Mientras caminaba por el pasillo, los pacientes con los audífonos saludaban alegremente. Desde hacía varios días que ya no se escuchaba ningún grito de frustración, sólo sonrisas. La música les había devuelto su verdadero ser. Sólo un enfermo se rehusaba al tratamiento. Entró en su habitación alumbrada ligeramente por una vela encendida sobre la mesita de noche. Apenas se divisaban los frascos de medicinas desperdigados en la repisa, ni el pequeño escritorio debajo de la ventana que enmarcaba una noche inmensamente oscura. Acostado en la cama desarreglada, el insubordinado hacía apuntes en una libreta de cuero desgastado. Levantó la cabeza y el copioso bigote se mostró en toda su dimensión, casi cubría la tercera parte del rostro. Su mirada se asomó por encima de la armadura de las gafas y auscultó al galeno con ojos profundos y angustiados. Sonrió, a manera de mueca, y continuó escribiendo.

—Puedo reducir a más de la mitad los fármacos que tomas. La música te aliviaría los dolores de cabeza y no caerías más en episodios de locura.

—Se lo agradezco doctor, pero un hombre sin sufrimiento, ¿qué es?

—Alguien que puede disfrutar de la vida.

—Usted quiere que me hunda en la mediocridad. Una persona feliz no piensa. Se deja llevar por el éxtasis del placer. ¿Podrá darse cuenta realmente quién es? La música como la religión es una droga que calma el miedo a la muerte momentáneamente. Y quiero enfrentarme a ella en toda mi dimensión humana: desvalido, malhumorado y demente.

—Según su expediente clínico, ama la música de Wagner. Escribió elogiosas críticas sobre sus óperas.

—Sí, pero eso fue cuando aún no había descubierto la verdadera naturaleza del hombre. ¿Ha subido usted a la cima de una montaña?

—No.

—¿Por qué?

—El alpinismo es un deporte muy peligroso. Nunca he sido de constitución fuerte para escalar una pendiente.

—Yo tampoco doctor y ¿sabe una cosa? Vale la pena hacerlo. Tras los rasponazos, manos ampolladas, tobillos retorcidos y codos lacerados, llega usted a la cima jadeante y sin fuerzas. Entonces el mundo queda bajo sus pies: la costa, el pueblo, la carretera y el bosque. El panorama es indescriptible, inmensamente conmovedor. Experimenta un goce infinito, más infinito que ir a la iglesia y arrodillarse ante una imagen inerte. Por eso afirmo, que dios ha muerto, que cada hombre sea su propio dios.

—Durante los años que mi padre se hundió en la enfermedad del olvido, solía escribirle cartas: “Andrés, eso no tiene sentido. Ese remitente nunca te va a contestar”. Eran las palabras de mi madre cada vez que leía una de ellas.

El doctor sacó un papel amarillento del bolsillo izquierdo de su bata blanca y leyó:

Estimado Señor:

Me da pena importunarlo con estas palabras, como me aconseja mi madre, pero estoy desesperado. Ayer deseé con vehemencia que mi padre muriera y hoy me siento arrepentido. Soy un criminal. ¿Cómo puedo aliviar este sentimiento de culpa y desolación?

Afectuosamente,

Andrés.

—Escribí muchas como esta.

—No hay respuesta para el dolor. Su padre como el mío eran dos buenos hombres, incapaces de hacerle daño al prójimo. El suyo era juez, amante de la ley, y el mío, sacerdote, devoto de Dios; y ¿cuál fue el pago? La enfermedad, el sufrimiento y la muerte. ¿Por qué? Es completamente injusto. Por eso Dios no existe, ni tampoco esa cosa que usted llama causalidad. ¿Dónde está la causa del dolor humano? En ninguna parte. Todo es camino sin principio ni fin. Durante meses anduve solo por las montañas, buscando una respuesta, una cura para la humanidad, como usted doctor. Pasé frío, hambre, desvelo, miedo, quería estar lo más alto posible para que mi mente se abriera y se despojara de prejuicios, construcciones filosóficas, mitos y creencias. Simplemente quería lavar mi mente con la nieve de las cúspides y que la presión de la altura y el frío me ayudaran a deshacerme de las ideas de otros que grabaron en mi cabeza simplezas sobre la religión, la literatura, la filosofía y la moral. No quedó nada, sólo mi mente latiendo como si fuera un recién nacido y fue cuando vi al verdadero hombre, mi verdadero yo. Cada individuo debería hacer este peregrinaje una vez al año y encontrará una paz infinita, un silencio profundo y la certeza de que Dios está ausente de cualquier parte. Mis cadenas de temor al castigo divino se rompieron y comencé a ser yo mismo, sin ataduras ni falsas morales. Quise regalarles esta revelación a mis conciudadanos y todos pensaron que deliraba.

—Es probable doctor que lo que usted halle, sea la cura, pero ¿la gente estará preparada para escucharlo? Espero que no le pasen gato por liebre como hizo mi querida hermana Elizabeth. Me salvó del manicomio y me entregó a algo peor que la locura, el nazismo. Según Hitler, el hombre que yo había encontrado en las montañas, era lo que distinguía al alemán del resto de las razas.

—¿Qué cosa?

—La superioridad.

—Buscaba una cura para mis pacientes y ahora la necesito, desesperadamente, para mí.

—Siga buscando y olvídese de las causas. Tal vez encuentre algo que a los demás pasó inadvertido. Cuando el arqueólogo británico Arthur Evans, fue en busca del laberinto del Minotauro, creyó descubrir el trono del rey Minos. Después que murió su madre, el dolor lo sumió en la lectura. Le encantaba la mitología griega en particular el mito del Minotauro, el monstruo mitad hombre y mitad bestia, que Minos, su padre, encerró en un laberinto. De adulto, el encantamiento lo llevó a la convicción de que más allá del mito podía desenterrar huellas históricas y arqueológicas. Hizo excavaciones en Cnosos que parecían acomodarse a su idea de que el laberinto era real. Topó con un palacio enterrado que le llevó veinticinco años devolver a la luz: vasijas, pinturas, muebles, cuartos y corredores parecidos a un laberinto. ¿Y cuál fue su sorpresa? No era el palacio del rey Minos. Había descubierto una civilización totalmente desconocida. La realidad le jugó una buena trastada a Evans. Buscando una memoria, tropezó con otra. Lo que encontró era más importante que lo que buscaba. Tal vez, usted tenga esa suerte. Nunca se sabe.