Eso de que todos los negros la tienen grande es un cuento… La tienen normal, más o menos, como todos los hombres, sean blancos o negros —comentó la Jabá suspirando en largo casi inmediatamente después de que me anunciara, mediante gemidos agudos, su cuarta venida, que llegó a la par de la única mía; como debe ser, según los maestros.

Esto, con otras o las mismas palabras me lo había expresado luego de que me atreviera a aquella pregunta indiscreta en  los inicios.

Ella tenía argumentos para asegurarlo. Su primer novio, que luego fuera su esposo, más los cuatro maridos, fijos, que ha tenido posteriormente, son negros.

En Cuba una jabada —mejor suena jabá— es un resultado de las mezclas y las mezclas seculares. Hombres o mujeres más bien de piel amarillenta, ocre oscuro, ocre claro. El cabello con iguales tonalidades, duro o acaracolado, unos más que otros; y no pocas y pocos con ojos claros, algunos de verde intenso, verde pálido, azafranados, ambarinos. No son de raza blanca, sino mestizos y mestizas alejados del mulato, la mulata promedio.

La Jabá en cuestión tiene los ojos verde intenso y la piel ocre fuerte, y brillante. En ocasiones, cuando yo me he sentado en el borde de la cama luego de terminar el sexo, la miro a todo lo largo y se me ocurre que es un fanal restándole algo de oscuridad al cuarto de Eulalia; bastante sombrío por cierto: tiene solo una pequeña ventana en lo alto además de la puerta de entrada.

He observado que tantas jabás dan esa sensación de carne jugosa; mujeres jugosas.

Ella no quiso, no intentó nunca, me ha confesado, “adelantar la raza” —o sea, casarse con  alguien menos oscuro que ella—, como es lema en este país racista, rebozado de políticos corruptos, de estafadores, bayúes, bares, periódicos, emisoras de radio que mienten, ladrones con corbata y camisa de cuello, millones de analfabetos, niños sin  escuela, enfermos sin médicos, maestros que no saben impartir clases, explotadores de los humildes… Bueno, discúlpenme…, me fui de banda… Sucede que, ya saben, lo he dicho antes, estoy leyendo sobre el comunismo científico y esos temas se me van en ocasiones…

Poseía la Jabá, o debe poseer aún, una virtud a escala mayor: cuando se venía, o a seguidas, sus contracciones vaginales eran tan fuertes que sonaban como ráfagas de botellas descorchadas una tras otra o algo así. Digo a escala mayor porque en otras mujeres hallé lo mismo, pero mucho más moderado.

Ese sonido proveniente de su vagina cuando se estaba viniendo o inmediatamente después, es, hasta hoy, uno de los más hermosos que he escuchado en mi ya larga vida.

Mas no gritaba en medio de la cópula; sí gemía in crescendo pero hasta un límite que no debía pasar más allá de la puerta del cuarto de Eulalia, hasta la acera, sobreponerse el ruido al exterior.

Sin embargo, chillaba altísimo cuando se topaba con una cucaracha. Les tenía terror.

Y eso sí estaba cabrón, podrían escuchar afuera.

El primer día que nos encontramos en el cuarto de Eulalia ocurrió: pegó un gritazo al ver una, apenas visible, en un rincón, unos segundos después de que habíamos terminado la faena. Era evidente que estaba muerta. Le dije. Se calmó. Dejaron de temblarles las mejillas, los labios simétricamente abultados.

Aparte del medio peso que le pagaba a Eulalia por dejarnos utilizar el cuarto, me exigió par de pesetas cada quince días para comprar insecticida. Bien sabía yo que par de pesetas, cuarenta centavos, surtía el doble del insecticida que debía comprar, pero lo asimilé. En esta Isla casi todo el mundo quiere joder a todo el mundo. Y vamos a decirlo de una vez: quizá la gente más cabrona, más engañosa, más hijoeputa, la encontramos entre los pobres, los oprimidos, los sin nada o los con poco. Bueno…, tal vez deba ser así: si no lo hacen, ¿cómo podrían sobrevivir? He leído recientemente un folleto del ruso Vladimir Ilich Lenin que, en un fragmento, se acerca a lo antes dicho. De manera que no son hipoeputas porque así lo quieren, sino como consecuencia de la sociedad inicua en la que viven; ¿será?

La Jabá vivía en un solar a media cuadra de la tienda de Abel, allí compraba ella sus mandados y allí hacíamos grupo unos cuantos amigos y conocidos tarde por tarde se podría decir.

Un solar —en otras latitudes latinoamericanas sé que le dicen vecindad— resulta un grupo de casas chicas, metidas hacia dentro, más allá de las aceras, digo, que hacen límites interiores a capricho. Algunos solares se fueron formando con los años, cuando alguien llegaba y en terreno yermo no muy lejos de la calle, plantaba su casita y posteriormente se le iban pegando otras viviendas; vivienditas. Otros devienen del picadillo de una mansión que por alguna razón fue abandonada y ahora viven en ella una montonera dividida en una o unas habitaciones convertidas en habitáculos.

Debo aclarar que el barrio de la Jabá, que comenzaba donde ella vivía, hacía la linde con el mío, de un poquito más de esplendor. Pero hasta allí me iba yo: buenos conversadores, cabrones, ingeniosos y de sobrado humor los que hacían tertulia en la esquina, en la tarde avanzada, junto a la tienda de Abel.

El marido actual de la Jabá es un negro alto, fortísimo, cabo del ejército donde, según sé, se dedica, a la par, a competir por nuestro regimiento en las artes marciales.

Allí, en la esquina junto a la tienda de Abel, fueron tres o cuatro tardes seguidas en que la Jabá me miró a muerte; sus potentes ojos verdes me clavaron con lanza, de arriba abajo. Pero yo dudaba. Ella era mujer con marido y, según pude averiguar, como al desgaire, con el propio Abel y algunos del grupo, nadie la creería capaz de engañar al negrón militar —“ella ni mira a los hombres”, “ni siquiera mira a los lados”, “no le enseña los dientes a ningún macho”, “no es zalamera”—, quien, también supe, se notaba celoso hasta el remate.

Mas yo olí —y luego ella me lo confirmaría— que ya entonces iba a comprar a la tienda cuando yo me había incorporado al grupo esquinero.

La quinta o sexta vez, cuando al pasar metió su par de teas verdes en mi cara, sonreí; le sonreí. Y ella hizo lo mismo.

Mensaje claro.

Pero yo sentía un miedo terrible.

Un miedo terrible al negrón cabo, a quien, aun si yo fuese valiente, no le ganaría una bronca aunque él se tapase los ojos.

Pero ya lo dije antes: soy gallina en la misma medida que “débil ante la carne”, expresaría un párroco.

—Necesito hablarte —le solté cuando salía de la tienda de Abel llevando una bolsa con mandados, arrimándome, arrimándola con un gesto a un lado del grupo y al ángulo visual más distante de su solar.

—Para qué? —preguntó a la vez que hacía un gesto tal si buscara en el cielo con sus ojos verdísimos. Y temblé. Temblé. Si fallaba el tiro, si mis conclusiones habían sido erradas… ¿ella se lo diría al marido y este, sin duda, me buscaría?

Pero la Jabá también estaba temblando, aun se notaba en su tetamen altanero que sobresalía como pulgada y media por encima del corte de la blusa.

Se me ocurrió posiblemente la respuesta más vacía que se pueda dar en caso y mujer semejantes, pero que de cualquier manera me  sacaría del tranque.

—Te amo.

Ella sonrió.

Qué clase de bocaza, Dios del cielo, qué labios tan sabiamente abultados, que grietas las de esos labios. Y dientes como para batallar, no como para otro propósito.

El cabello dorado, duro pero no calificaba como reales pasas de negro —se podía advertir además que no lo distendía artificialmente dándole calor, como hacen tantas negras—. Lo llevaba recortado casi al mínimo; digamos que diminutos muelles amarillo oscuro cubriendo su cabeza de redondez estricta.

La cara oval, ocre, de lisura sin una mancha, una arruga, una marca de expresión.

¡Ay, cojones, si está mejor de cerca que a distancia! —me grité hacia dentro con toda puerilidad—. Algo difícil de hallar. Nada descubro si afirmo que existen mujeres que a cierta distancia lucen bellas por completo, pero ya mirándolas de cerca, se “caen”.

Dio par de farolazos verdísimos metiendo los ojos y el labio inferior hacia la derecha, mediante un breve golpe de cabeza.

Que mañana a las diez de la mañana la esperara en aquella esquina hacia la que había apuntado con ojos y labio.

Ella quisiera que yo no me juntara más en las tardes con esos tipos —apuntó hacia el grupo (que no podía vernos desde el sitio en que se hallaba), también con ojos y labio inferior— junto a la tienda de Abel. No nos convenía. Dijo así: nos.

A las diez de la mañana del día siguiente, en la esquina dicha, se detuvo unos momentos frente a mí y me entregó un trozo de papel estraza doblado. “Ahí tienes… Luego me dices…” y siguió su camino en la misma dirección en que venía.

La estuve mirando andar hasta que la vista me lo negó.

Qué desparramo de culo, qué estela parda iba dejando, qué piernas brillando con el sol oblicuo de la media mañana. El vestido de tela vaporosa, de floripondios rojizos, amarillos, gris claro, pareciera que iba a incendiarse con su andar. Qué movimiento, mamá.

Antes, a lo largo de los veinte o treinta segundos que demoró para saludarme y entregarme el papel, observé sus tetas, es decir, sus tetas cubiertas por la tela y ahí estaba la sensación de que se iban a salir, que reventarían ahora mismo lo que las cubría.

Era jugo de punta a punta la Jabá, me dije. Jugo ardiente. Concluí.

Tendría de treinta y seis a treinta y ocho años, “la edad de la mucha leche”, como me había dicho un cabrón de aquellos que un día conocí en mi largo, intenso recorrido por  bares y cantinas, inmediatamente después de que me pegaran los tarros (me pusieran los cuernos, dicen) por vez primera.

¿Pero el cabo, el negrón musculoso, fuerte como una tapia, diestro en artes marciales?

Pánico contra deseos incontenibles. He ahí el dilema. He ahí el dilema.

El trozo de papel decía, con mala letra, grande, tocada con arabescos que parecían trazados como a propósito con la intención de ornamentar —y con al menos una falta de ortografía en cada palabra—, que fuera a ver de su parte a Eulalia. En tal dirección (como a seis cuadras de su calle, de la calle de la Jabá, digo). Era como su hermana, o como su madre, en fin, como su todo. Tenía más confianza en Eulalia que en  sí misma.

Me fui a la tienda de Abel y me pegué dos líneas de ron San Carlos de sendos golpes.

No acostumbraba beber, pero me dije que de alguna manera debía celebrar. El propio Abel se asombró de mi pedido.

Entonces, ¿cómo iba yo a imaginar que esta sería la última vez que vería a Abel con vida? Y sin vida nunca, porque a su velorio no fui.

—¿Por qué me dijiste que sí? —le pregunté el primer día que estuvimos en el cuarto de Eulalia, que daba a la acera, a la calle.

—Porque tú me preguntaste.

—¿Nunca has tenido un…? —me detuve… no sabía cómo decirle, busqué en la mente varias maneras, no hallaba el vocablo suave para…

—¿Un blanco? —me ayudó la Jabá—. No, primera vez. Bueno, y todavía…

Dijo “todavía” porque estábamos sentados en el sofá, aún con ropas. Solo nos habíamos besado suavecito, agarrado las manos, pasado yo las mías por sus muslos redondos. La Jabá era de curvas redondas; o sea, de partes llenas, compactas, desde los hombros hasta las piernas.

Una porción de sol vespertino entraba por la luceta que coronaba la puerta y sin quererlo ella puso sus ojos en medio. Me quedé estatuado. El verdor  de sus ojos parecía achispar la habitación.

—¿Qué te pasa? ¿Por qué pones esa cara? –preguntó encimándose.

Le pasé la mano derecha por los hombros hasta entrarle a su seno derecho, que brincó.

Mi mano no alcanzaba para abarcarlo todo. Estaba caliente (su seno). Las mujeres de senos grandes, poseen en ellos sensibilidad limitada, según se sabe. De modo que fue la acción, no la sensación, creo, la que hizo que ella arqueara el torso como un pase de flamenco.

La izquierda la metí entre sus muslos y ella en automático abrió las piernas. Filtré mis dedos por debajo del blúmer. Su pubis era espeso, mullido; la vellosidad levemente áspera. Busqué el clítoris. Ella abrió más las piernas y se echó hacia delante. La vulva estaba encharcada. Su clítoris era sobresaliente, como un altorrelieve, quiero decir. Se abrió la blusa y con un gesto más que rápido, desesperado, metió las manos y se zafó el sostén. Mi boca se fue al pezón de su seno izquierdo, mientras no dejaba de acariciarle el derecho con los dedos de mi  mano derecha y con la punta del cordial de la izquierda le frotaba el clítoris en giros redondos, en hundimiento, en lateral. Qué paja tan rica. Dijo ella, te la estoy dando, repetía entre gemidos y sus jugos vaginales abrasaban mis dedos.

Aún tenía sus ojos cerrados y estaba desmadejada, como un muerto fresco, cuando la llevé a la cama, arrimada al otro lado del cuarto, yo pegado a ella, que iba delante. Mi falo latigueaba contra sus nalgas, y aun me dolían los trallazos de este contra el pantalón. Nos desarropamos y la puse en la posición de los católicos (ella abajo, yo arriba). Yo intentaba espantar la visión de la Jabá desnuda, en la media luz del cuarto, como encendiéndolo con su piel ocre, ya sudada entonces. No me la metas toda y no la muevas, pidió. Y me la fue exprimiendo a la mitad. Déjame venirme así, dijo. Y tres veces anunció que se estaba viniendo. Me pidió acostarse encima de mí; a todo lo largo su cuerpo sobre el mío. La mitad y no la muevas tú, por Dios, la muevo yo. Y comenzó a rotar y subir y bajar justo hasta la mitad de mi pene calculo mientras yo me iba de una seno al otro y ella me pedía muérdeme las tetas, muérdeme las tetas y de vez en vez sacaba toda su lengua y me la brindaba y yo chupaba su lengua casi con el mismo empeño que sus senos y ella dijo dame ahora sí con la artillería y se desmontó y boca arriba abrió las piernas y las levantó a todo dar y la clavé hasta donde dice se acabó el camino y entrando y saliendo y la Jaba se retorcía de modo tal que yo debía retenerla fuerte para que no se fuera de mí y gimió más alto y más alto pero también más dulcemente, llorosa digo, y el charco había tomado más allá de mis testículos, hasta mis inglés y principios de mis muslos y se salió empujándome casi hacia un lado y pidió ahora quiero que te la bebas mientras se volteaba y ponía sus nalgas a la altura de mi cara ella de espaldas y como vio que yo no reaccionaba sacó una mano y con un dedo se apuntó en la vulva diciendo aquí y le fui con la lengua y ella no, no adentro, en la pepita y era su clítoris entonces más sobresaliente y comencé a lamerlo a toda la velocidad que la vida me permitiera y de una en una ella gemía o más bien sollozaba ahora sí métela adentro limpia y chupa limpia y chupa limpia y chupa limpia y chupa repetía ya llorando en franco pero yo o mi intuición alternaban yéndome a su clítoris de nuevo y regresando al túnel y ella lloraba eso es así así así así y sus jugos me mojaban el rostro de manera tal que a veces debía detenerme y dar un cabezazo a un lado puesto que la nariz también recibía lo suyo y entonces no lograba respirar y ella lloró más fuerte si bien paradójicamente quedo ay ay ay ay sollozando y ordenó, sí, se puede decir que ordenó, ahora penetra al enemigo a profundidad cuando yo pensaba que iba a devolverme el gesto aplicándome una felación, el pene parecía astillárseme y ella salte y penetra al enemigo repitió y sacó una mano y con un dedo apuntó al ano y yo me desquicié un poco puesto que me sabía mediocre en esta modalidad, mas luego que me puse en la posición adecuada y ella a cuatro patas con la misma mano tomó mi falo y se lo cabeceó en su ano, que vi palpitar, abrirse un poco más como un botón de flor que despunta y ordenó cláveme hasta los huevos y vente ahí que así no hay peligro de que me preñes todo esto pronunciado entre ayes, sollozos, gemidos unos tras otros, convulsiones más y menos leves y penetré hasta los confines mientras miraba las nalgas de la Jabá que empezaban a rotar y me envolvió la impresión de que estaba partiendo en dos a un planeta y claro era más prensil su ano (¿o su recto?, ¿debe decirse sexo anal o sexo rectal?) que su vagina mas lo inesperado fue que ya clavada culo adentro luego de rotar golpeándome en ocasiones el bajo vientre con su nalgas espléndidas, comenzó un meneo interior, una succión, una compresión o un poco de todo esto que no logro determinar bien pero que parecía macerarme el pene y llorando ella ya siento que te vas a venir agárrame ahora duro por las tetas, yo la tenía tomada por la cintura, y clávame hasta donde se acabe el mundo me estoy viniendo me estoy viniendo por mi bollito repetía sollozando a todo tren y levantó más las nalgas y entré hasta que mis testículos quedaron pegados a ellas y entonces sentí un jalón descomunal que me sacó la eyaculación, la historia, mis abuelos y bisabuelos y todos los pájaros y flores y alcantarillas y puertas y ventanas y aves que había visto en mi vida y quedé tendido sobre la Jabá.