sentó junto a la vieja en los escalones y le habló al oído. Todo el que estaba en la calle o asomado a la puerta de su casa en ese momento –y no éramos pocos, incluyendo algún que otro experimentado chivato– vio a la mujer alejarse con paso cansado, sin un solo cambio significativo en su expresión.

Ya en ese momento teníamos conciencia –quizás difusa pero al fin y al cabo conciencia– de lo que se avecinaba. Mucha gente empezó a merodear por los alrededores de la fábrica de instrumentos, a detener a papá en la calle para preguntarle sobre parientes y amigos a los que habían perdido el rastro. A la casa iban pocos, quizás para evitar significarse, y por suerte nunca tuvimos teléfono. Pero sí echaban papeles con peticiones por las ventanas o por debajo de la puerta. Papá dejó de recorrer la ciudad a la salida del trabajo. Se encerraba en nuestro cuarto, a veces en compañía de un litro de ron Caribe o de alcohol colado, según como anduviera la salud del bolsillo en ese momento, aunque supongo que para compartir con los muertos cualquier bebida sea buena. Yo opté por dejarlo solo, me fui a dormir en el sofá.

La crisis llegó por donde menos la esperábamos. Una mañana la policía registró la casa de Dilcia, que era responsable de vigilancia en la cuadra, y encontró un pequeño cuerpo dentro de un baúl. Según se supo luego, era el cadáver de una mujer momificada por su marido farmacéutico hacía más de cien años, un verdadero misterio científico que alguien había robado semanas atrás de su mausoleo en un cementerio de Matanzas. Hasta ahí hubiera sido nada más un chisme sorprendente, digno de algún escritor ocioso. Pero una evidencia tan palpable de la muerte hizo que los agentes sospecharan la existencia de un complot, así que también registraron nuestra casa. Por supuesto que no encontraron pistas de alguna confabulación de ultratumba, aunque sí la caja con las prendas de fantasía que el turco Ahmed encargaba a mamá para vender en el barrio, mi modesta biblioteca de autores prohibidos –Mario Vargas Llosa, Milan Kundera, Octavio Paz, Cabrera Infante et al–, y los papeles que la gente tiraba dentro de la casa para indagar sobre la vida o la muerte de algún ser querido. Hasta ese momento nunca supe que papá guardara tales papeles.

Y entonces quien desapareció fue papá. Un amigo del barrio llegó hasta la universidad esa mañana para avisarme del registro y de que se habían llevado presa a mamá. Salí directo para la estación de policía y allí me cogieron las tres y media de la tarde haciendo gestiones, buscando conocidos en el gobierno o el Partido que quisieran ayudarnos… Confieso que vine a pensar en papá cuando mi madre sacudió el papel de la multa a la salida de la estación y soltó categórica:

–Esto no se lo voy a perdonar a tu padre jamás.

Llegando al barrio, pedí prestado un teléfono y llamé a la fábrica de instrumentos. El director me informó que papá había salido cerca del mediodía para atender unos problemas que tenía en su casa. Nunca llegó.

El ciudadano se puso de mala suerte, y que conste, le hablo de esto porque es un expediente desclasificado… Nosotros veníamos monitoreando al ciudadano Dámaso desde hacía un tiempo, tratando de averiguar qué se movía detrás de ese cuento con los muertos y el cará. Pero las alarmas se dispararon cuando otra investigación identificó a un sujeto que enviaba al extranjero información sobre la capacidad industrial de la provincia usando como contraseña la frase “hasta los muertos hablan”. ¿Y sabe qué? Dio la coincidencia de que el tal sujeto había trabajado en la fábrica de tornillos con un excuñado del ciudadano Dámaso. Se decidió no esperar más. En combinación con la responsable de vigilancia de la cuadra, sembramos una momia en su casa y ejecutamos ambos registros aprovechando un momento en que solo la esposa del ciudadano estaba en su vivienda. ¿Quiere un consejo? No le busque más patas al gato: El Dámaso ese estaba loco, lo que se dice loco de amarrar…

Lo que vino después del registro en la casa fue un infierno. A mamá la interrogaron dos veces más y yo tuve que ir a una reunión de análisis con el Partido de la Facultad donde acordaron ponerme un señalamiento por inmadurez ideológica. Dios sabe lo que hace, si me hubieran dado la carrera de Periodismo, como yo quería, aquello hubiera significado la expulsión inmediata de la universidad. Pero un estudiante de Física que leía literatura prohibida era menos peligroso pues su rango de influencia no iba más allá de los átomos y los neutrinos. Encima de todo eso y para completar el panorama, papá no aparecía ni vivo ni muerto. Me vi desandando hospitales, estaciones de policía y casas de amigos con la misma ansiedad de quienes antes lo acosaban a él para averiguar por la suerte de sus familiares.

Ocho días después de aquella fatídica mañana, la gallega Docinda cruzó la calle para decirnos que papá estaba interno en el pabellón psiquiátrico del Hospital Militar, según le había comunicado por teléfono alguien que no se identificó. Pude verlo en la tarde, a la hora de visita. Llevaba puesto un pijama verde oscuro y miraba con total despreocupación hacia la pared de un patio interior donde otros pacientes vagaban hablando entre ellos o consigo mismos. A su lado, una vieja tan flaca que parecía irreal lloraba sentada en el piso. Sin emoción alguna, como si hubiera dejado de verme solo diez minutos antes, papá me preguntó:

–¿A cómo estamos hoy?

Después no contó demasiado sobre el tiempo en que estuvo desaparecido. Dos vehículos lo habían interceptado el día del registro en la esquina de Martí y Moncada, mientras él se dirigía hacia la casa, y lo llevaron al centro de detenidos que está en Versalles. A partir de ahí, confundía la naturaleza y el orden de los sucesos. Hablaba de un pasillo tan estrecho que era posible sentir cómo palpitaban las paredes. «¿Quién dirige la red fuera del país?», le preguntaban. Oscuridad, de pronto luz enceguecedora y otra vez la oscuridad. En un pasillo oscuro uno no permanece, sino que transita, dijo, y quien se detiene entre las paredes estremecidas sabe que está condenado a la asfixia o al golpe de luz que vendrá, seguro que vendrá, pero ¿cuándo? «¿Cuál es la clave para interpretar los mensajes de los papeles?», le preguntaban. Ruidos, luego silencio total y otra vez ruidos, la oscuridad absoluta chirría o se vuelve silencio, dijo, calienta las paredes hasta ponerlas al rojo vivo. «¿A quién tienes que transmitir los mensajes?», le preguntaban.

–Válgame la gota de sonido –concluyó papá–. Nada alteró nunca la regularidad con que caía esa gota salpicando palabras, suspiros, quejas, fragmentos de llanto y de gritos. Yo me dedicaba todo el tiempo a empatar aquellos pedazos de sonido, a combinarlos de distintas maneras. Creo que de esa por poco me vuelvo poeta.

Me gustaría pensar que lo soltaron porque no hay modo de incomunicar a alguien que habla con los muertos, y menos en un lugar donde han de rondar tantas almas en pena. Tampoco creo que a una persona como papá le importara mucho perder la noción del tiempo, si a fin de cuentas los difuntos con quienes se comunicaba vivían sin tiempo. A falta de más información, eso me gustaría pensar, repito. Que la imperturbable convicción del viejo los convenció de su inocencia. El caso es que salió del Hospital Militar dos semanas después de la llamada que recibió Docinda con un cargamento de pastillas y el diagnóstico de paranoia esquizoide, razón suficiente para que lo jubilaran por enfermedad en la fábrica de instrumentos.

Pasó sus últimos años encerrado en la casa, mayormente en su cuarto, y poco a poco fue dejando de hablar, al menos con los vivos. Tampoco es que hubiera muchos vivos a su alrededor. Daniela logró entrar en la carrera de Veterinaria y mamá se fue con ella para Camagüey, a vivir con la tía Delia. El único que nunca dejó de visitarlo y al que papá nunca dejó de recibir fue a Samuel, un amigo de la infancia que alguna vez había sido trovador y que todavía entonaba algunas cosas de Manuel Corona o de Pepe Sánchez cuando tenía muchos tragos adentro, que era todos los días. Yo regresé al que había sido mi cuarto de muchacho y poco a poco mi comunicación con papá se fue convirtiendo en un monólogo. Siempre que podía, me sentaba con él aunque fuera un ratico al regreso del trabajo o en la noche. Él me escuchaba hablar de la maestría en Meteorología con especialización en nubes que yo estudiaba entonces; o de cómo sembrábamos lluvia utilizando hielo seco; o de los chismes que más se movían en la calle por esa época. En todos los casos, su atención era perfecta. A veces yo le preguntaba:

–¿Hay más gente con nosotros ahora?

Y por lo general él asentía levemente, casi podría decirse que como un niño divertido. En lo que a mí respecta, debo reconocer que nunca he tenido un público tan atento.

Con parecida expresión de docilidad recibía las visitas del médico de la familia, aunque muy pronto descubrí que había dejado de tomar las pastillas. Siguiendo el consejo de su amigo Samuel, empecé a conseguirle instrumentos rotos –guitarras, laúdes, tres, mandolinas, charangos, lo que apareciera– para que se entretuviera arreglándolos, y cuando podía le dejaba encima de la cómoda una botella de ron. Con el tiempo, quienes merodeaban por la cuadra o arrojaban papeles dentro de la casa cesaron por completo y papá se acomodó cada vez mejor en su silencio. No exactamente en el olvido. Era obvio que su existencia gravitaba sobre cuantos me rodeaban, en el barrio o en el trabajo, y no hubo manera de que las novias de aquella época accedieran a quedarse alguna noche conmigo en la casa.

Fuimos amigos desde primaria, solo que él se casó dos veces, hizo familia y se afincó en su trabajo, mientras que yo… Usted puede asegurarlo, no había quien le encontrara el alma al sonido de una guitarra como él, y mire que fui de los fundadores de la nueva trova, así que puedo saber de qué estoy hablando. Cuando pasó lo que pasó, seguimos siendo amigos como si nada. Él se comportaba de lo más natural, parecía no enterarse de que la gente lo miraba raro y se reían de él… Pues, ¿sabe una cosa? Con todos los años que han pasado, cada vez que oigo en la radio y la televisión, o leo en el periódico sobre héroes y personas desinteresadas, quien me viene a la mente es Dámaso… No me pregunte por qué, deben de ser chocheras mías. Mire, mejor sea buena gente y cómpreme un litro de alcohol, que el chama de aquí al lado los vende a cinco pesitos nada más…

Una tarde, al regreso del trabajo, entré de lo más entusiasmado en su cuarto para contarle que unos mecánicos del aeropuerto se habían fugado a Miami en el avión que los científicos rusos usaban para explorar el ojo de los huracanes y encontré a papá muerto en la cama. Estaba sentado, con la espalda recostada contra la cabecera y una guitarra española entre los brazos, como listo para poner el siguiente acorde. Su mandíbula inferior ligeramente torcida me indicó que era cadáver sin tener necesidad de tocarlo.

Al velorio fue muy poca gente –por lo menos de la que puedo ver; de la otra, quién sabe–, ni siquiera mamá y Daniela se dignaron a venir desde Camagüey. Tendido en la pobre caja y flanqueado por las dos coronas que asignó Comunales, yo observaba intrigado cómo la muerte había borrado de su rostro la plácida expresión infantil de antes. Recordé lo que me contó. En algún momento, puede que exasperado por la tozudez de papá, un oficial en el centro de detenidos de Versalles le había preguntado por qué no se suicidaba si tan bien se sentía con los muertos. Él contestó:

–Porque muerto soy uno más. Lo que a ellos les gusta de mí es que estoy vivo.

La mueca de papá dentro del féretro era, pues, de disgusto. Tomé una taza de café aguado y salí a fumar un cigarro. Parada en la puerta de la capilla, de espaldas, la gallega Docinda le decía a Samuel en ese momento:

–A veces Dámaso me daba un poco de miedo, ¿sabes?

–Ay, si el viejo era un pan, Docinda –respondió el hombre mientras se frotaba el rostro oscurecido por una barba de como mínimo cinco días.

–Pues creo que por eso mismo… –y la mujer se interrumpió al verme pasar.

El tráfico en la Calle del Calvario lucía animado y más allá de Quintero, por encima de las montañas, una banda de luz naranja cruzaba el cielo nuboso. No sé por qué pero me gustó pensar que papá había visto un punzón de luz parecido a ese atravesando la tarde en que alzó la cabeza y descubrió a su difunto excuñado caminando por la calle. Quizás.

 

Del libro inédito “Memorias del equilibrio”