Hay en la poesía santiaguera amor, memoria, tiempo, temas que atraen por su atisbo de enroladas virtudes y que iluminan nuestras vivencias. Varias obras leídas dejan un exquisito sabor a los sentidos que luchan por no olvidar la impresión en el ejercicio de la lectura.

Las formas del amor, de Antón Arrufat; el perro que se llamaba País, de Reynaldo García Blanco; los álamos en Plaza de Armas, de Teresa Melo; las máscaras y el festín, de Oscar Cruz; los filosos cuchillos, de Yunier Riquenes… son un recuerdo, una imagen que nos ayuda a relacionarnos con la mnémesis del autor.

También coexisten otros poetas en ese territorio, generaciones de poetas muy bien marcadas y que León Estrada reunió en la publicación Santiago Literario. Ellos son: Marcial Lorenzo Escudero y el propio León, Gizeh Portuondo, Erica Castellanos, Leandro Báez, Daniel Liens, Yansy Sánchez, Rodolfo Tamayo y Reynier Rodríguez.

En ese contexto nace la poesía de Ramón Muñiz Sarmiento (Santiago de Cuba, 1987). Poeta amante de la poesía universal -no excento de la narriativa-, ha desarrollado su atractivo por las lecturas de los clásicos españoles de la Generación del 98 y la Generación del 27, también por la poesía parnasiana, y en particular, Charles Baudelaire. En América: Jorge Luís Borges, Pablo Neruda, César Vallejo y los poetas del Modernismo, entre los que destaca a Rubén Darío y José Martí.

De Cuba, otro poeta de lo mejor de la tradición lírica que ha interesado a Muñiz es José Manuel Poveda, cuya obra es muy poco leída por las actuales generaciones.

Todas esas lecturas han ido conformando al autor que conocemos hoy, el cual posee una poética, donde se percibe esa ansia por abarcar símbolos y connotaciones, desde un lenguaje lírico, pero marcado por la prosa poética, alrededor de las provocaciones del individuo y su ser social.

Como un tiempo lejano es un poemario publicado por Ediciones Santiago, en 2011. Dividido en dos apartados: «Un gesto vago» y «Solo la luz dispuesta a arder», sus textos suman un total  de veintiséis poemas en prosa, algunos más extensos que otros y que completan el abanico de búsqueda de un discurso que se forja en la entraña de presencias y ausencias.

Dentro de sus poemas se percibe un receptor alocutorio que permanece, como el lector, en una muy grata expectación alrededor de su mensaje hedonista.

Un motivo reiterdo que estalla en colorida expresión es la mordida: «podría morderte y dejar en tus carnes una huella azul como el zafiro»1, «Mordí una de tus mejillas»2, «no vi que el demoinio que encerré en mi jaula alimentado de furor, mordería tu mano con la señal de mis dedos»3. Se trata de un juego amoroso de impulso más ardiente que sutil.

Pudiera creerse que esos poemas a veces epigramáticos, son por pequeños, fatuos: «Estar a tu lado es como estar detenido en un puente sobre el abismo»4. Pero en realidad son profundos y condensan un pensamiento muy particular, el del yo frente a la experiencia, esa que afirma a un receptor (como he dicho antes), con un corazón inflamado de poiesis, incluso, frente al peligro.

La atmósfera de disyuncón de los primeros textos desaparece para dar paso a un ambiente de filiación: «Quizás era una hoguera, una plaza medieval, o el plumaje de un ángel muerto o tú o yo que nos quemábamos»5. Sin duda, el uso del término «quemábamos» connota: no se quema la piel, sino los sentidos, en el torrente de voluntad que da la vida.

Por otra parte, el uso de los verbos pretéritos contribuyen a dar un tono de nostalgia que se anuncia desde el título del cuaderno, el cual se interrelaciona con las Coplas a la muerte de su padre, de Jorge Manrique. Tal dilucidación hace pensar en una voz entrada en años; sin embargo, solo se trata de la temprana madurez del poeta, quien goza de los privilegios de la juventud: «Pero muéstrales solo la fuerza a medias, no la regales, no la eches completa de ti, guarda el resto en lo profundo: esa mitad, ese resto intangible es para tu amante, para quien sepa descubrirlo y necesite luz y únicamente, para ti»6. Es la sabiduría del misterio, sin el cual se hace vago el interés y, desde luego, la esperanza por asir lo tangible y la ambición de conocer las profundidades, no afloran en nuestro ser.  «Sigue caminando. No te extravíes. No pierdas el camino: que la luz guíe tus pasos hacia hasta el mismo centro pero no esperes encontrar unagran hoguera. El misterio está en que encontarás una pequeña luz. ¡Una luz latiendo entre tanta frialdad, una leve luz sin pólvora ni cera, dispuesta a arder!»7. Es el consejo a su Sylvie en Chantilly, no la de Poveda, sino la de Muñiz.

Todo el poemario está precedido por la leve luz. Los textos suceden, deseando que esa luz crezca para descubrir todo el paisaje. Como lectores, asistimos al ardid del poeta, quien busca que sea una, «la dueña de la revelación»8.

El contexto alrededor del libro de Muñiz lleva consigo el velo de la emigración, ante el celo avasallador de la política cubana que ve a sus intelectuales marcharse en busca de nuevos horizontes y oportunidades. Sin embargo, no es un libro desherado, por el contrario, si contemporáneos o no en su orilla, lo han desdeñado, él lo ha traído consigo a la diáspora, como buen padre que cuidad de su retoño.

Los textos de Como un tiempo lejano son, en fin, luz en crecimiento, misterio tácitamente develado y asombro por la palabra que impide el silencio. Sujeto lírico y autor se funden en lapso creativo, porque aquel que lee esta poesía, está viendo a  Ramón Muñiz Sarmiento.


1 Ramón Muñiz Sarmiento: “I” en Como un tiempo lejano. Ediciones Santiago,  Santiago de Cuba, 2011.

2 Íd: “IV”, en Ob. cit. , p. 12.

3 Íd: “VI”, en Ob. cit., p. 14.

4 Íd: “IX”, en Ob. cit., p. 17.

5 Íd: “IV”, en Ob. cit., p. 12.

6 Íd: “X”, en Ob. cit., p. 34.

7 Íd: “XII”, en Ob. cit., p. 36.

8 Ídem.